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Los Padres de la Iglesia, los “Reformadores” y los Modernos “Evangélicos” Ante   las Palabras de Jesús sobre la Eucaristía.
 

ANTOLOGÍA DE TEXTOS SOBRE LA PRESENCIA DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA; CONFRONTACIÓN CON LA DOCTRINA DEL EVANGELISMO MODERNO; COMENTARIOS. .

Colaboración de P. Juan Carlos Sack, IVE.

 

 

Dedicado a Silvana, Adrián, Carlos y Pablo, José Luis y Claudio que,
o bien ya volvieron a casa, o bien están de camino.
¡Adelante!

 

Nota 1: los comentarios que se hacen tienen como finalidad explicar el contexto histórico de las citaciones o hacer resaltar algún aspecto que se considera importante. Las citas bíblicas que aparecen en los textos entre corchetes o paréntesis son siempre agregadas. Lo que va entre corchetes en lo textos patrísticos o de otros autores son agregados para entender el contexto.

 

Nota 2: el documento contiene textos de ochenta autores patrísticos y otros; para encontrar rápidamente un autor que se desea consultar, favor de seleccionar el numero que hace referencia de la nota al final del articulo.

 

Introducción

 

El presente trabajo tiene como finalidad acercar al lector hispano los textos patrísticos más importantes, como así también textos de otros escritores eclesiásticos antiguos, sobre el modo de presencia de Jesucristo en la Eucaristía (real, simbólico, virtual, dinámico, etc.); se agregaron también textos de algunos “reformadores” del siglo XVI.

 

Los textos de algunos modernos “evangélicos” han sido expuestos aquí para compararlos con el pensamiento de la Iglesia del primer milenio y con el pensamiento de los “reformadores” protestantes.

 

En el presente artículo no tratamos directamente los textos bíblicos sobre la Eucaristía. Para ello nos remitimos a los artículos publicados aparte. (Ver http://apologetica.org/eu-caristia)

 

La ocasión que originó este trabajo es la aparición en Internet de artículos que no sólo niegan la realidad de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía, sino que de ella se atreven a burlarse. En este artículo descubrirán ellos -y nuestros lectores- si sus palabras y doctrina se asemejan a las de los antiguos cristianos o por el contrario a las de los herejes de todos los tiempos. Es importante darse cuenta de un modo claro que la Iglesia no nació ayer: olvidar la historia de la Iglesia es negar, en la práctica, la acción del Espíritu Santo en los últimos dos mil años.

 

En efecto, dado que estos “cristianos evangélicos” se acercan a las Escrituras “sin mediaciones de tradiciones humanas” -según nos aseguran con machacona insistencia- el resultado inevitable es que cada generación de “evangélicos” debe re-comenzar su interpretación de las Escrituras, como si fuesen ellos los primeros que descubren las dificultades que presenta la Revelación y el texto bíblico, o como si fuesen los únicos capaces de interpretar las Escrituras “con una exégesis adecuada”. Como resultado se obtiene una situación que, en cualquier otro campo del saber humano, sería la mayor de las negligencias, y esto es: los problemas, interrogantes y soluciones que sobre el evangelio fueron planteados y resueltos hace centurias vuelven a ser tratados como si nadie lo hubiese hecho antes.[1]

 

Sobre la doctrina eucarística los ejemplos son numerosos. El discurso de Jesús en Juan 6, las palabras de la institución en los sinópticos y en los testimonios de Pablo, cuya misteriosa realidad impactó a la Iglesia de Dios desde siempre y que provocase tanta aversión entre los enemigos de la Iglesia, son ahora tratados por los modernos opositores del misterio eucarístico como si nadie hubiese leído las Escrituras antes de ellos. Y pretenden luego que la Iglesia, o al menos los católicos poco ilustrados, acepten estas novedosas interpretaciones, que luego seguramente deberán dejar para aceptar las próximas novedades interpretativas del próximo “evangélico” que decida estudiar los textos bíblicos como si fuese el primero en llegar y se convenza que la suya es la auténtica “exégesis adecuada”.[2]

 

Ante esta realidad me pareció oportuno presentar al lector lo que de la Eucaristía pensaron y enseñaron otras personas que conocían las Escrituras tanto o mejor que cualquiera de estos “evangélicos” y que fueron tenidos en vida y después de muertos como auténticos discípulos de Cristo, que estaban más cerca de la Iglesia apostólica y que tenían el Espíritu tanto o más que cualquiera de los que hoy se presentan poco menos que como su actual personificación.

 

En primer lugar citaré algunas expresiones que el lector puede ver en estos sitios “evangélicos”, y luego propondré los textos patrísticos y de los “reformadores” del siglo XV: la contraposición de textos hablará por sí sola. Presentaré también los textos patrísticos que son tomados por esos sitios “evangélicos” como “simbólicos” por ser leídos fuera de contexto y sin conocimiento de las circunstancias.

 

 

Los “cristianos evangélicos”

 

Voy a tomar textos del sitio “evangélico” Conoceréis la Verdad, perteneciente a la denominación cristiana evangélica bautista. Hay en la red hispana otros artículos anti-eucarísticos,  pero en ese sitio bautista se presentan las objeciones más comunes en este sentido. Allí pueden encontrarse las siguientes doctrinas sobre la Eucaristía:

 

...el cristianismo evangélico afirma que [la Eucaristía] es solo una conmemoración del momento en que Jesús representa el sentido de Su sacrificio expiatorio a Sus discípulos. Y por consiguiente, por ser una “recordación”, el resultado es que el pan sigue siendo pan, y el vino sigue siendo vino.[3]

 

Y el comer su cuerpo físico sería canibalismo, un acto que él no aprobaría, y mucho menos recomendaría.[4]

 

Comentando las palabras de Jesús en la última Cena se dice:

 

Ninguno podría haber interpretado esa declaración literalmente, porque él estaba sentado allí en su cuerpo físico y sujetando el pan en sus manos. Es evidente que el pan era simbólico.

 

Y también:

 

Podemos estar seguros que ninguno de los discípulos de Cristo se imaginó que el pan que él sostenía era su cuerpo literal. Que eso pudiera ser su cuerpo literal y al mismo tiempo Cristo pudiera estar allí en su cuerpo literal era imposible. Semejante fantasía no entró en la mente de los presentes y no la inventaron hasta mucho tiempo después. Ciertamente las palabras de Cristo no comunicaron tal cosa, ni nosotros tenemos razón alguna para creer que los discípulos derivaron semejante significado de ellas. Fue el papa Pío III quien hizo del “sacrificio” de la misa un dogma oficial en 1215.”[5]

 

También se leen en aquel sitio expresiones ofensivas y descaradas como la que afirma que la Eucaristía como presencia real de Jesucristo sería parte de una “trampa” para retener a los católicos en la Iglesia, dado que fuera de la Iglesia -según enseña la doctrina católica- no hay celebración eucarística válida, y por tanto no hay modo de recibir el cuerpo salvífico del Señor sino sólo asistiendo a las celebraciones católicas: “La trampa está colocada”, concluye el apologista bautista.

 

Por eso, es decir, por la doctrina eucarística,

 

“...el catolicismo está separado por una sima insalvable de todas las otras religiones y especialmente del cristianismo evangélico.”

 

" El cuerpo y la sangre del Señor deberían experimentar un continuo aumento de masa en la medida en que por tantos siglos, todos los días, se haya "transubstanciado" pan y vino "

Jetonius, evangélico

" En cuanto a que [el Cuerpo de Cristo] esté en un lugar [o en varios a la vez, en las hostias consagradas], ya os dije antes y os lo intimo: ¡no quiero nada de matemáticas! "

Martín Lutero

 En un artículo sobre la Cena del Señor firmado por Guillermo Hernández Agüero, presente en el sitio de “Conoceréis la Verdad”, se hace una fugaz referencia a lo que enseñan “algunos padres patrísticos” sobre el pan eucarístico. No me sorprende la magra presentación “patrística” que allí se hace: una de las notas características del evangelismo fundamentalista es precisamente la actitud sectaria de rechazar en la práctica –frecuentemente también en la teoría- la experiencia y el pensamiento de los cristianos, mártires y santos, pastores y simples fieles que han vivido antes

de nosotros, sin excluir aquellos que son testigos preciosos de la iglesia apostólica y post-apostólica.

 

Digo “magra” presentación patrística porque trae aquel artículo dos (2) citas de los “padres patrísticos” para ilustrar a los (desprevenidos) lectores del sitio bautista:

 

“Podemos profundizar más sobre los Padres, pero nuestro tema  en este caso es sobre la Santa Cena.[6] Sin embargo hay algunos Padres que nos pueden decir algo sobre nuestro tema:[7]

«Cristo,  habiendo tomado el pan y habiéndolo distribuido a sus discípulos, lo hizo su cuerpo, al decir: Este es mi cuerpo, a saber, la figura de mi cuerpo» (Tertuliano, contra Marción 4:40)

 

Tertuliano nos da entender que para nada hay una transubstanciación con el pan; al contrario nos enseña de que es simbólico.

 

«El pan después de la consagración es digno de ser llamado el cuerpo del Señor, aun cuando la naturaleza del pan permanece en él.» (Crisóstomo, Epístola ad Cesarium)[8]

 

Lo interesante  de todo esto, es que ni en los propios Padres existe una claridad sobre la Santa Cena y menos sobre la transubstanciación.”

 

Estas dos citas de dos Padres es todo el material patrístico que se puede encontrar en los artículos “eucarísticos” del sitio Conoceréis la Verdad; el lector entenderá el porqué cuando termine de leer el presente artículo.

 

Hernández Agüero, después de tratar de desvirtuar el testimonio general de los padres (para que prevalezca el suyo, como es obvio, y que él dirá es “lo que enseña la Biblia”) pretendía hacer ver a sus lectores “algo” de lo que “algunos padres nos pueden decir sobre nuestro tema”, pero sus dos citas a duras penas podrían tomarse seriamente como “algo”, así como sus dos Padres apenas si cumplen el requisito mínimo para poder decir “algunos” Padres.

 

Me pregunto qué habrá pasado en la mente de estos “evangélicos” con el mar de citas donde los “padres patrísticos” enseñan la doctrina de la presencia real. ¿No las conocen? ¿No las quieren conocer? ¿No les interesa mostrar qué pensaba la Iglesia en los primeros siglos? Porque si ellos conocen estas citas estaríamos ante una deshonestidad intelectual muy grosera. Si por el contrario no las conocen ¿por qué  hablan de lo que no saben, dando a sus lectores una visión totalmente falsa de la realidad patrística? Más allá del palabrerío de Hernández Agüero, en su artículo el lector podrá encontrar virtualmente nada de lo que enseñaron los “padres patrísticos” sobre nuestro tema. Cuál sea la intención de esta indocta docencia “evangélica” lo dejamos al juicio de Dios.

 

A continuación vamos a recorrer la historia de la Iglesia en sus mejores exponentes, los Santos Padres, los grandes escritores y testigos de la fe antigua, de modo que el lector pueda reconocer cuál es la doctrina que está “separada por una sima insalvable” de lo que la Iglesia creyó ininterrumpidamente desde sus orígenes.[9] También presentaremos lo que sobre el tema enseñaban los padres del protestantismo. Agregamos para beneficio del lector una breve reseña biográfica de los autores citados, que será más abundante en los más antiguos y más esquemática a medida que pasan los siglos.

 

 

Ignacio de Antioquia

 

Uno de los testigos más importantes de la iglesia post-apostólica. Nacido en Siria alrededor del año 50, mártir en Roma entre los años 98 y 117 (probablemente entorno al año 110, devorado por las fieras). Fue el tercer obispo de Antioquia, después del Apóstol Pedro y de Evodio. Recibió la doctrina evangélica de boca de los sucesores inmediatos de  los apóstoles, mientras algunos insisten en que fue discípulo directo de San Juan evangelista. Se conservan varias cartas que escribió a las jóvenes iglesias mientras era llevado a Roma para ser martirizado. A él se debe la más temprana aplicación de la palabra “eucaristía” (griego: acción de gracias) a la celebración de la Cena del Señor.

 

En los textos aquí citados hay que saber que Ignacio tuvo que enfrentarse, entre otras, contra la herejía llamada “docetismo”, una forma de gnosticismo, según la cual Jesucristo no vino en carne realmente, sino sólo en apariencia: según esta herejía, su cuerpo no era real, como el nuestro, sino una suerte de ilusión. Decían por ejemplo que la expresión “el Verbo se hizo carne” (Juan 1,14) hay que entenderlo simbólicamente, pues es “el espíritu” el que “vivifica, la carne no sirve de nada” (Juan 6,63)[10]. San Ignacio habla de ellos escribiendo a los cristianos de Esmirna y les dice:

 

«Se mantienen alejados de la eucaristía y la oración porque no quieren confesar que la eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, carne que sufrió por nuestros pecados y fue resucitada por la benignidad del Padre» (Carta a los cristianos de Esmirna, 7,1)

 

Con el interés puesto en guardar la unidad de la Iglesia, escribe también a los cristianos de Filadelfia:

 

«Tened cuidado de no celebrar más que una sola eucaristía; porque no hay más que una sola carne de nuestro Señor Jesucristo y no hay más que un cáliz para reunión de su sangre; hay un solo altar, como hay un solo obispo con sus presbíteros y mis hermanos los diáconos» (Carta a los cristianos de Filadelfia, 4)

 

En la Eucaristía Ignacio reconoce la única carne y la única sangre del Señor, motivo por el cual no puede aceptarse celebración alguna “paralela” al margen de la única Iglesia visible.[11] Siguiendo con la práctica de la Iglesia apostólica, la Iglesia Católica no admite como válidas las celebraciones de la Cena del Señor que no están presididas por el obispo o por alguno designado por él, es decir, un presbítero válidamente ordenado.[12]

 

 

Justino Mártir

 

Nació en Nablus, Palestina, entre los años 100 y 110, de familia pagana. En su juventud se dedicó a la filosofía pasando por varias escuelas, hasta que conoció el cristianismo y abrazó la fe. Junto con otros compañeros fue decapitado por profesar la religión cristiana entorno al 165. Las obras que nos han llegado son de carácter apologético, en defensa del cristianismo contra los que lo impugnaban.

 

Justino escribe su Primera Apología entorno al año 155, donde explica al emperador Antonino Pío cuáles eran las verdaderas prácticas de los cristianos, ya que sabía que el emperador era frecuentemente informado sobre esta nueva religión a través de falsos testimonios o groseras tergiversaciones, debidas ya a la mala disposición del informante ya a su ignorancia del culto cristiano.

 

«Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía; del cual a ningún otro es lícito participar, sino al que cree que nuestra doctrina es verdadera, y que ha sido purificado con el bautismo para perdón de pecados y para regeneración, y que vive como Cristo enseñó. Porque estas cosas [el pan y el  vino durante la celebración de la eucaristía] no las recibimos como si fueran pan ordinario y bebida ordinaria, sino que, así como Jesucristo Salvador nuestro se hizo carne por la Palabra de Dios y tomó carne y sangre para salvarnos, así también nos han enseñado que el manjar convertido en eucaristía por las palabras de una oración procedente de Él [de Jesús] -manjar con el que son alimentadas nuestra sangre y nuestra carne al modo de una transmutación- es la carne y la sangre de aquel Jesús que se encarnó por nosotros. Pues los apóstoles, en los comentarios por ellos compuestos, llamados evangelios, nos transmitieron que así les había sido mandado: que Jesús, habiendo tomado el pan y dado gracias, dijo: haced esto en memoria de mí; éste es mi cuerpo [Lc. 22,19; 1Cor 11,24], y que habiendo tomado del mismo modo el cáliz y dado gracias, dijo: Esta es mi sangre [Mt. 26,28]; y que solamente hizo participantes a ellos. Lo cual también en los misterios de Mitra han enseñado a hacerlo los malvados demonios. Porque sabéis, o podéis saber, que cuando alguno es iniciado en ellos, se ofrece pan y un cáliz de agua y se añaden ciertos versos.» (Primera Apología, 66)

 

Justino establece un paralelo entre la consagración de la eucaristía y el misterio de la encarnación. El resultado, lo mismo de la eucaristía que de la encarnación, es la carne y sangre de Jesucristo. Y lo transmite con toda sencillez, como algo aceptado por toda la Iglesia.

 

Un cuerpo físico ocupa espacio y, por lo tanto, sólo puede estar en un lugar al mismo tiempo "

Daniel Sapia, evangélico

Con­fieso que el cuerpo está en el cielo, y confieso que también está en el sacramento; si es o no contra la naturaleza, no me interesa, con tal que no sea contra la fe "

Martín Lutero

Hay una circunstancia que da al texto citado particular fuerza: Justino está explicando al emperador pagano en qué consiste una celebración dominical cristiana; entre otras cosas le explica la doctrina que, por cierto, nadie podría comprender sin fe, pues le parecería una locura. A pesar de ello Justino, hombre por cierto prudente e inteligente, dice al emperador que el manjar eucarístico es la carne y sangre de Jesús, la misma que fue asumida por el Verbo de Dios para nuestra salvación. Si la Iglesia post-apostólica hubiese creído en la interpretación simbólica de las palabras de Jesús -al modo “evangélico” moderno- sin duda este es el momento para explicar al emperador pagano que no debe preocuparse por ningún “canibalismo”, porque el pan y el vino que se consumen en las celebraciones cristianas simbolizan el cuerpo y sangre de Jesús. Sin embargo Justino le dice, sin aguar un ápice la doctrina, que el pan y el vino eucarísticos “es la carne y la sangre de aquel Jesús que se encarnó por nosotros”.

 

 

Ireneo de Lyón

 

Segundo obispo de Lyón, Francia (sucede a San Fotino). Nacido en Asia Menor alrededor del 140, muere entorno al 202 en Lyón, tal vez martirizado. En su juventud fue discípulo del obispo de Esmirna Policarpo, a su vez discípulo de San Juan el evangelista. Su principal -e importantísima- obra es Exposición y Refutación de la Falsa Gnosis, mejor conocida como Adversus haereses (“Contra las herejías”), que escribe en griego y completa entorno al año 200. Es el teólogo más importante del segundo siglo, testigo universalmente reconocido de la fe apostólica.

 

Ireneo debió enfrentarse contra la primer y más importante herejía de los comienzos de la Iglesia, el gnosticismo, que encierra una gran variedad de formas y errores, y según la cual había un grupo de gente que, por iniciación secreta, podía enterarse del auténtico conocimiento de la divinidad y de la salvación. Entre otras cosas los gnósticos despreciaban la creación. Ireneo advierte que haciendo así se desprecia también al Señor que tomó carne y sangre, y, además, no podría creerse en la realidad de la Eucaristía, ya que...

 

“...el pan sobre el cual se hace la acción de gracias es el cuerpo del Señor; el cáliz es su sangre...” (Adv. haer. IV,18,4).

 

Y escribe en la misma obra de distintas maneras sobre lo mismo:

 

“Están enteramente locos quienes rechazan toda la Economía de Dios, al negar la salvación de la carne y despreciar su nuevo nacimiento, pues dicen que ella no es capaz de ser incorruptible. Pues si ésta [la carne, nuestro cuerpo] no se salva, entonces ni el Señor nos redimió con su sangre, ni el cáliz de la Eucaristía es comunión con su sangre, ni el pan que partimos es comunión con su cuerpo (1 Cor 10,16). Porque la sangre no puede provenir sino de las venas y de la carne, y de todo lo que forma la sustancia del hombre, por la cual, habiéndola asumido verdaderamente el Verbo de Dios, nos redimió con su sangre. [...] Pues él mismo confesó que el cáliz, que es una creatura, es su sangre (Lc 22,20; 1 Cor 11,25), con el cual hace crecer nuestra sangre; y el pan, que es también una creatura, declaró que es su propio cuerpo (Lc 22,19; 1 Cor 11,24), con el cual hace crecer nuestros cuerpos. (Adv. haer. V,2,2)

 

La interpretación “simbólica” de la celebración eucarística está en perfecta armonía con la herejía gnóstica…, y si esa hubiese sido la fe de la Iglesia del siglo II todo el discurso de Ireneo no tiene sentido alguno. Su argumento, por el contrario, está basado en la afirmación de dos realidades íntimamente unidas: la realidad del cuerpo del Señor en la Encarnación y la realidad del cuerpo del Señor en la Eucaristía. Los gnósticos -concluye Ireneo- deben por fuerza negar una y otra, si quieren ser lógicos. Veamos otros textos en el mismo sentido:

 

En consecuencia, si el cáliz mezclado [vino y agua] y el pan fabricado reciben la palabra de Dios [gr. epíklesis] para convertirse en Eucaristía de la sangre y el cuerpo de Cristo, y por medio de éstos crece y se desarrolla la carne de nuestro ser, ¿cómo pueden ellos negar que la carne sea capaz de recibir el don de Dios que es la vida eterna, ya que se ha nutrido con la sangre y el cuerpo de Cristo, y se ha convertido en miembro suyo? Cuando escribe el Apóstol en su Carta a los Efesios: «Somos miembros de su cuerpo» (Ef 5,30), de su carne y de sus huesos, no lo dice de algún hombre espiritual e invisible -pues «un espíritu no tiene carne ni huesos» (Lc 24,39)- sino de aquel ser que es verdadero hombre, que está formado por carne, huesos y nervios, el cual se nutre de la sangre del Señor y se desarrolla con el pan de su cuerpo.” (Adv. haer. V,2,3)

 

¿Cómo dicen que se corrompe y no puede participar de la vida, la carne [de nuestros cuerpos] alimentada con el cuerpo y la sangre del Señor? Cambien, pues, de parecer, o dejen de ofrecer estas cosas [la “Eucaristía” que celebraban los gnósticos]. Por el contrario, para nosotros concuerdan lo que creemos y la Eucaristía y, a su vez, la Eucaristía da solidez a lo que creemos. Le ofrecemos lo que le pertenece, y proclamamos de manera concorde la unión y comunidad entre la carne y el espíritu. Porque, así como el pan que brota de la tierra, una vez que se pronuncia sobre él la invocación (gr. epíklesin) de Dios, ya no es pan común, sino que es la Eucaristía compuesta de dos elementos, terreno y celestial, de modo semejante también nuestros cuerpos, al participar de la Eucaristía, ya no son corruptibles, sino que tienen la esperanza de resucitar para siempre.” (Adv. haer. IV,18,5)

 

 "¿Se podría tomar en cuenta a nuestro Señor que es Santo que se deje manejar en un  proceso de transformación por [los sacerdotes, que son] personas pecadoras por naturaleza?  "

Guillermo Hernández Agüero, evangélico

Por esta palabra (Haced esto) Cristo hace que la mano del sacerdote sea la suya. La boca no es mía, la lengua no es mía, es de Cristo, aunque yo sea un pícaro o un bribón. […] Por malo que sea un sacerdote, realiza el sacramento "

Martín Lutero

Una palabra sobre los “dos elementos, terreno y celestial” del que está compuesto el pan sobre el que ha sido invocado el Espíritu Santo; en los groseros e infantiles ataques que la Eucaristía ha recibido por parte de los gnósticos de todos los tiempos, se encuentra siempre alguna burda acusación de canibalismo. Pero eso es desconocer que la Eucaristía, una vez pronunciadas las palabras de la consagración, continúa con todos y cada uno de los elementos sensibles (o “accidentes” o “especies”, en el lenguaje filosófico posterior) que tenía cuando era “pan común”, cosa que Ireneo define como “elemento terrenal”, o que Tertuliano llamará “figura” del cuerpo del Señor. Estando así las cosas no hay ningún canibalismo, porque la presencia verdadera, real y sustancial del cuerpo y sangre del Señor no se da en sus especies propias del cuerpo y sangre de Cristo, sino en especies ajenas, es decir las de pan y vino. En otras palabras: desde el punto de vista empírico nada ha cambiado, aunque la fe indique al creyente que, por poder de Dios, la sustancia “ya no es pan común”. Todo intento de atribuir “canibalismo” a las celebraciones eucarísticas demuestra una total cortedad y cerrazón de pensamiento. Invito a cualquier moderno gnóstico que presente una acusación de “canibalismo” contra la Iglesia Católica ante los tribunales de su país y vea qué aceptación tiene.

 

No quiero terminar las citas de Ireneo sin antes recordar un hermoso testimonio suyo sobre la Eucaristía como sacrificio:

 

Dando consejo a sus discípulos de ofrecer las primicias de sus creaturas a Dios, no porque éste las necesitase, sino para que no fuesen infructuosos e ingratos, tomó el pan creatural y, dando gracias, dijo: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26,26). Y del mismo modo, el cáliz, también tomado de entre las creaturas como nosotros, confesó ser su sangre, y enseñó que era el sacrificio del Nuevo Testamento. La Iglesia, recibiéndolo de los Apóstoles, en todo el mundo ofrece a Dios, que nos da el alimento, las primicias de sus dones en el Nuevo Testamento. Con estas palabras lo preanunció Malaquías, uno de los doce profetas: «No me complazco en vosotros, dice el Señor omnipotente, y no recibiré el sacrificio de vuestras manos. Porque desde el oriente hasta el occidente mi nombre es glorificado en las naciones, y en todas partes se ofrece a mi nombre incienso y un sacrificio puro: porque grande es mi nombre en las naciones, dice el Señor omnipotente» (Mal 1,10-11). Con estas palabras indicó claramente que el pueblo antiguo dejaría de ofrecer a Dios; y que en todo lugar se le habría de ofrecer el sacrificio puro [la Eucaristía]; y su nombre es glorificado en los pueblos.” (Adv. haer. IV,17,5)[13]

 

 

Homilía anónima del siglo II o III

 

Se trata de una homilía sobre la Pascua. Refleja la doctrina de la Iglesia de su tiempo. Se la puede ver en PG 59,735-746. Es conocida como In sanctum Pascha, 6.

 

En la segunda parte de la homilía se dice:

 

“Ésta era la Pascua que deseó Jesús padecer por nosotros; con su pasión nos libró de la pasión y con su muerte venció la muerte y por medio del manjar visible nos procuró su vida inmortal [Juan 6,54]. Éste era el deseo salvífico de Jesús, éste era su amor espiritualísimo; mostrar de un lado las figuras como figuras y de otro dar a sus discípulos en correspondencia su sagrado cuerpo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo; tomad, bebed, ésta es mi sangre, la nueva alianza, la derramada por muchos en remisión de pecados.”

 

 

 

Clemente de Alejandría

 

Contemporáneo de Ireneo, nace entorno al 150, muere hacia el 215. Oriundo de Grecia, de familia pagana. Una vez convertido viaja buscando instrucción cristiana, que encuentra en el cristiano Panteno, de Alejandría, a quien sucede a su muerte en el cargo de catequista de los nuevos cristianos. Perseguido por el emperador Septimio Severo huye a Egipto y finalmente muere en Capadocia.

 

Una homilía suya sobre Mc 10, 17-31 nos presenta a Jesús diciéndonos:

 

“Yo te regeneré [...]. Yo te mostraré la faz de Dios, el Padre bueno [...]. Yo soy tu alimentador, que me he dado a mí mismo en pan (del cual quien lo gustare, no experimentará ya la muerte) y me he dado a diario en bebida de inmortalidad.” (Quis dives salvetur, 23)

 

Es claro el sentido realista de la presencia del Señor: no es el símbolo lo que nos puede salvar de la muerte eterna, sino el mismo Señor. Y esto a pesar que Clemente es un claro exponente de la escuela alegórica de interpretación. Este dato debe ser tenido en cuenta siempre que se esté considerando éste u otros autores alegoristas, como Tertuliano.[14]

 

 Creo será útil advertir con ocasión de este texto que las expresiones simbólicas que eventualmente pueden aparecer en autores antiguos o modernos no implican necesariamente que el autor niegue la presencia real del Señor en la Eucaristía. Por ejemplo, Clemente en su homilía le hace decir el Señor: “me he dado a mí mismo en pan”; es común oír en nuestro días de labios de predicadores católicos: “Jesús se ha hecho pan en la Eucaristía”, o expresiones semejantes. Las mismas para nada significan que se esté negando la presencia real del Señor, sino más bien son expresiones literarias perfectamente entendibles en el marco en el que son expresadas: lo que se ve en la Eucaristía es precisamente pan, y si los oyentes -o lectores- son creyentes, no es contrario a la fe católica hablar de este modo. Volviendo a la expresión de Clemente, no olvidemos que Jesús dice “me he dado a mi mismo” en pan. Si se quiere ser exactos habría que decir: “me he dado a mí mismo (presencia real) bajo las apariencias de simple pan (lo que se ve, los accidentes, lo que nuestro cuerpo consume empíricamente)”.

 

 

Tertuliano

 

Testimonio de la Iglesia de Cartago. Nacido de padres paganos alrededor de 155. Llegó a ser abogado de excelente reputación. Se convirtió al Señor en 193. Autor prolífico, de enorme influencia en el pensamiento cristiano, excelente conocedor de las Escrituras. Sus escritos delatan un período católico, luego uno de transición (semi-Montanismo, tendencias rigoristas) y finalmente su ruptura con la Iglesia para profesar el cisma Montanista, que básicamente consistía en un cristianismo extremadamente rigorista. Murió entre el 240 y 250.

 

El realismo eucarístico de Tertuliano es bien conocido. Para él…

 

“…la Eucaristía son las delicias del cuerpo del Señor” (De pudicitia, 9,16)

 

Por no atender debidamente a las peculiaridades de su lenguaje ha sido posible la paradoja de interpretar como simbolista a un escritor que con esos mismos textos está refutando decididamente el docetismo de Marción[15]. Veamos algunos textos para tener una mejor idea de la mente de Tertuliano:

 

“Por lo cual ya hemos probado con el evangelio por el misterio del pan y del vino la verdad del cuerpo y la sangre del Señor, al contrario del fantasma de Marción.” (Adversus Marcionem, 5,8,3).

 

Aquí la tradicional relación entre Encarnación y Eucaristía se utiliza no para probar la realidad, ya reconocida y aceptada, de la Eucaristía ¡sino para comprobar la verdad de la Encarnación! Es decir, así como en la Eucaristía se tiene el cuerpo y la sangre del Señor realmente -cosa que no se discute-, a fortiori se deberá aceptar que ese cuerpo del Señor, por la Encarnación, fue real y no un fantasma: en ambos casos se trata del mismo cuerpo y de la misma sangre del Señor.

 

Un texto que se cita como de carácter simbolista es el siguiente: [16]

 

“Después de declarar que había deseado con grandes ansias comer la Pascua como suya (sería indigno que Dios desease nada ajeno), tomando pan y dándolo a los discípulos lo hizo su cuerpo diciendo: Esto es mi cuerpo; es decir, la figura de mi cuerpo. Pero no hubiese sido la figura si no fuera un cuerpo verdadero. Al fin algo que es vano (como un fantasma) no podía constituir una figura” (Contra Marcionem, 4,40,3).

 

Antes que nada, no debe olvidarse que el texto dice que Jesús, al pan, “lo hizo su cuerpo”. Es por otro lado cierto que Tertuliano aclara que se trata de “la figura de mi cuerpo”. Sin embargo esta manera de hablar no desvirtúa en nada el realismo, sino que lo confirma; porque para que algo pueda ser figura o imagen de otra cosa, tiene que empezar por tener en sí mismo una realidad, no ser un fantasma. Y lo más importante: ¿cuál es el contexto en el que se encuentra esta expresión de Tertuliano? ¿De qué está hablando?

 

Arguyendo a partir de la hipótesis doceta dice:

 

“Si al pan se lo hizo cuerpo precisamente porque Él carecía de un cuerpo real [cosa que enseñaban los docetas], entonces lo que debió entregar por nosotros, era el pan [pero en realidad nos entregó el cuerpo]”. (Contra Marcionem, 4,40,3).

 

Cristo presentó al Padre una sola vez para siempre el sacrificio de si mismo (Heb. 9:24-28) y no en cada misa, como lo hace el sacerdote nuevamente al presentar al Padre un nuevo sacrificio de Cristo "

Guillermo Hernández Agüero, evangélico

¿No fue inmolado Cristo una sola vez en sí mismo y sin embargo en el sacramento [de la Eucaristía] se inmola por los pueblos no sólo en todas las solemnidades de la Pascua, sino cada día, ni en realidad miente el que, si le preguntan, responde que se inmola?” "

San Agustín, obispo, siglo IV

 Es decir, supuesta la identidad del cuerpo físico de Jesús con su cuerpo eucarístico (identidad que para Tertuliano no es discutible porque él no conoce sino uno solo y verdadero cuerpo del Señor), ese cuerpo real y único cumple precisamente en la Eucaristía una antigua “figura”: la que

había señalado Jeremías (11,19) al profetizar: “pongamos el leño en su pan”. Es este precisamente el pasaje que está comentando Tertuliano. Para él, el profeta Jeremías designa con “el leño” la cruz y con “el pan” el cuerpo del Señor. ¿Cómo puede el pan designar el cuerpo del Señor? Esa figura, acuñada por el profeta, la revela Jesús cuando con el pan en las manos dice: “Esto es mi Cuerpo”. Entonces fue cuando se explicó lo que en aquella profecía significaba el pan. Esta doctrina de Tertuliano se encuentra en Adversus Marcionem 4,40,3-4 y en 3,19,3-4.

 

En este sentido se entiende también la expresión relativa a la sangre:

 

“Ahora consagró su sangre en el vino el mismo que entonces hizo al vino figura de la sangre (Is 63,1; Gen 49,119)” (Adversus Marcionem, 4,40-4-6)

 

Notemos la fuerza de la siguiente expresión, donde Tertuliano defiende la bondad del cuerpo humano contra el prejuicio gnóstico, en el cual la carne es mala, y proclama que por medio de las cosas sensibles como instrumentos –los sacramentos que tocan el cuerpo- Dios santifica el alma:

 

“Se lava la carne [con el Bautismo] para que se limpie el alma; se unge la carne [Bautismo y Confirmación] para que se consagre el alma; se signa la carne [Confirmación y Unción de los Enfermos] para que se proteja el alma; se ensombrece la carne con la imposición de manos [Confirmación, Orden Sagrado] para que se ilumine el alma; se alimenta la carne con el cuerpo y la sangre de Cristo [Eucaristía] para que también el alma se sacie de Dios.” (De resurrectione mortuorum, 8,3).

 

A la luz de estas expresiones pueden verse también estas otras:

 

“Pero, cierto, que Cristo hasta ahora no reprobó el agua del Creador (con la que lava a los suyos), ni el óleo (con el que los unge), ni la mezcla de miel y leche (con el a que los amamanta), ni el pan (al que hace su cuerpo); ¡hasta para sus propios sacramentos tiene que mendigar del Creador!”. (Adversus Marcionem, 1,14,3)[17]

 

“Aunque la sentencia el pan nuestro cotidiano dánosle hoy vamos a entenderla mejor espiritualmente. Porque Cristo es nuestro pan; pues Cristo es la vida y vida es el pan (Yo soy, dice, pan de vida; y poco antes: pan es la Palabra de Dios vivo que desciende del cielo). Además, porque también su cuerpo está autoritativamente designado como pan: Esto es mi cuerpo”. (De oratione, 6,2)

 

Es decir, el cuerpo del Señor se da en forma de pan, bajo las apariencias de pan. Pero lo que se consume no es pan, sino el cuerpo de Cristo: Esto es mi cuerpo. Esa es la sustancia de lo que el creyente consume cuando participa de la Eucaristía.

 

 

Traditio Apostolica

 

Este es un documento de gran importancia para el conocimiento de la liturgia que se celebraba en la Iglesia en los primeros siglos. La obra data de principios del siglo III (215, aproximadamente). Junto con la Didajé, son los documentos más importantes sobre la organización de la Iglesia primitiva.

 

Hablando de la celebración de la Cena del Señor, distingue el documento entre el pan bendito (griego: eulogía) y el pan eucarístico (griego: eukaristía), e insiste en el cuidado con el que debe tratarse éste último:[18]

 

“Cada uno tenga cuidado de que ningún infiel guste de la Eucaristía, ni algún ratón u otro animal. Porque es el cuerpo de Cristo, que ha de ser comido por los fieles y no debe menospreciarse” (37)[19]

 

Hay una expresión en la Traditio que puede a primera vista parecer como apoyando la opinión simbolista:

 

El obispo “dará gracias sobre el pan para [que sea] el símbolo del cuerpo de Cristo; sobre el cáliz de vino mezclado para [que sea] la imagen de la sangre que fue derramada por todos los que crean en Él.” (21)

 

La palabra griega original que está bajo las palabras “símbolo” e “imagen” en el texto citado -se trata de una misma palabra en ambos casos- es “antítipo”.[20] La cuestión está en saber qué significa propiamente este término.

 

¿Estaba realmente enseñando que debemos comer Su carne (fibras, músculos dermis) y beber Su sangre (plaquetas, plasma, glóbulos)? "

Daniel Sapia, evangélico

Tu opinión es que por la manducación espiritual se excluye la corporal. Los judíos pensaron que tenían que comer a Cristo, igual que el pan y la carne se come en el plato, o como un lechoncillo asado  "

Martín Lutero

 Tipo designaba en el lenguaje helénico lo mismo el molde en que se moldeaba una imagen (sentido primario) que la imagen misma moldeada (sentido secundario). Una distinción ulterior entre ambos términos se hizo dejando tipo para el molde y creando para la imagen el término antítipo. De esta manera el antítipo es algo que en su misma razón de ser tiene un carácter de referencia esencial al molde de donde procede. Para san Pablo todos los acontecimientos del Antiguo Testamento son tipo de los del Nuevo (Rom 5,14; 1 Cor 10,6); de donde obviamente el Nuevo Testamento es antítipo del Antiguo. Así resultaba natural ver en la Eucaristía un antítipo de la muerte de Cristo que él mismo ordenó conmemorar en ella. En el texto citado de la Traditio al pan y al vino se les llama antítipos (imagen, semejanza) del cuerpo y de la sangre de Cristo, porque esos elementos visibles han adquirido después de la consagración una relación esencial al cuerpo y a la sangre de Cristo que en ellos se nos dan realmente. En otras palabras, los elementos eucarísticos son antítipos del cuerpo y la sangre de Cristo no en sí mismos -pues no lo son de ninguna manera- sino en cuanto han sido hechos, sacramentalmente, el cuerpo y la sangre de Cristo. Lejos de negar el realismo de la presencia real, esa expresión lo supone como fundamento de la relación misma que afirma. Se daba de este modo una primera respuesta al problema de la persistencia sensible del pan y del vino a pesar de la transformación invisible que por la consagración se ha operado en ellos. Con la nueva y real presencia del cuerpo y de la sangre de Cristo los elementos del pan y del vino han adquirido un nuevo sentido de signo visible de una nueva realidad invisible que es el cuerpo y la sangre del Señor.[21]

 

Hay otros monumentos litúrgicos en los que aparece la misma expresión. Cito algunos:

 

“Te damos gracias también, Padre nuestro, por la sangre preciosa de Jesucristo derramada por nosotros, y por el preciso cuerpo, cuyos antítipos realizamos por habernos ordenado Él proclamar su muerte” (Constituciones Apostólicas, 7,25,4).

 

“En lugar del sacrificio de animales tenemos el [sacrificio] espiritual e incruento y místico, el que se celebra por medio de los antítipos del cuerpo y la sangre del Señor en memoria de su muerte” (idem, 6,23,5)

 

La imagen y semejanza del cuerpo y sangre de Cristo se realiza en la celebración de los misterios” (Gelasio, Tractatus de duabus naturis adv. Eutychen et Nestorium, 14)

 

“Acepta, Padre, estos dones [el pan y el vino consagrados en la Eucaristía] para gloria de tu Cristo, y envía sobre este sacrificio tu Santo Espíritu, testigo de los sufrimientos del Señor Jesús, para que Él muestre que este pan es el cuerpo de Cristo, y este cáliz es la sangre de Cristo, de tal modo que los que participan de ellos se fortalezcan para la santidad, obtengan la remisión de sus pecados, sean alejados del maligno y de sus engaños, puedan llenarse del Santo Espíritu, puedan ser dignos de tu Cristo, y puedan obtener la vida eterna, vida que crece en la reconciliación de la que los has hecho partícipes” (Constituciones de los Apóstoles 8,12)[22]

 

El sentido de estos textos supone el cambio que sufren el pan y el vino en la consagración. Por ella lo que era pan y vino es ya el cuerpo y la sangre del Señor; pero al permanecer igual en su aspecto visible el pan y el vino reciben una nueva relación al cuerpo y a la sangre de Cristo allí realmente presentes y eso es lo que expresan los textos con los términos figura, imagen, semejanza, antítipo: para los ojos naturales que continúan viendo pan y vino, estos son una “imagen” del cuerpo y sangre de Cristo, porque sobre ellos ha sido pronunciada la “eucaristía” y ya no son simplemente pan y vino.[23]

 

San Juan Damasceno (siglo VIII) entendió el problema de modo diverso y daba esta solución: “si algunos llamaron al pan y al vino figuras [antítipos] del cuerpo y de la sangre del Señor, como dice Basilio, el portador de Dios [Teóforo], los llamaron así no después de consagrados, sino antes de la consagración, dando este nombre a la oblación misma” (Sobre la fe ortodoxa, Libro IV, capítulo 13). Esto indica que la fe de la Iglesia universal era unánime en dar a la presencia del Cuerpo y Sangre del Señor en la Eucaristía un valor real y no meramente simbólico.

 

Finalmente nótese que los adversarios de la presencia real ni siquiera podrían usar en sus homilías las expresiones aquí citadas que parecerían indicar una interpretación “simbólica” de nuestro tema, ya que las mismas incluyen el concepto de “sacrificio” eucarístico, o el de “celebración de los misterios” que para nada son aplicables a los cultos donde todo gira entorno a la predicación, no al altar y al sacrificio eucarístico.

 

 

Orígenes

 

Nacido en 185 en Alejandría, de familia cristiana. Su padre fue martirizado durante la persecución de Septimio Severo. Conoció a Hipólito en Roma. Excelente predicador y catequista. Muere en Cesarea entorno al año 253 a causa de los malos tratos provocados por los perseguidores de la fe. Sus obras son abundantes. Algunas de sus doctrinas exceden las de la Iglesia, pero se trata de sus especulaciones personales sobre los misterios, cosa que el mismo Orígenes se encarga de señalar; su deseo de interpretar los textos bíblicos con un exceso de alegoría y simbolismo provoca confusión en más de una de sus enseñanzas. A pesar de todo es considerado como uno de los mejores teólogos de la antigüedad.

 

una fantasía que sugiere que cada una de las millones de obleas es el cuerpo físico de Cristo completo, integro y entero previo a la crucifixión, mientras al mismo tiempo Cristo está en el cielo en su cuerpo resucitado "

Daniel Sapia, evangélico

Cristo nos dejó su Carne [en la Eucaristía] y a la vez subió con ella [al cielo] "

San Juan Crisóstomo,
obispo, siglo IV

 La fe dice que Dios puede muy bien mantener el cuerpo de Cristo en el cielo de un cierto modo y a la vez hacer que esté en el pan de otro modo "

Martín Lutero
(W 26,414,4-6)

 En el caso de Orígenes hay que tener en cuenta su sistema interpretativo, para no sacar las expresiones eucarísticas de su contexto natural. Para comprender el pensamiento sacramental de Orígenes es preciso tener en cuenta tres hechos: a. su concepción tipológica (las instituciones del Antiguo Testamento son figuras de las realidades invisibles del Nuevo), b. su preferencia en insistir más sobre la predicación que sobre la liturgia, c. el interés que por influjo platónico tienen para él los signos visibles del culto como signos de las realidades sobrenaturales. Teniendo esto en vista, Orígenes no niega nunca la realidad de la Eucaristía, y si es verdad que por esa concepción y sus preferencias está él inclinado a minimizarla, su testimonio por eso mismo tiene un valor mayor.[24] No se trata de una antinomia entre realismo y simbolismo; se afirma un simbolismo ulterior de lo que previamente se admite como una realidad. Hay en Orígenes un paralelismo perfecto entre la realidad de la Eucaristía y su simbolismo ulterior en orden a otras realidades, por una parte, y el sentido literal de la Escritura y su sentido tipológico, por otra. Ni niega el sentido literal ni el realismo eucarístico; esto dos son base necesaria para el simbolismo y la tipología.[25]

 

Hay en Orígenes muchos textos en los que se alude a la celebración eucarística; insiste especialmente en las disposiciones para recibir el cuerpo de Cristo. Ese cuerpo de Cristo él lo entiende sin duda en sentido literal:

 

“Si subes con Él para celebrar la pascua, te dará el cáliz del Nuevo Testamento, te dará también el pan de la bendición, te concederá su propio cuerpo y su propia sangre” (In Ieremiam, homilía 19, 13)

 

“Antes, en enigma, el maná era un alimento; ahora, en realidad, la carne del Verbo de Dios es el verdadero alimento, como dice Él: Mi carne es verdadero alimento y mi sangre es verdadera bebida”. (In Numeros, homilía 7,2)

 

Pero ese cuerpo y sangre del Señor, que son algo real en la Eucaristía, son al mismo tiempo símbolo de algo distinto, que puede llamarse también, en sentido espiritual, cuerpo y sangre del Señor. Por eso Orígenes llama al cuerpo de Cristo en la eucaristía “cuerpo típico y simbólico”; no porque no sea real, sino porque es además un signo, un símbolo.

 

Exhorta Orígenes en otro lugar:

 

“Los que asistís habitualmente a los divinos misterios, sabéis cómo, cuando recibís el cuerpo del Señor, lo guardáis con cuidado y veneración para que no se caiga una partícula y no desaparezca algo del don consagrado. Porque, si por negligencia se cae algo, os creéis reos, y con razón.[26] Pero si ponéis tanto cuidado para conservar el cuerpo, y tenéis razón en ponerlo, ¿cómo pensáis que es algo menos impío descuidar la palabra de Dios que su cuerpo?” (In Exodum, homilía 13,3)

 

En otro lugar comenta Números 23,24 (donde se lee: “No dormirá hasta que coma su presa y beba la sangre de los heridos”). El tono mismo de la frase, dice Orígenes, hace huir de la letra y refugiarse en la alegoría:

 

“Que nos digan qué pueblo es ése que acostumbra a beber la sangre. Eso era lo que, también en el Evangelio, al oírlo los judíos que seguían al Señor, se escandalizaron [...]. Pero el pueblo cristiano lo oye y sigue a aquel que dice: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros; porque mi carne verdaderamente es comida y mi sangre verdaderamente es bebida”.

 

Y a la verdad -continúa el alejandrino- el que decía esto fue herido por nuestro pecados, como dice Isaías. Y concluye:

 

“Pero se dice que bebemos la sangre de Cristo, no sólo en el rito de los sacramentos, sino también cuando recibimos las palabras de Cristo, en las que está la vida.” (In Numeros, homilía 16,9)

 

Así pasa Orígenes de lo real, que claramente afirma, a un sentido más místico de los pasajes que comenta.[27]

 

 

Dionisio de Alejandría

 

Discípulo de Orígenes. Jefe de la escuela catequética de Alejandría en 231. Obispo de Alejandría en 248. Muere en 265. Han quedado dos cartas enteras y varios fragmentos en citaciones de otros autores.

 

En una carta al Papa, donde explica porqué no reitera el bautismo de los herejes, dice:

 

“Esto precisamente es lo que no me atreví a hacer, diciéndole [a un anciano que le insistía en que le renovara el bautismo] que le bastaba la comunión [eucarística] en que estaba admitido desde hacía tanto tiempo; a quien ha participado de la Eucaristía y pronunciado con los demás el Amén, y se ha acercado al altar y ha extendido las manos para recibir el alimento sagrado, y lo ha recibido, y ha participado del cuerpo y la sangre de nuestro Señor, a ése yo no me atrevería a rehacerlo desde los principios [administrándole nuevamente el bautismo]”. (Carta al papa Sixto II, en Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, 7,9,4)

 

 

Firmiliano de Cesarea

 

También discípulo de Orígenes. Obispo de Cesarea en Capadocia. Gran amigo de San Cipriano. Muere alrededor del 268.

 

En una carta a San Cipriano, hablando de la reiteración del bautismo a los herejes, escribe también:

 

“Por lo demás, gran delito es lo mismo el de los que son admitidos que el de los que los admiten a tocar el cuerpo y la sangre del Señor, usurpando temerariamente la comunión, sin haber sido lavadas sus manchas por el bautismo de la Iglesia ni haber sido expuestos sus pecados, cuando está escrito: quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignante, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor”.[28] (Epistolario de San Cipriano, Epístola 75,21)

 

 

Cipriano de Cartago

 

Figura de gran importancia en la Iglesia africana de la primera mitad del siglo III. Nació entre los años 200 y 210. Alrededor del 246 se convirtió a la fe cristiana. Fue sacerdote y luego obispo de Cartago. Escribió abundantemente, en particular a sus sacerdotes. Murió mártir en el año 258.

 

El padre d’Alès[29] ha extraído de las obras de San Cipriano las siguientes expresiones con respecto al pan y al vino eucarístico:

 

- el cuerpo del Señor

- el santo cuerpo del Señor

- el cuerpo de Cristo

- la carne de Cristo

- lo santo del Señor

- el alimento de Cristo

- el alimento celestial

- el pan del Señor

- la gracia saludable

- la comida celestial

 

- la sangre del Señor

- la sangre de Cristo

- el misterio del cáliz

- el cáliz del Señor

- la bebida del Señor

- la bebida saludable

 

Comentando la oración del Señor (el Padrenuestro) enseña:

 

“Porque Cristo es pan de los que tocamos su cuerpo; y ese pan es el que pedimos que se nos dé cada día, no sea que los que estamos en Cristo y recibimos cada día su Eucaristía como alimento de salvación, cuando por presentarse algún pecado más grave absteniéndonos y no comulgando nos apartemos de recibir el pan celestial, nos separemos del cuerpo de Cristo, según su palabra: Yo soy el pan de vida [...]. Cuando dice que vive eternamente el que come de su pan, del mismo modo que es claro que viven los que tocan su cuerpo y reciben la Eucaristía por su derecho de comunión, así por el contrario hay que temer y pedir no sea que al separarse del cuerpo de Cristo no comulgando, quede separado de la salvación [...]. Y por eso pedimos que cada día se nos dé nuestro pan, es decir, Cristo, para que quienes permanecemos y vivimos en Cristo, no nos apartemos de su santificación y de su cuerpo”. (De dominica oratione, 18)

 

Ante las prácticas de algunos que usaban sólo agua en la Eucaristía, y no vino, replica:

 

“...que en el cáliz que se ofrece en memoria suya lo que se ofrezca sea una mezcla de vino [con un poco de agua]. Porque diciendo Cristo: Yo soy la vid verdadera, la sangre de Cristo no es, sino duda, agua, sino vino; ni puede parecer que está en el cáliz su sangre, con la que fuimos redimidos y vivificados, si en el cáliz falta el vino, que se muestra ser la sangre de Cristo, predicha por el misterio y el testimonio de todas las Escrituras”. (Epístola 63, 2)

 

En tiempos de persecución -enseña Cipriano- hay que dar la Eucaristía para que los cristianos no vayan inermes al combate, sino

 

“armados con la protección de la sangre y del cuerpo de Cristo

 

ya que la Eucaristía se hace para eso, para ser defensa de los que la reciben:

 

“si a los que van a luchar les negamos la sangre de Cristo, ¿cómo les enseñamos o los incitamos a derramar su sangre en la confesión del nombre [de Cristo]?” (Epístola 57, 2)[30]

 

Y en el mismo espíritu:

 

“Amenaza ahora una lucha más dura y feroz, a la que deben prepararse los soldados de Cristo con una fe incorrupta y una virtud robusta, considerando que por eso beben a diario el cáliz de la sangre del Señor, para poder también ellos derramar su sangre por Cristo”. (Epístola 58,1)

 

Hablando de aquellos cristianos que habían apostatado, al menos materialmente, de su fe y que ahora se acercan a recibir la eucaristía sin haber hecho antes penitencia y sin haberse reconciliado, dice:

 

“Se hace así violencia al cuerpo y la sangre [del Señor], y ahora con sus manos y su boca pecan más contra el Señor que cuando entonces le negaron” (De lapsis 16).

 

 

Afraates

 

Testimonio de la fe eucarística de la iglesia de Siria. Nacido alrededor del 280, muere algo después del 345.

 

Sirvan un par de textos:

 

“Cuando uno, absteniéndose de todo pecado, ha recibido el cuerpo y la sangre de Cristo, debe guardar con cautela su boca, por la que entra el hijo del Rey”. (Demonstratio, 3,2)

 

“El Señor, con sus propias manos, dio su cuerpo para ser comido y antes de su crucifixión dio su sangre para que fuera bebida”. (Demonstratio, 12,6)

 

 

Efrén

 

Miembro eminente de la Iglesia en Siria. Nace en Nisibis alrededor del año 306. Fue ordenado diácono y así permaneció toda su vida. Discípulo del obispo de Nisibis, Santiago. Gran poeta, compuso gran número de obras espirituales y artísticas, siempre de contenido cristiano. Se conservan poemas y homilías.

 

Cito algunos textos:

 

“Los sacerdotes del tiempo antiguo desearon ver tu belleza y no la vieron; los sacerdotes del tiempo medio odiaron tu belleza y la rechazaron; los sacerdotes de la Iglesia te tomaron en sus manos a ti, Pan de vida que se abajó y se unió con nuestros sentidos”. (De virginitate 35,12)

 

“Que nos santifiquemos por tu cuerpo y por tu sangre y estemos entre los redimidos los que hemos comido tu cuerpo y hemos bebido tu sangre preciosa”. (Sermo 1, 655-657)

 

El cuerpo que Él había tomado de María lo volvió a tomar ella en el pan y la ofrenda” (De epiphania 8,23)

 

“De un nuevo modo se unió su cuerpo con el nuestro y su sangre pura se derramó en nuestras venas; su voz en el oído, su luz en los ojos. Por su piedad se unió totalmente a nosotros”. (De virginitate 37,2)

 

 

Cirilonas

 

Pocos datos biográficos se tienen de este autor, aunque se conservan varios poemas. Sus obras fueron escritas en Edesa a finales del siglo IV.

 

Los textos que nos han llegado de este testigo de la fe cristiana de las iglesias que habían sido fundadas por los apóstoles es de un gran realismo eucarístico.

 

“Se puso de pie [en el cenáculo] y se llevó a Sí mismo por amor y mantuvo levantado su propio cuerpo en sus manos. Su diestra era un sagrado altar, su mano levantada una mesa de la misericordia.” (Homilía sobre la Pascua 1, en BKV 6,33 [Ausgewählte Schriften der syrischen Dichter])

 

Pone en labios de Jesús las siguientes palabras, alentando a sus discípulos y a los creyentes a recibir la eucaristía:

 

“Venid, discípulos míos, recibidme; quiero ponerme en vuestras manos. Mirad, aquí estoy en pie con entera verdad; pero, a la vez, comedme también con entera verdad” (Ibid., 6,37)

 

“Este recuerdo no debe cesar entre vosotros hasta el fin del mundo. Por tanto, hermanos míos, debéis hacerlo en todos los tiempo y acordaros de Mí. Habéis comido mi cuerpo; no me olvidéis. Habéis bebido mi sangre, no me despreciéis.” (Ibid., 6,38) [31]

 

 

 

Juvenco

 

Testigo de la fe de la Iglesia en España de comienzos del siglo IV. Nos han llegado varias obras poéticas cristianas escritas en latín. Sus obras datan del 330, aproximadamente. San Jerónimo lo menciona en varias obras suyas.

 

Narrando la institución de la Eucaristía dice:

 

“Diciendo esto, comenzó a partirse el pan con sus manos; y, después de orar santamente, enseño a los discípulos que así comían su propio cuerpo. Luego toma el Señor el cáliz lleno de vino y lo santifica con acción de gracias y lo da a beber y enseña que lo que les ha distribuido es su sangre. Y dijo: “Esta sangre redimió los pecados del pueblo”. (Evangeliorum libri IV, 4,447-453)

 

 

Eusebio de Cesarea

 

Considerado el padre de la historiografía eclesiástica. Nace en Cesarea de Palestina en el 263. Discípulo del presbítero Pánfilo y a través de éste de Orígenes. En el 313 fue nombrado obispo de Cesarea. En la disputa arriana no siempre se mostró católico, por su deseo de conciliar las dos partes y lograr la paz. Llegó a ser excomulgado por el sínodo de Antioquia en el 325. En el mismo sentido tuvo problemas con el Concilio de Nicea, pero finalmente firmó la declaración dogmática de la gran asamblea contra Arrio. Su obra más importante sin duda la Historia de la Iglesia que escribió entre los años 300 y 325. Muy apreciado como historiador y académico, menos como teólogo por varias impresiones doctrinales.

 

Eusebio tiene expresiones que pueden muy bien tomarse como “simbólicas” con respecto a la presencia de Jesús en la Eucaristía. Hablando de los panes de la proposición, que eran “símbolo e imagen” del pan de vida, añade: “Por eso, sabiendo David (Sal 33,6) de quién era imagen el pan de la proposición, nos incita a acercarnos no a aquel pan corpóreo, sino al pan que se representa en el corpóreo. Nosotros, pues, los que estamos en la tierra, participamos del pan que bajó del cielo y del Verbo que se anonadó a Sí mismo y se abrevió”.[32]

 

 Jesús jamás enseño a sus discípulos sobre la transubstanciación, de que el pan literal se convirtiera en su cuerpo "

Guillermo Hernández Agüero, evangélico

No se trata, como enseña la doctrina de la transubstanciación, que el pan se convierta en Cristo, sino de que Él es como un pan que da vida eterna "

Fernando Saraví, evangélico

Pero ese pan es pan antes de las palabras de los misterios; en cuanto sobreviene la consagración, del pan se ha hecho carne de Cristo "

San Ambrosio, obispo, siglo IV

 Retengamos el vocabulario: los panes de la proposición son “símbolo e imagen” del pan de vida, que es el Verbo bajado del cielo. En el mismo ambiente tipológico comenta Eusebio Gen 49,11 (“lavará en vino su vestido y en sangre de uva su manto”). Eusebio ve aquí una insinuación de la Pasión. “Por medio del vino, que era símbolo de su sangre, purifica a los que se bautizan en su sangre”. Del versículo siguiente (“sus ojos son alegres por el vino y sus dientes más blancos que la leche”) piensa que expresa obscuramente los misterios del Nuevo Testamento de nuestro Salvador y en particular...

 

“la alegría del místico vino que entregó Él a sus discípulos diciéndoles: Tomad, bebed, ésta es mi sangre [...] y el esplendor y pureza del místico alimento. Porque, de nuevo, entregó a sus discípulos los símbolos de la divina economía, mandando que se hiciera la imagen de su propio cuerpo”.

 

El vino que es “símbolo” de su sangre, no es el vino eucarístico, sino el vino del texto que Eusebio está comentando; el cuerpo y la sangre del Señor son la realización de los símbolos profetizados, que por eso mismo se llaman imagen, es decir, reproducción de lo profetizado.[33]

 

Lo mismo se puede encontrar en otro pasaje, en el que el sacrificio de Cristo viene a cumplir las figuras de los antiguos sacrificios judíos. Los cristianos hemos recibido el mandato de celebrar sobre el altar la memoria de ese sacrificio...

 

“...por medio de los símbolos de su cuerpo y de su sangre salvadora, según la institución del Nuevo Testamento”. (Demonstratio evangelica 1,10)

 

El pan y el vino tienen aquí, como símbolos, una función de memoria en relación con el sacrificio de Cristo.[34]

 

Por otro lado, si Eusebio hubiese tenido un concepto simbólico de la eucaristía que excluyese la doctrina católica de la presencia real del Señor, entonces de ningún modo hubiese podido decir lo siguiente, hablando de la celebración de la Eucaristía:

 

“Nosotros, los que pertenecemos al Nuevo Testamento, celebrando nuestra Pascua cada domingo, siempre nos saciamos del cuerpo del Salvador, siempre participamos de la sangre del Cordero.” (De solemnitate paschali 7)

 

Con respecto a ciertos pasajes patrísticos que pueden dar pie a interpretaciones simbólicas, creo que es oportuno notar lo siguiente. La doctrina católica sobre la presencia real de Jesús excluye todo tipo de presentación grosera del misterio eucarístico, como la llamada “cafarnaítica”, según la cual la carne sensible de Jesús se daría a comer a los fieles. Esta fue la interpretación que despertó escándalo entre los oyentes en Juan 6. Esta interpretación es la que se pretende endilgar a los católicos cuando se pregunta por ejemplo:

 

“¿Estaba realmente enseñando [Jesús] que debemos comer Su carne (fibras, músculos dermis) y beber Su sangre (plaquetas, plasma, glóbulos)?”[35]

 

En el caso del supuesto milagro de  la hostia, nuestro sentido nos dice que este elemento sigue siendo el mismo pan y que nuestra vista y cualquiera de nuestros sentidos no perciben el supuesto milagro en la sustancia. Nuestra Fe no es ciega "

Guillermo Hernández Agüero, evangélico

el aparente pan no es pan, aunque leo sea para el gusto, sino cuerpo de Cristo, y el aparente vino no es vino, aunque el gusto lo quiera, sino sangre de Cristo "

San Cirilo de Alejandría, obispo, siglo IV

 Lo que veis es el pan y el cáliz, que es lo que también os están diciendo vuestros ojos; pero en lo que vuestra fe pide ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo, el cáliz la sangre de Cristo "

San Agustín, obispo, siglo IV

 Jesús tenía en mente otra cosa, según la cual daría a comer, sí, su propio cuerpo y a beber su propia sangre (“mi cuerpo es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”, Jn. 6,55) pero de tal manera que en lo sensible sus discípulos comerían pan y beberían vino, evitando así todas las ridiculizaciones a las que acuden los enemigos de la presencia real hasta el día de hoy.[36] En este sentido, dado que el pan continúa apareciendo sensible y empíricamente como pan y el vino como vino, bien se puede hablar de el