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Ludwig von Pastor
Historia de los Papas
LEÓN X (1513-1521)

 

 CAPÍTULO IV:
  La guerra contra Urbino.
Conjuración del Cardenal Petrucci
y gran creación de cardenales de 1 de Junio de 1517.
 (pp. 151-202)
 

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Las relaciones exteriormente buenas, que había tenido León X al principio de su reinado con el antiguo amigo de su Casa, el duque Francisco María I de Urbino [1], se habían turbado cuando, con ocasión de la invasión francesa, se confió el mando superior de las tropas pontificias al joven Lorenzo, en lugar de Juliano de Médici, que se hallaba enfermo. El duque de Urbino pudo sentirse entonces, con razón, pospuesto y ofendido; pero su conducta en el tiempo siguiente hubo, por el contrario, de exasperar al Papa: pues, sin acordarse de sus deberes feudales, rehusó Francisco María, en aquellos críticos momentos, a pesar de todas las exhortaciones y amenazas [2], el auxilio que estaba obligado a prestar, por hallarse en secreta inteligencia con los franceses. Después de la victoria de Francisco I, se había esforzado el duque de Urbino de todas maneras, en azuzar al Rey contra el Papa [3]; por lo cual, luego que, a pesar de todo, se reconciliaron, se llenó el Duque de tan gran temor, que puso en seguridad a su hijo único en el fuerte San Leo [4], y tomó tropas a sueldo [5].

Durante la entrevista de Bolonia, quedó resuelta la suerte del Duque: inútilmente invocó Francisco I la gracia del Papa; pues éste declaró, con palabras amistosas pero decididas, que Francisco María había olvidado hasta tal extremo sus obligaciones como poseedor de un feudo, que no podía tratarse del perdón; si no se le castigaba a él, todos los pequeños barones del Estado eclesiástico se atreverían a cosas semejantes, o a otras todavía peores. Sobre esto no hizo el Rey ningún ulterior esfuerzo para salvar a su amigo [6], y quedó resuelta la destitución del duque de Urbino, cuyo Estado debería pasar a Lorenzo de Médici. Con todo, este plan no había salido del Papa, sino de la ambiciosa Alfonsina Orsini, que a toda costa quería ver en las sienes de su hijo una corona de príncipe [7]; y por desgracia no tuvo León X esta vez la energía para oponerse a los deseos de Alfonsina, que había tenido cuando aquella ambiciosa mujer pretendió que aprobase la usurpación de Piombino. En esta ocasión asintió a la empresa, aunque sin ocultar que se dejaba mover a ello de mala gana; pero una vez la hubo otorgado, permaneció inflexible [8] sin que ni las reflexiones de su hermano Juliano le hicieran impresión alguna. Repetidas veces recordó éste al Papa, de qué manera, así él como toda la familia de Médici, durante los años de su destierro, habían hallado siempre hospitalaria acogida en la corte de Urbino [9]; todo fue inútil; hallándose todavía el Papa en Florencia, se introdujo, a fines de Enero de 1516, el proceso contra el Duque [10], y a 1 de Marzo se le citó a Roma, amenazándole con las más graves penas. En el término de diez y ocho días debía comparecer para responder de sí respecto una multitud de graves cargos que se le hacían.  Se acumuló contra Francisco María una larga serie de acusaciones: su negativa de dirigirse contra los franceses con Lorenzo de Médici, no obstante haber recibido ya el sueldo para aquella expedición; su inteligencia con los enemigos; su participación en el asesinato del cardenal Alidosi; y otras cosas ocurridas en el reinado de Julio II [11]. Al paso que esta última acusación referente a Alidosi, no era indudablemente sino un pretexto, por cuanto Francisco María había obtenido una sentencia absolutoria acerca de aquel acontecimiento, con participación del entonces cardenal Juan de Médici; no puede afirmarse lo mismo de las demás acusaciones que se formulaban. El haber rehusado sus obligaciones feudales, y su inteligencia con Francia, eran hechos verdaderos, y justificaban el procedimiento desde el punto de vista jurídico. A pesar de lo cual, principalmente cuando se tiene en cuenta la amistosa hospitalidad que había otorgado el Duque a los Médici, toda la conducta del Papa tiene algo de odioso y repulsivo, y produce la impresión de que no se pretendió tanto dejar libre su curso a la justicia, cuanto procurar un Estado para el sobrino [12].

Francisco María no pensó en acudir a la citación; antes bien esperaba apaciguar al Papa por la mediación de otras personas; y para este fin, envió a Roma a la noble duquesa Isabel Gonzaga, viuda de su predecesor; pero todos sus ruegos e imploraciones quedaron sin resultado; León X no se dejó ablandar [13]. Lo único que obtuvo la Duquesa fue, que se suspendiera la citación del Duque, expedida a 1 de Marzo, para el tiempo de su presencia en Roma; pero a 11 de Marzo se imprimió el documento y se vendió públicamente [14]. El Duque hubiera podido contar todavía entonces con la intercesión de Juliano de Médici, si su enfermedad mortal no hubiese imposibilitado a éste para una intervención enérgica; y así, las cosas siguieron en Roma su curso. El plazo concedido al duque de Urbino para que compareciese a responder por sí personalmente, transcurrió sin que acudiera a justificarse, y ya a 14 de Marzo estaba impresa una bula pontificia, declarando que Francisco María, por el repetido quebrantamiento de su fidelidad, quedaba privado de todas sus posesiones en el Estado de la Iglesia [15].

Pocos días después, a 17 de Marzo de 1516, ocurrió en Fiésole la muerte de Juliano de Médici, consumido del asma a los 37 años [16]. Su viuda Filiberta regresó en seguida al lado de su hermana Luisa, madre de Francisco I, llevando consigo sus preciosos adornos nupciales, y sin dejar ningún hijo de su breve matrimonio [17]. No sólo el Papa, sino también los florentinos, lamentaron sinceramente la muerte de Juliano; pues, como dice Vettori, era verdaderamente un varón bueno, exento de violencias y vicios, y sólo excesivamente liberal [18].

En Juliano de Médici había perdido Francisco María della Róvere su más poderoso intercesor para con el Papa, y su última esperanza quedaba puesta en Francisco I. El duque pudo creer que el monarca francés se interesaría entonces finalmente por él, por cuanto el acuerdo obtenido en Bolonia entre el Papa y el Rey, amenazaba de nuevo deshacerse. Eran tan grandes las concesiones que el victorioso Francisco I había exigido entonces del indefenso Papa, sin ningún miramiento, aunque con las más amigables formas, que difícilmente podían perseverar a la larga en buenas relaciones; pues, si por una parte era por si misma odiosa para León X, la dominación de los franceses en Milán, por otra, no le dolía menos la pérdida de Parma y Plasencia. El daño y la ofensa que se le habían inferido con quitarle aquellos dominios, hubiera debido evitarlos Francisco I, si hubiese querido obrar con verdadera prudencia política [19]. El Papa tuvo que tolerar estas cosas por algún tiempo, mientras no pudo remediarlas; al paso que, por el contrario, la estipulación, no menos desfavorable para la Santa Sede, relativa a la devolución de Módena y Reggio al duque de Ferrara, se había formulado en tales términos, que era fácil, para un diplomático tan ejercitado y poco escrupuloso en la elección de medios como León X, diferir indefinidamente el cumplimiento de ella, bajo todo género de pretextos [20].

Cuán poco se podía confiar en el Papa, lo experimentó con terror Francisco I, cuando Maximiliano I pasó los Alpes, en Marzo de 1516, para hacer la guerra a los franceses y venecianos [21]. En presencia de este peligro, pidió el monarca francés, apoyándose en las promesas que el Papa le había hecho en Bolonia, que aprestara 500 hombres para la defensa de Milán, o pagara el sueldo de 3,000 mercenarios suizos. León X, siempre apurado de dinero, no efectuó el pago, y las tropas enviadas se pusieron en movimiento tan lentamente, que Francisco I sospechó existía una secreta inteligencia entre el Emperador y el Papa. Esta sospecha se aumentó todavía notablemente, por el envío del cardenal Bibbiena, enemigo de los franceses, a Maximiliano, y por la manera como se dejó obrar a Marco Antonio Colonna, el cual, con una compañía de soldados reclutados en el Estado de la Iglesia, corrió en auxilio de los imperiales, según se suponía, para apoyarlos contra los venecianos [22].

Francisco I era, sin embargo, injusto con el Papa; y no cabe duda alguna, que la corte pontificia veía con mucho disgusto la presencia del Emperador en Italia con un considerable ejército [23]; pues conocía los amplios designios del Emperador, peligrosos para el Estado de la Iglesia, y León X sabía también que Maximiliano había amenazado, no hacía mucho tiempo, al legado pontificio Egidio Canisio, que por razón de la paz con Venecia estaba con él en misión extraordinaria, hablándole con ásperas palabras de una reforma de la Curia [24].

La situación del Papa, con motivo de la expedición militar de Maximiliano era tanto más difícil, cuanto debía contar con uno y otro de los partidos beligerantes, y había contraído obligaciones con ambos; y para no romper completamente sus relaciones con ninguno de ellos, procuró, como tantas otras veces, evitar una actitud resuelta, hasta que se hubiese decidido la suerte de las armas. El temor y la mala costumbre de andar siempre contemporizando, fueron las causas que determinaron la ambigua manera de proceder de León X [25]; el cual resistió a todos los ofrecimientos de los enemigos de Francia, pero no quiso tampoco hacer abiertamente causa común con Francisco I. Ni se atrevió a hacer volver a Colonna, ni a enviar al Rey el auxilio solicitado; y habiendo tomado luego las operaciones militares un giro por extremo desfavorable para el Emperador, se mandó a Bibbiena, que, con pretexto de enfermedad, se detuviese en Rubiera y esperase allí el ulterior desenvolvimiento de los sucesos. Habiendo éste sido muy favorable para los franceses, mandó el Papa a Lorenzo, enviase para un mes, la suma antes pedida para pagar el sueldo de 3,000 suizos. Francisco I recibió el dinero; pero, a pesar de todas las disculpas y seguridades de la amistad del Papa, que por encargo de éste le llevó Canossa [26], quedó profundamente enojado [27]. Desde Mayo inició una política antipapal, volvió a mostrar designios sobre Nápoles, e hizo semblante de intervenir en favor del duque de Urbino. Por efecto de ello, también León X fue tomando una actitud cada día más hostil a los franceses [28].

Francisco I debía sentir esto muy pronto en diferentes puntos. Principalmente en Suiza, los Nuncios pontificios pudieron fomentar entonces a su arbitrio los conatos angloimperiales [29]; y aunque el Papa rehuyó el pasarse claramente a los adversarios de Francia, amenazaba, sin embargo, con hacerlo. Esto fue suficiente para resolver a Francisco I a abandonar a su suerte al duque de Urbino.

Francisco María había pensado al principio en la resistencia; pero en cuanto supo que Lorenzo de Médici se dirigía por tres partes contra su territorio, con un ejército compuesto de tropas pontificias y florentinas [30], huyó a Pesaro y desde allí a Mantua, junto a su suegro Francisco Gonzaga, donde de antemano había puesto en seguridad a su familia. Urbino y Pesaro se entregaron en seguida, y Sinigaglia hizo sólo pequeña resistencia. Pronto se rindieron también las fortalezas de Pesaro y Maiuolo, y sólo se mantuvo por algún tiempo el fuerte San Leo. En pocos días quedó sometido casi todo el Ducado [31]; y ya a 4 y 5 de Junio de 1516, tuvo noticia de ello León X [32]. Aun cuando en Roma se celebraron fiestas en señal de regocijo [33], no faltaron, sin embargo, algunos que, con razón, echaron en cara al Papa su grande ingratitud para con la destronada dinastía. Para disculparse, adujo León X, además de las ofensas que le había inferido el Duque, las penas jurídicas en que incurría un vasallo desleal y un militar, que rehusaba las tropas cuyas pagas había recibido. Pero ante todo hizo valer el Papa, la imposibilidad de tolerar en sus estados un feudatario tan desleal, que viniendo ocasión para ello se pondría seguramente de parte de sus enemigos [34]. De hecho, juzga Francisco Vettori, en ninguna manera partidario del Papa, que León X no podía dejar sin castigo la conducta del Duque [35]; pero no puede negarse, sin embargo, la dureza [36] que mostró León X en esta coyuntura, poco en armonía con su elevada posición como Jefe supremo de la Iglesia. Los más de los contemporáneos del Papa juzgaron su conducta como injusta y vituperable [37], y como negocio enteramente privado de la Casa de' Médici [38], por cuanto las tierras conquistadas se entregaron en seguida a un nepote.

León X había sanado apenas de una enfermedad bastante peligrosa [39], cuando se enteró de este acto. A 18 de Agosto 1516, recibió Lorenzo de' Médici la investidura del ducado de Urbino, que por entonces no producía, incluyendo a Pesaro y Sinigaglia, sino 25,000 ducados [40], y al propio tiempo se le nombró perpetuo Señor de Pesaro. Todos los cardenales suscribieron el acta, a excepción de Domenico Grimani, obispo de Urbino, el cual, lleno de enojo, se ausentó de Roma [41].

La conquista de Urbino empeoró notablemente las ya tirantes relaciones entre León X y Francisco I. De tan mala gana como el Emperador [42], había el monarca francés [43] permitido la destitución de Francisco María. El estorbar todo acrecentamiento del poder del Pontífice, y debilitarlo, por el contrario, todo lo posible, había a sido el más ardiente conato de Francisco I; y ahora había de presenciar que León X procediera con la conciencia, de su fuerza, y creara a Francia dificultades con la política exterior [44]. Es un hecho que León X procuró disuadir al Rey Católico de ajustar una alianza con Francisco I, al paso que el Nuncio pontificio, Ennio Filonardi, trabajaba en Suiza en sentido antifrancés [45].

Tanto Próspero y Mucio Colonna, como Jerónimo Morone, de quien era de temer una empresa contra Milán, podían mantenerse en el territorio pontificio; y Francisco I llegó a creer que el Papa estaba iniciado en las negociaciones que por aquel tiempo mediaban entre el Emperador, Inglaterra y los suizos, y se proponían como objetivo un ataque contra Milán. Por esto procuró de nuevo ganar la amistad del Papa Médici, al cual envió en Agosto auxilios contra los corsarios de Túnez, que por entonces molestaban las costas del Estado de la Iglesia, y a fines de Abril había faltado poco para que hicieran prisionero al Papa en una expedición de caza, no lejos de las bocas del Tíber [46]. También por otras maneras procuró inclinar en su favor el ánimo del Papa; el cual, ya de suyo enemigo del dominio de los franceses en Italia, seguía sintiendo como una grave injuria el que Francisco I le hubiera obligado a la cesión de Parma y Plasencia. Todos los obsequios del monarca francés no podían indemnizarle de esto; y así, las mutuas relaciones continuaban siendo tirantes. León X no accedió a los deseos de Francisco I de que retirara a su nuncio Filonardi, y el embajador francés en Roma no hacía ningún secreto de su disgusto. «¡Yo no sé, decía el mismo en Septiembre, qué es lo que el Papa quiere todavía! Dispone de Florencia y Sena [47]; acaba asimismo de apoderarse de Urbino. En Ferrara no debería, sin embargo, pensar; pues tengo encargo de mi soberano de exigir que León X restituya al Duque Módena y Reggio; para hablar de Nápoles, no es ahora tiempo a propósito» [48].

La cuestión napolitana ocupaba cabalmente entonces a los delegados de Francisco I y Carlos I de España, que se habían reunido en Noyon, donde a 13 de Agosto de 1516 se ajustó el convenio siguiente: Francisco y Carlos concertaron una perpetua paz y alianza, para defender sus Estados contra quienquiera que fuese; el rey de Francia trasmitía sus pretensiones sobre Nápoles a su hija Luisa, de un año de edad (!), con la cual prometía desposarse Carlos, tan pronto como cumpliera los 12 años. Hasta la celebración del matrimonio pagaría Carlos anualmente a Francisco I, 100,000 coronas, y desde aquella fecha hasta el nacimiento de un hijo, la mitad. Otra estipulación referente al reino de Navarra estaba concebida en tan obscuros términos, que podía ocasionar fácilmente el rompimiento del tratado. Francisco I quería tener expedita semejante salida, para zafarse en tiempo oportuno de las obligaciones que acababa de contraer; pues celebraba aquel tratado, principalmente para evitar que Carlos entrara en la coalición promovida por Inglaterra contra Francia [49]. Pero tampoco para Carlos era cosa definitiva lo que sus consejeros de los Países Bajos habían concedido en Noyon, donde sólo se habían preocupado por alcanzar a toda costa una paz con Francia. Para la ratificación se había fijado un plazo de seis semanas, el cual amplió Carlos todavía otro mes, para negociar entretanto con Inglaterra. Enrique VIII, que consideró el convenio de Noyon como una sensible derrota, no dejó piedra por mover para atraerse a Carlos [50]; lo cual logró fácilmente, por cuanto el tratado de Noyon no era en manera alguna favorable para el soberano español. A 29 de Octubre, se ajustó en Londres, a donde se había dirigido personalmente el cardenal Schinner, un nuevo tratado de tendencia decididamente antifrancesa: los contrayentes fueron por de pronto Enrique VIII y el emperador Maximiliano, y señalaron como fin de su alianza la protección de sus Estados, el fomento de la paz general y el hacer posible la guerra común contra los turcos. Aliáronse perpetuamente y garantizáronse sus posesiones presentes y futuras. Así Carlos de España, como también el Papa, que por medio de su Nuncio se había declarado neutral [51], fueron invitados a entrar en la alianza. Respecto del Papa se dice en aquel documento: «En la persuasión de que este tratado, encaminado a proteger la paz universal, y a favorecer la guerra contra los turcos, obtendrá la aprobación del Santo Padre, se le comprende en él, como Cabeza del orbe cristiano, y se le hace partícipe de todas las ventajas, en caso que aprobare todos los artículos y por su parte los pusiere en ejecución, contribuyendo pro rata, y procediere también con censuras de excomunión e interdicto contra los que lo impugnaren, sin absolverlos, excepto con expreso consentimiento de todos los contrayentes; respecto de lo cual deberá declarar su consentimiento y ratificarlo dentro del término de seis meses» [52].

Pero también este convenio, que debía ser ratificado en el término de dos meses, quedó en el papel. El emperador Maximiliano se adhirió al convenio de Noyon por el tratado de Bruselas de 3 de Diciembre de 1516, y prometió la cesión de Verona, que se efectuó en Enero del año siguiente [53]. Los suizos, a los cuales los contrayentes del tratado de Londres invitaran expresamente a entrar en él, habían ajustado por su parte una perpetua paz con Francia a 29 de Noviembre de 1516 [54].

La unión de Francisco I con el Emperador se hizo todavía más íntima, según las apariencias exteriores, en la primavera del siguiente año. A 11 de Marzo se concluyó, en una conferencia de Cambray, un tratado de alianza entre el emperador Maximiliano, el rey Francisco I y Carlos de España, para la común seguridad de sus respectivos intereses; y en Mayo y Julio no sólo se ratificó este convenio, sino también otros artículos adicionales secretos. Estos últimos tenían por objeto no menos que el reparto de la Italia Superior y Central en dos reinos, que debían constituirse como feudos del Imperio. Con los dominios de Venecia al Oeste de Vicenza, con Lucca, Módena, Reggio, Milán, Mantua, Montferrato, Piamonte, Asti y Génova había de formarse un reino de Lombardía para Francisco I; y con las posesiones orientales de Venecia, Padua, Treviso, con Florencia, Pisa, Liorna y Sena, un reino de Italia para Carlos o su hermano Fernando [55]. No puede caber lugar a duda que Francisco I no se proponía otra cosa, con el monstruoso convenio de Cambray, sino engañar al Emperador, y obtener una dócil sumisión a sus designios, así de parte de Venecia como del Papa [56].

Cuánto importara la actitud del Pontífice, por ventura nadie lo sabía mejor que el monarca francés. A 17 de Mayo de 1516, se habían redactado en Roma las bulas que, conforme a las estipulaciones de Bolonia, permitían a Francisco I la recaudación de un diezmo de cruzada en su Reino, comprendiendo la Bretaña [57]. Pero hasta después que en Agosto se concluyeron las negociaciones sobre el Concordato, no se entregaron aquellos documentos, luego que se hubieron redactado de nuevo conformándolos con los deseos del Rey. Francisco I dio las gracias con un escrito en que añadió un par de líneas de su propio puño, y en esta carta daba noticia del convenio de Noyon [58]. El Papa no dejó traslucir la solicitud en que le ponía la unión del monarca francés con el joven Habsburgo; concedió a Francisco I varias muestras de favor [59], y volvió á tratar con él de una alianza, declarándose asimismo dispuesto a retirar a su Nuncio de Suiza [60]. A 6 de Septiembre dio las gracias al Rey por su escrito, certificándole de su benevolencia, y remitiéndole para todo lo demás a las declaraciones de su nuncio Canossa [61]. A los Nuncios de Suiza se ordenó que se portaran de manera, que Francia no pudiera darse por ofendida [62]. Pronto obtuvo Francisco I un privilegio para Milán, conforme al cual, ningún beneficio consistorial podía ser otorgado a alguno que no fuese del agrado de la Corona [63]. El incremento del peligro de los turcos, obligó a León X, en Octubre, a pedir urgentemente auxilio; a lo que contestó el Rey asegurando su celo por la cruzada, aunque a la verdad, sólo con expresiones demasiadamente vagas [64].

Si esto bastaba para disgustar al Papa, todavía debía enojarle más la sospecha, constantemente manifestada por Francisco I, de que León X no tenia en el fondo, para con él, leales intentos [65]; A esto se agregaba el apremio de Francia para la restitución de Módena y Reggio al duque de Ferrara. También influyó desfavorablemente en las mutuas relaciones, el rumor de que León X quería nombrar a Lorenzo duque de Romaña. «El Papa, decía entonces el embajador francés, se hace Señor de toda Italia, y nosotros nos veremos en la precisión de retirarnos al otro lado de los Alpes» [66]. La tirantez se aumentó todavía más por la acusación lanzada por Francisco I, de que Schinner había ido a Londres con asentimiento de León X para concluir el tratado de Octubre. Contra esto hizo Francisco I que su embajador previniera urgentemente al Papa respecto de Carlos y Maximiliano; pues éstos querían, de común acuerdo, despojar a la Santa Sede de todo su poder temporal. Este aviso dio por resultado, que León X desautorizara formalmente al cardenal Schinner [67]. Al propio tiempo se dirigió a los suizos, a 19 de Noviembre, una exhortación a la paz [68], la cual tuvo influencia en que se adoptara la "dirección perpetua» del 24 de Noviembre. A 25 de Noviembre el camarero pontificio Latino Benassao, recibió una misión extraordinaria para Francia, porque el Papa no podía averiguarse con el representante de Francisco I que moraba en Roma. Expresáronse las más diversas conjeturas acerca del objeto de esta misión; pero se trataba de una más estrecha inteligencia con Francia, formándose también el proyecto de un enlace de familia, mediante el casamiento de Lorenzo [69]. No obstante; por más que entonces se permitió al monarca francés la libre disposición, que ya hacía tiempo pretendía, sobre los fondos recaudados en su país para la cruzada [70], se estaba todavía muy lejos de un acuerdo. A fines de Diciembre se lamentaba León X con el embajador veneciano, de que los franceses sospechaban de él que procuraba la posesión de Ferrara, y que por esta razón se tardaba tanto en llegar a un convenio. El embajador observó en aquella ocasión, cuán solícito andaba el Papa por el próximo congreso de Cambray [71]; a lo cual se agregaban las noticias cada vez más alarmantes, acerca de los turcos [72]. De esta manera acabó el año de 1516, con graves cuidados para el Papa, y el nuevo le trajo la desagradable noticia de estar amenazado el ducado de Urbino que apenas acababa de adquirirse.

Francisco María no había permanecido inactivo en su destierro de Mantua, antes bien había buscado auxilio por todas partes [73]. No le fue difícil ganarse la amistad de Federico Gonzaga, Señor de Bozzolo, el cual estaba celoso de Lorenzo; y todavía era de más importancia, que podía contar con el Gobernador francés de Milán, Odet de Foix, Señor de Lautrec, el cual aborrecía al Papa por italiano y por sacerdote. Fue muy favorable para la empresa, el hallarse por entonces en Italia no pocos soldados alemanes y españoles, a quienes la paz había dejado sin manera de vivir, y andaban anhelando por nuevas ocasiones en que emplearse. 5,000 de ellos se declararon dispuestos a seguir al destronado Duque a su antiguo Señorío, cuyos moradores ansiaban su vuelta, por cuanto Lorenzo los oprimía con intolerables tributos. A 16 de Enero de 1517, salió Francisco María  del distrito de Mantua, dirigiéndose contra Urbino, con un ejército pequeño, pero ganoso de pelear. Semejante expedición era una temeridad; pues Francisco no tenía dinero, ni artillería, ni municiones de guerra; pero muy pronto iba a mostrarse que esta vez le favorecía la fortuna [74].

La noticia de la jornada de Francisco María, produjo en Roma el efecto de relámpago en cielo sereno; precisamente entonces se hallaba el Papa con los cardenales en medio de las deliberaciones encaminadas a la defensa contra los turcos; pero nadie pensaba a la sazón en Roma, en la posibilidad de que Urbino se viera amenazado, y todos quedaron extraordinariamente sorprendidos. El Duque, refiere Francisco Vettori, se hallaba en la Romaña antes de que, se hubiese tenido noticia alguna de sus intentos. El Papa en ninguna cosa pensaba menos que en la guerra; para la cual, por efecto de su liberalidad y mala administración de la hacienda, faltaba lo principal: el dinero. Los capitanes de las tropas mercenarias pontificias, estaban descontentos porque no recibían suficientes sueldos, y fuera de esto se hallaban agobiados de deudas, porque todo el mundo quería imitar la prodigalidad del Papa. Húbose de empezar la guerra con dinero prestado; comienzo siempre inconveniente para un príncipe [75].

Desde el primer momento no le cupo duda al Papa, que andaban en el juego de la nueva guerra, la mano de Francia y del Gobierno veneciano. «Ninguno de ellos, decía a 26 de Enero de 1517 al embajador de Venecia, tiene razón alguna para apoyar contra Nos a Francisco María.» Mas dos días después, pudo el embajador darle la tranquilizadora seguridad, de que su Gobierno no auxiliaba al enemigo del Papa [76]. También los franceses aseveraron su inocencia, pero el Papa les dió tan poco crédito, que no tuvo dificultad en expresar su sospecha contra Francisco I, en las cartas con que solicitó el auxilio del Emperador y de España, y aun en un escrito dirigido a Francisco I manifestó sospechas contra Francia [77].

La situación del Papa era desesperada; pues, en parte, a consecuencia de su inconstante política, había venido a quedar en un aislamiento por extremo peligroso. No sólo estaba enojado con él Francisco I, sino también Maximiliano I; el cual, irritado todavía en la primavera de 1516, por el proceder de la Curia, a su parecer excesivamente propensa a los franceses, dirigió al Papa, a 20 de Febrero de 1517, un muy acerbo escrito [78]. A las exteriores se añadían otras dificultades interiores: la Romaña estaba en gran manera descontenta con la mala administración del gobernador pontificio; en Florencia había grande excitación, y faltaban los sueldos para las tropas. A todo eso se añadía la solicitud causada por el congreso de Cambray, para estorbar el cual había sido enviado, a principios de Enero, Nicolao Schönberg. La reunión de los tres soberanos, decía el Papa al embajador de Venecia, no tiene otro fin sino la división de Italia, para daño Nuestro y vuestro [79].

Lorenzo de Médici, que salió de Roma a 18 de Enero de 1517 [80], debía tomar el mando superior de las tropas pontificias; y como era muy poco experimentado en las cosas de la guerra, le había dado el Papa por consejeros, a Renzo Orsini, Julio Vitelli y Guido Rangone [81]. De todas partes llegaban clamores pidiendo auxilio: en Forlì, Faenza y Ravenna, faltaban víveres para las tropas [82]; y ya a 4 de Febrero de 1517, se dijo en Roma, que Francisco María había vuelto a entrar en Urbino; bien que esta noticia se demostró ser prematura. Pero a 8 de Febrero no podía ya abrigarse dudas acerca de haberse perdido la capital del Ducado [83]. Alfonso de Ferrara había permitido a Francisco María, a pesar de la prohibición pontificia, el paso libre por sus Estados [84]; el Papa, que acababa de publicar el interdicto contra Francisco Maria, era presa de la mayor irritación; un embajador que da cuenta de esto, añade: «Hay falta de dinero; León X está descontento con Renzo Orsini y éste con el Papa; los romanos se alegran del mal curso que toman las cosas» [85].

El ejemplo de Urbino lo siguió, excepto el fuerte San Leo, todo el Ducado; y sólo las ciudades que no pertenecían a éste: Pesaro, Sinigaglia, Gradara y Mondaino, quedaban en poder de Lorenzo. Éste fue herido a 26 de Marzo de 1517, en el sitio de Mondolfo; por lo cual abandonó el teatro de la guerra y permaneció alejado de él, aun después de su curación y por más que el Papa le mandaba expresamente que volviera [86]. El cardenal Bibbiena, que en Abril había sido enviado al ejército, se esforzaba inútilmente para restablecer el orden entre los mercenarios que contendían mutuamente [87]. El Papa estaba fuera de sí: temblaba de irritación, y parecíale una terrible afrenta para la Iglesia el que «un duquecillo» pudiera atreverse a tanto. Sus cuidados se aumentaban todavía más por el creciente peligro de los turcos y el congreso de Cambray; pues sabía muy bien que se trataba en él de la división de Italia, y que Maximiliano quería a Florencia [88]. A todo esto se agregó, a fines de Abril, un acaecimiento capaz de poner pavor en otro hombre menos tímido: el descubrimiento de una conspiración dirigida por el cardenal Petrucci contra la vida del Papa [89].

Alfonso Petrucci pertenecía al número de aquellos príncipes de la Iglesia totalmente mundanos, cuyas ideas y manejos todos iban encaminados a obtener dinero y a gozar de la vida. Así él como los demás cardenales jóvenes, luego que hubieron llevado al cabo la elección de León X, propusieron tan desmesuradas exigencias, que pareció imposible satisfacerlas [90]; y asimismo en el tiempo siguiente, a pesar de toda su liberalidad, no se halló León X en estado de contentar los insaciables deseos de sus electores [91]. Dio nueva ocasión de repetidos disgustos a los cardenales, muchos de los cuales se consideraban partícipes natos de la autoridad pontificia, el haberse prescindido de la capitulación electoral [92], el rigor usado por León X contra el cardenal Sanseverino [93], y la desgraciada guerra acerca de Urbino.

Alfonso Petrucci tenía además otra causa particular para estar irritado contra el Papa; pues, con auxilio de León X, había sido desterrado de Sena, en Marzo de 1516, su hermano Borghese Petrucci, y substituido por el alcalde del castillo de Sant-Ángelo Rafael Petrucci [94]. El cardenal Petrucci había procurado inútilmente, a última hora, estorbar con mano armada la revolución de Sena que perjudicaba gravísimamente a sus intereses privados, y desde entonces andaba meditando la venganza contra el «desagradecido» Pontífice. Consumido de salvaje rencor, parece haber pensado en arrojarse sobre León X, en una cacería o en otra ocasión cualquiera, y asesinarle con su propia mano; «y fue más, dice Guicciardini, el peligro y la dificultad, lo que retrajo a Petrucci de semejante empresa, que el escándalo que toda la Cristiandad hubiera sufrido, si un cardenal hubiese manchado sus manos con la sangre del Papa» [95]. En medio de las turbaciones de la guerra contra Urbino, discurrió Petrucci otro plan para alcanzar su criminal propósito. Habíase tramado en Sena una conjuración, que debía estallar en cuanto se consiguiera quitar la vida al Papa por medio del veneno [96], y para este fin, compró el cardenal a Bautista da Vercelli como auxiliar para su atentado. Este Bautista, médico que gozaba de gran fama, debía ir de Florencia a Roma para curar la fístula del Papa, a quien envenenaría en aquella operación; pero este proyecto fracasó no obstante; pues, por mucho que se recomendó al Papa la habilidad de Bautista, tuvo dificultad en fiarse de un forastero [97].

Petrucci no renunció por esto a su propósito; mas la inesperada dilación arrastró a aquella juvenil cabeza acalorada a las más inconsideradas manifestaciones. Se le oyó afirmar, que quería ser el libertador del menospreciado y esclavizado Colegio Cardenalicio; y, en lugar de León X, promover la elección para la dignidad suprema de uno de los cardenales antiguos, que se mostraría agradecido a sus electores [98]. Por esta manera vino a caer en sospecha; de suerte que, para procurar su seguridad, se alejó de Roma y se dirigió a las haciendas de los Colonna en el Lacio, sin despedirse antes del Papa. En unión con su hermano, que moraba en Nápoles, conspiró tan descubiertamente, que León X le hubo de avisar por un propio escrito, en Marzo de 1517, que renunciara a ulteriores planes para promover una revolución en Sena; pues, de lo contrario, procedería como si hubiera conspirado contra el mismo Romano Pontífice [99]. A pesar de esta tan clara manifestación, no desistió Petrucci de sus maquinaciones: por encargo suyo tuvo Lactancio Petrucci muy ambiguas negociaciones con Francisco María della Róvere [100]; y si ya esto despertó sospechas, todavía las excitó más la frecuente correspondencia del cardenal con su secretario y mayordomo Marco Antonio Nino, que se había quedado en Roma. En ella se trataba todavía de llamar a Bautista da Vercelli para que cuidase la llaga abierta del Papa. Petrucci vivía entonces en Genazzano, en el país de los Aqueos, y allá le escribió Nino, en cifra, que Bautista da Vercelli seguía entonces como antes dispuesto a servirle; que el mismo esperaba llegar a Su Santidad por medio de dos personas de la confianza del Papa, Serápica y Julio de’ Bianchi; pero que, con el objeto de no despertar sospechas, tenía dificultad en visitar al cardenal en Genazzano. Por lo demás, haría todo aquello que el cardenal quería [101].

Esta carta fue interceptada y condujo al descubrimiento de todo el complot.

Con prontitud y resolución, se procedió entonces contra los culpables. Por de pronto fue encarcelado, a 21 de Abril de 1517, y puesto a cuestión de tormento, el confidente de Petrucci Marco Antonio Nino  [102]. Al principio no se tuvo noticia ninguna del plan de asesinato; y aun diplomáticos muy bien enterados, supieron sólo, que por las declaraciones de Nino quedaba gravemente comprometido el cardenal Petrucci; algunos sospechaban que se trataba de una empresa contra Sena, y otros, de una inteligencia con Francisco María della Róvere [103] con quien se hallaba Borghese Petrucci [104]. Al propio tiempo seguíanse secretamente los pasos en Florencia a Bautista da Vercelli [105]; prometióse al cardenal Petrucci que se le restituiría en la posesión de Sena [106]; pero para ello debía acudir personalmente a Roma. El cardenal difería hacer esto último; pues, aunque no tenía ningún barrunto de que se hubiesen descubierto sus tratos con Nino, temía, sin embargo, por causa de su conspiración con Francisco María della Róvere. Pero como León X le hubiera concedido un seguro salvoconducto en cuanto se refería a esta sospecha, y al propio tiempo prometido al embajador español oralmente, que se le guardaría la palabra, vino Petrucci a Roma a 18 de Mayo. Apenas hubo entrado, al siguiente día, en la antecámara del Papa, acompañado de su mejor amigo el cardenal Sauli, fueron ambos presos y conducidos al castillo de Sant-Ángelo [107].

En un consistorio que se congregó inmediatamente, comunicó el Papa a los cardenales lo que había pasado, y la introducción del proceso contra Petrucci y Sauli; y al propio tiempo se determinó, que los autos del proceso se someterían para su aprobación a una comisión especial, compuesta de los cardenales Remolino, Accolti y Farnese. La sentencia definitiva deberían pronunciarla los cardenales [108]. En aquel mismo día se participó a los príncipes más poderosos, por medio de especiales breves, que los cardenales Petrucci y Sauli habían sido presos por ocultas maquinaciones contra la vida del Papa, y que se había incoado un proceso judicial para castigar aquel crimen [109].

En Roma despertó la mayor expectación este acontecimiento, que más que otro ninguno iluminaba con siniestro resplandor la corrupción que había penetrado en las altas esferas eclesiásticas. Corrieron por la Ciudad los más extraordinarios rumores, diciéndose que también se había puesto presos a otros cardenales [110], y creció la excitación cuando se observó que el Vaticano se vigilaba severamente y se concentraban tropas en Roma [111].

De los embajadores, a los cuales se enteró asimismo de lo ocurrido, reclamó públicamente contra la prisión de Petrucci el representante de España, Pedro Urrea; pues habiendo empeñado su palabra de honor, debía considerarse como una promesa de su mismo Soberano. León X replicó, que ni el más amplio salvoconducto podía amparar a un envenenador que había puesto asechanzas a la vida de su Soberano, salvo en caso de que se mencionara expresamente tan horrendo delito [112]. Y como el salvoconducto dado a Petrucci, sólo le aseguraba por lo referente a las negociaciones con Francisco María della Róvere, el embajador español cedió muy pronto de su resistencia [113]. También entre los cardenales reinaba grande agitación a causa del proceder del Papa, que había mandado encerrar a Petrucci y Sauli en la cárcel más profunda del castillo de Sant-Ángelo, que se llamaba «marrochii» [114]. León X procuraba ocultar su consternación y persistía en prohibir que los presos pudieran ser visitados por quienquiera que fuese; pero permitió, sin embargo, por efecto de una expresa solicitud del Colegio Cardenalicio, que a cada preso se le asignase un sirviente [115].

La dirección de la investigación judicial contra los encarcelados se confió al procurador fiscal Mario de Perusco, natural de Roma, y al auditor del Gobernador de la Ciudad [116]. Al principio se ciñó la inquisición a poner en claro, si realmente se había intentado el asesinato del Papa [117]. Envióse orden a Florencia para prender a Bautista da Vercelli y enviarlo a Roma; y asimismo fueron reducidas a prisión otras personas sospechosas, como un criado de Petrucci por nombre Pocointesta. Todos ellos fueron sometidos a severa cuestión, aunque se duda si también contra los cardenales se empleó el tormento [118].

Para el 29 de Mayo se anunció un nuevo consistorio, en el cual debía publicarse la sentencia de los cardenales Remolino, Accolti y Farnese, a quienes se había confiado la inspección del proceso, sobre que los cardenales acusados pudieran ser retenidos en la prisión, hasta tanto que se hubiesen descargado de las acusaciones contra ellos dirigidas. Cuando los cardenales se hubieron reunido en el Vaticano, refiere el Maestro de ceremonias Paris de Grassis, mandó León X llamar a sí al cardenal Accolti. «Éste permaneció más de una hora en el aposento del Papa, y como ninguno de nosotros podía entender, qué significara esta larga conferencia, miré yo por el ojo de la llave, y vi una guardia militar en la sala del Papa. En seguida sospeché que iba a ocurrir alguna desgracia; pero guardé silencio. Cuando vi que los cardenales Riario y Farnese entraban con sereno semblante en el aposento del Papa, imaginé que los había hecho llamar para deliberar con ellos acerca del nombramiento de nuevos cardenales, de lo cual había hablado días antes. Mas apenas hubo entrado el cardenal Riario, el Papa, que solía andar siempre despacio y con paso mesurado, entre dos camareros, salió del aposento solo y apresuradamente, y con gran turbación, cerrando tras sí la puerta, de suerte que el cardenal quedó encerrado con la guardia. Admirado por esto y por la prisa del Papa, le pregunté, qué significaba aquello, y si pensaba ir al consistorio sin estola; a lo cual mandó el Papa que le dieran una estola: estaba pálido y extraordinariamente agitado, y me mandó con tono áspero cerrara el consistorio. Yo obedecí, y no dudé ya por más tiempo que el cardenal Riario había sido preso [119].

Como causa de la prisión de Riario se dijo, que Petrucci y Sauli habían declarado estaba comprometido con ellos en la conjuración. Paris de Grassis, lo propio que otros muchos, no quiso creerlo, y sospechó que León X se había dejado llevar de deseos de venganza personal, por el recuerdo de la conjuración de los Pazzi [120]. Esta sospecha del maestro de ceremonias, excesivamente prendado de Riario, no se ha confirmado, sin embargo, posteriormente.

A 4 de Junio se trasladó a Riario, que hasta entonces había sido mantenido en muy honrosa detención en el Vaticano, al castillo de Sant-Ángelo. Cuando se intimó esta orden al desgraciado, desmayóse de terror, y fue menester llevarle en litera a la cárcel. Para motivar esta medida, dio por razón León X, en un consistorio de 5 de Junio, que Riario no había querido confesar cosa alguna; pero en un obscuro calabozo del castillo de Sant-Ángelo, hizo pronto una extensa declaración [121].

Ya a 8 de Junio se celebró un nuevo consistorio, en el cual manifestó el Papa a los cardenales, por extremo consternados, que de las confesiones de los cardenales presos había resultado claramente estar comprometidos en la conjuración todavía otros dos de los que allí presentes se hallaban. León X se quejó amargamente de que, precisamente aquellos de quienes menos podía haber sospechado, y en cuyas manos había confiado su vida, se hubiesen hecho culpables de semejante crimen. Pero por más que contristaba al Papa la ingratitud de los mismos a quienes había colmado de honores y beneficios, declaró, sin embargo, querer, a ejemplo de Aquel cuyo lugar tenía en la tierra, perdonar a los culpables, si ellos confesaran su delito y pidieran misericordia. Y como a pesar de esto ninguno se indicase, resolvió el consistorio que cada cardenal se acercase al Papa para hacerle de palabra su confesión. Cuando llegó la vez al cardenal Soderini, esforzóse éste por apartar de sí toda culpa; pero su dureza irritó a León X en tales términos, que dijo al cardenal en su cara, que él era uno de los dos culpables, y que si no lo confesaba no podría haber lugar a blandura y se dejaría su libre curso a la justicia. Entonces se arrojó Soderini, y luego también Adriano Castellesi, a los pies del Papa, confesando su culpa e implorando gracia, la cual les fue concedida. El consistorio impuso a cada uno de los dos culpables una multa de 12,500 ducados, y resolvió que se guardara secreto acerca de lo acaecido; a pesar de lo cual, la noticia de ello corrió por la Ciudad como un reguero de pólvora, bien que a la verdad, en muy desfiguradas formas [122]. Después de haberse terminado aquella larga y penosa reunión, recibió el Papa a los delegados del Emperador y de los reyes de Francia, Inglaterra, España y Portugal, así como al embajador veneciano, a quienes comunicó, que los cardenales complicados en la causa de Petrucci, Sauli y Riario, habían sido perdonados. A la pregunta del delegado inglés: si el Papa los había perdonado a todos, respondió éste: «A los demás cardenales acusados les hemos hecho gracia; pero con los encarcelados en el castillo, se procederá conforme a las leyes penales» [123].

A 16 de Junio, el criado de Petrucci, Pocointesta, fue ahorcado en la cárcel de Tor di Nona, y su ejecución tuvo por causa el intento de tramar una conjuración en Sena [124]. Los lamentables descubrimientos que entretanto se habían hecho, en el decurso del procedimiento judicial contra los demás encarcelados, se procuró al principio mantenerlos lo más secretos posible; por lo cual, aun diplomáticos generalmente muy bien enterados de las cosas, no pudieron averiguar nada cierto. Como se saca de una comunicación cifrada del representante de Ferrara, de 10 de Junio, sospechábase que los culpables eran, además de Adriano Castellesi, o bien Farnese, o Grassis [125]. Hasta 18 de Junio no supo el mencionado diplomático, ser indudable que se trataba sólo de Soderini y Adriano Castellesi [126]. Como ya hemos dicho, uno y otro hubieron de comprar su libertad al precio de 12,500 ducados, y habiéndoles sido esta multa elevada al duplo, creyeron haber de temer por su seguridad en Roma. En la noche del 20 de Junio, Soderini se dirigió a Palestrina al amparo de los Colonna; y al poco tiempo, Castellesi, que era por carácter muy tímido, huyó disfrazado a Tívoli, para dirigirse, según se dijo, desde allí a Nápoles [127].

La suerte de los cardenales encarcelados inquietaba entretanto en sumo grado a sus partidarios; pues el procedimiento judicial se dilataba de semana en semana, y diariamente se emitían los mas diversos pareceres acerca del destino que aguardaba a los infelices [128]. Parece que el Papa, como era natural a su índole, pensó por un momento en substituir la gracia a la justicia [129]. Pero Lorenzo de Médici y sus partidarios, urgían para que se castigara severamente, no sólo a los cardenales, sino a todos los demás culpables. Para este fin se presentó Lorenzo personalmente en Roma a 18 de Junio, cuando nadie le esperaba [130], y luego se citó a los 13 cardenales que se hallaban presentes en la Curia, para un consistorio a 22 de Junio. Todos se presentaron, a excepción de Leonardo Grosso della Róvere, que estaba emparentado con Riario [131]. En un largo discurso les manifestó León X el resultado del proceso introducido contra los cardenales Petrucci, Sauli y Riario. La acusación señalaba en ellos cuatro delitos de alta traición. El Papa dio por demostrado que Petrucci y Sauli, en vida del legítimo Cabeza de la Iglesia, habían tratado de la elección de nuevo Papa, y obligádose con juramento a colocar la tiara en las sienes de Riario, a cuyo designio había accedido éste. Para quitar de en medio a León X, habían sobornado Petrucci y Sauli a Bautista da Vercelli, el cual debía curar la fístula del Papa y envenenarle en esta operación; en lo que también habían iniciado a Riario. Finalmente, así Petrucci como Sauli, habían estado en inteligencia con Francisco María della Róvere, e incurrido consiguientemente en las penas expresadas en las bulas que se dictaron contra aquel rebelde, Después de esto se leyó el proceso formado contra los acusados, con las confesiones de los cardenales presos. Entonces había de resolverse si el crimen de alta traición estaba probado, en cuyo caso debían ser privados de todos sus beneficios y dignidades, y condenados a muerte. Para resolver esto se procedió a la votación, y todos, excepto el cardenal Grimani, reconocieron que indudablemente, Petrucci, Sauli y Riario, se habían hecho reos de cuatro delitos de alta traición; pero apelaron, sin embargo, a la gracia del Papa en favor de sus colegas. El abogado fiscal Justino de Carosis, y luego el procurador fiscal Mario de Perusco, presentaron entonces sus informes, después de lo cual, Pedro Bembo leyó la sentencia. Por ella los tres acusados eran condenados al perdimiento de la dignidad cardenalicia y de todos sus beneficios y bienes, a la degradación y relajación al brazo secular. Al fin del consistorio habló el Papa de la huída del cardenal Adriano Castellesi, de la que dijo haber tenido noticia, pero no haberla querido estorbar [132]. Así lo refieren, con brevedad y reserva genuinamente diplomáticas, los bien meditados asientos de las actas consistoriales del Vicecanciller [133]; pero de otros testimonios más independientes se saca, que aquel consistorio fue tan largo como tormentoso. Según el embajador veneciano, duró diez horas, y según Paris de Grassis, hasta trece. No sólo la lectura del proceso, que ocupaba varios centenares de hojas, requería tan largo tiempo; sino además se vino repetidas veces a fuertes altercados, en términos que, los que se hallaban fuera, oyeron cómo el Papa disputaba con algunos cardenales y éstos entre sí. León X tuvo un choque especialmente violento con Grimani [134].

La publicación de la sentencia dejó enteramente aturdidas a las personas de la Curia; muchos hallaban demasiado dura la relajación y entrega al brazo secular, que, en el caso de que se trataba, equivalía a la pena de muerte; es verdad que, conforme a las leyes entonces vigentes, incurrían en ésta, aun aquellos que dejaban de denunciar una conjuración contra la vida del Soberano de un Estado [135]. A 25 de Junio se reunieron en presencia del Papa todos los embajadores que se hallaban en Roma, para oír la lectura del proceso. «Oímos, refiere el embajador veneciano, lo siguiente: por las cartas halladas en poder del secretario de Petrucci, se descubrieron las gestiones de éste con Bautista da Vercelli para el envenenamiento del Papa. El mismo Petrucci ha confesado que, por desesperación, por haberse quitado Sena a su familia, había querido atentar contra la vida del Papa, y que había comunicado este plan a los  cardenales Sauli y Riario. Acerca de esto no se puede dudar, añade el embajador veneciano; pero en la manera de llevar el proceso, no se debía haber obligado a los acusados a confesar, leyéndoles las declaraciones de los otros. Cuando se hizo esto con Riario, que nada había querido confesar, declaró: puesto que Petrucci y Sauli así lo dicen, menester es que sea verdad. Soderini ha confesado que se había prometido la tiara a Riario». Desgraciadamente, el diplomático no dice nada más acerca de la lectura del proceso, que había llenado ocho horas y media. Al fin de la reunión hizo el Papa traer el birrete rojo de Petrucci y ponerlo en la mesa que estaba delante de él, y dijo: «Esto es lo que se ha jugado; estaba resuelto a los medios más extremos» [136].

Es indudable que León X creyó, que realmente se había tramado una conjuración y se había amenazado a su vida; y por mucho tiempo no se atrevió absolutamente a salir de su palacio, vigilado por una fuerte guardia; y cuando finalmente, contra la general expectación, se presentó en las vísperas de la vigilia de la fiesta de San Pedro y San Pablo en la basílica vaticana, iba rodeado de hombres de armas; y asimismo todas las calles de los alrededores de la iglesia, estaban guarnecidas con tropas [137]. A 27 de Junio fueron ahorcados, y luego descuartizados, Bautista da Vercelli y Marco Antonio Nino. Conforme a las duras leyes penales de aquella época, a ambos se los atormentó terriblemente durante todo el trayecto hasta la plaza donde debían ser ejecutados, delante del castillo de Sant-Ángelo [138]; y esta crueldad infundió general temor. Con grande expectación aguardaba toda Roma la última sentencia contra los cardenales encarcelados. Que la suerte de Petrucci estaba resuelta, se pretendía colegirlo del hecho de haberse ya repartido sus beneficios. Por el contrario, parecía haber esperanzas de que los otros cardenales fueran perdonados [139]. Como, desgraciadamente, no nos queda de las actas del proceso [140], más que el breve extracto del embajador veneciano, es difícil, y casi imposible, determinar ahora con certidumbre el grado de culpabilidad, y los móviles de cada uno en particular. Por el contrario, es indudable que habían andado de hecho en traicioneras negociaciones con Francisco María della Róvere, y se había formado el plan de envenenar a León X [141].

El más culpado, y cabeza de toda la conjuración, era sin duda alguna Petrucci, cuyas criminales maquinaciones con Bautista da Vercelli se habían puesto en evidencia. La sentencia de muerte contra él se ejecutó, pues, inmediatamente; pero discrepan, no obstante, las noticias, acerca de la forma de su ejecución: si fue estrangulado o decapitado [142]. También se contradicen las noticias acerca de si aquel infeliz, que sólo tenía 27 años, y había vivido hasta entonces entregado solamente a los livianos deleites [143], se reconcilió con Dios antes de su muerte [144].

En lo que toca a los cardenales Sauli, Riario, Soderini y Adriano Castellesi, era innegable que habían dado más o menos oídos a los criminales y amenazadores discursos de Petrucci; pero hasta qué punto, en particular, hubieran entrado ellos mismos en su proyecto, no puede determinarse con absoluta certidumbre, en vista de los materiales que poseemos. El historiador Paulo Giovio, muy bien enterado las más de las veces, nota lo siguiente: «Aun cuando los mencionados no confiaron al inconstante y liviano Petrucci la ejecución del plan criminal contra León X, le espolearon, sin embargo, a ello, por medio de pullas y burlas; y en su interior deseaban aquellos hombres consumidos de odio y ambición, que el loco Petrucci quitara de en medio al Papa con el veneno o la violencia», También por otras fuentes parece innegable que, por lo menos Sauli y Riario, tuvieron conocimiento por menor del plan homicida: su crimen consistía, pues, en no haber dado noticia de las vengativas amenazas y maquinaciones de Petrucci, que les eran conocidas y tenían obligación de delatar.

Por lo que particularmente a Adriano Castellesi se refiere, Giovio limita su acusación, a que deseaba la muerte de León X, no inspirado, como los otros, por odios y malos sentimientos, sino sólo por ambición de obtener la tiara. La ambición y el odio a los florentinos, omnipotentes en la Curia, fueron también los propios motivos que empujaron a Riario. Soderini no podía olvidar el destierro de Florencia de su hermano Pedro, por más que cabalmente León X había invitado al desterrado ir a Roma, y le había vuelto a poner en posesión de sus bienes [145], Después de Petrucci era Sauli el más gravemente inculpado, por cartas en extremo comprometedoras [146]. Qué fuera precisamente, lo que le determinó a meterse en tan criminales manejos, no está bastantemente aclarado. Pocos cardenales habían obtenido tantas ventajas y recibido tantos beneficios de León X, como él; y la negra ingratitud con que Sauli había correspondido, causaba al Papa particular dolor. «Todavía en estos últimos tres meses, decía León X al embajador veneciano, hemos otorgado a Sauli beneficios por valor de 6,000 ducados» [147]. En la corte pontificia se pensaba, en general, que precisamente las distinciones y el trato confiado de León X con Sauli, había hecho subir hasta un grado intolerable la arrogancia y orgullo de éste, y que se había querido vengar, porque el Papa había concedido el obispado de Marsella, no a él sino a Julio de Médici [148].

Así en favor de Sauli como de Riario, se acudió al Papa con calurosas intercesiones. Por el primero, intercedieron Génova, el cardenal Cibo, y ante todo, el monarca francés [149].

También por Riario se interesaron muchos, entre ellos el embajador de Venecia; y sus parientes llegaron hasta escribir por esta causa a Enrique VIII de Inglaterra [150]. Hízose valer en defensa de Riario, que toda su culpabilidad había consistido en no descubrir al Papa los comprometedores discursos de Petrucci, que le eran conocidos. Pero es con todo innegable, que alimentó esperanzas de obtener la tiara, y que sus confiadas relaciones con Francisco María della Róvere le condujeron a aliarse con el mortal enemigo del Papa [151].

Motivos particulares determinaron, a pesar de esto, la resolución de hacer gracia y restituir a Riario, bien que imponiéndole para ello las más onerosas condiciones [152]; pues se le exigió que reconociera expresamente, haber sido depuesto con justicia y deber su restitución puramente a la gracia de Su Santidad; había de prometer ser en adelante un fiel servidor del Papa, y abstenerse de toda hostilidad contra él o su familia; así como no tratar en lo futuro, con príncipes o cardenales, de otra cosa que de sus intereses privados. Como pena debía pagar, en tres plazos, la enorme suma de 150,000 ducados. El primer plazo de 50,000 ducados debía comprometerse a adelantarlo Agustín Chigi, y para el pago (puntual de los otros dos plazos, en la Navidad y la Pascua del año siguiente, habían de dar la más cumplida fianza otros banqueros y empleados curiales sus amigos. Asimismo se exigió otra caución de 150,000 ducados, para asegurar el exacto cumplimiento de todas las obligaciones de sumisión y fidelidad, principalmente la de que Riario nunca se apartaría del lugar que se le señalara para su residencia, sin permiso escrito del Papa. Fuera de esto, los doce cardenales que habían tomado parte en la destitución de Riario, y asimismo el cardenal Leonardo Grosso della Róvere, debían obligarse expresamente a mantener a Riario en el cumplimiento de sus promesas, y a considerarle, en caso contrario, como perpetuamente depuesto. Finalmente, esta misma seguridad debía añadirse por parte de los embajadores del Emperador, de los reyes de Francia, España, Inglaterra y Portugal, y de la República de Venecia, y los Príncipes respectivos debían ratificar dicha seguridad en el término de cuatro meses, obligándose además, a no interponer en adelante con el Papa nuevas intercesiones en favor de Riario.

En 17 de Julio prometió Riario, en la sala grande del castillo de Sant-Ángelo, en presencia del Procurador fiscal Mario de Perusco, querer cumplir con la mayor exactitud todas aquellas condiciones. A 23 de Julio se obligaron también los más próximos parientes de Riario a pagar una multa convencional de 75,000 ducados, en caso que Riario se alejara del Vaticano sin expreso permiso del Papa [153]. El mismo día prometió Agustín Chigi el pago de los 50,000 ducados [154]; después de lo cual, dispuso el Papa, en el consistorio de 24 de Julio, que Riario debía ser repuesto de nuevo en todas sus dignidades, a excepción del título de San Lorenzo in Dámaso, y sin gozar de voz activa ni pasiva [155].

La noticia de la próxima liberación de Riario, que era generalmente amado, y tenía gran prestigio en toda Roma, se esparció por la Ciudad con la mayor rapidez, y cuando el maestro de ceremonias Paris de Grassis se dirigió al castillo de Sant-Ángelo para anunciar al preso la recuperación de su libertad, las calles estaban llenas de jubilosa muchedumbre. Riario fue conducido al Vaticano por el pasadizo cubierto, en el cual le salió al encuentro el cardenal Julio de Médici. Una vez allí, prestó, sobre los Evangelios, en la habitación del cardenal Trivulzio, el juramento que se le exigía; y luego Paris de Grassis le condujo al Papa, en derredor del cual estaban todos los cardenales. Riario besó el pie de León X, después de lo cual el Papa le tendió amigablemente la mano y le abrazó. Al comenzar su discurso, principió Riario por excusarse de que, no hallándose preparado, no podía pronunciar una oración; y luego, con las más enérgicas expresiones, confesó su culpa, por la cual, no sólo había merecido la deposición, sino también la muerte. Elogió la misericordia del Papa, que no le dejaba ningún otro castigo que temer en adelante, por lo cual podía hacer tranquilamente su confesión: «Pequé, y pequé más de lo que se expresa en mi confesión judicial». «Venerable señor, le replicó el Papa, lo que hemos hecho en vuestra causa, hicímoslo conforme a nuestro deber y para conservar la honra de la Sede Apostólica. Así que, ahora os perdonamos por amor de Cristo y os restituimos en vuestra anterior posición; todo lo acaecido debe por una y otra parte entregarse al olvido» [156].

No es difícil comprender la causa que movió al Papa a la restitución de Riario. Este había estado largo tiempo revestido de la dignidad de Camarero de la Iglesia Romana y Decano del Sacro Colegio, del cual era miembro hacia casi cuarenta años. Por sus riquezas y liberalidad, pertenecía al número de los personajes más prestigiosos, influyentes y queridos de Roma; y el negar el perdón a un hombre de tales cualidades, hubiera acarreado al Papa una enorme mole de odios, así en los altos círculos como en los bajos. Con ello se hubiera expuesto también a la sospecha de que se dejaba guiar por deseos de privada venganza; pues Riario había sido en otro tiempo testigo de la conjuración de los Pazzi, en la cual el padre de León X fue herido, y su tío Juliano muerto. Aunque de todo punto inocente, había sido entonces el cardenal Riario puesto en prisión por los Médici, y no se le había restituido la libertad sino en vista del enérgico proceder de Sixto IV [157]. Todas estas cosas estaban todavía a la sazón tan frescas en la memoria de todos, que si se hubiera procedido con rigor contra Riario, aun entre los partidarios de León X se hubiera despertado la sospecha, que tomaba ahora venganza de los acontecimientos de entonces [158]. Ni el júbilo con que saludaron la absolución de Riario los romanos y otros numerosos partidarios del dadivoso cardenal [159], ni los favores que el Papa le dispensó en el tiempo siguiente [160], ni siquiera su completa restitución ordenada más adelante, devolviéndole el derecho de voz activa y pasiva [161]; fueron suficientes para que dejara Riario de entender, que su papel en la Curia había terminado. A fines del año de 1520, solicitó el permiso de poderse retirar a Nápoles [162], el cual le fue concedido; pero las encantadoras bellezas naturales de su nueva mansión, no pudieron consolar a Riario de la posición que había perdido en la Capital del mundo; y aquel hombre, que tanto gozó en otro tiempo de la vida, y había habitado con regia magnificencia en el más hermoso palacio de Roma, tornóse melancólico y murió luego a 7 de Julio de 1521, a la edad de 61 años [163]. Sus restos fueron conducidos a Roma, y colocados en una sepultura por extremo sencilla en los Santos Apóstoles [164]. No necesitó ningún particular mausoleo; pues su magnífico palacio, la llamada Cancelaría, que tuvo que dejar a la Cámara apostólica, mantendrá viva, hasta los tiempos más apartados, la memoria de aquel varón infortunado.

Pocos días después de la restitución de Riario, verificóse también, con inesperada rapidez, la de Sauli, el cual hubo de pagar como multa 25 000 ducados [165]. Cuando el Papa se dirigió al consistorio a 31 de Julio, dio a Paris de Grassis orden de ir a sacar a Sauli del castillo de Sant-Ángelo, y en señal de la verdad de ser ésta resolución pontificia, debía mostrar al alcalde de la fortaleza el anillo de diamantes del Papa. «Cuando esto oí, refiere Paris de Grassis, me quedé por extremo asombrado; pues todavía pocos días antes, me había dicho el Papa que quería castigar a Sauli como enemigo suyo.» Sauli no pudo, sin embargo, presentarse como Riario con la cappa, sino como un simple sacerdote, y tuvo que obligarse también, en primer lugar, a permanecer en palacio y confesar su delito en consistorio. Conforme a esto, declaró que había a conspirado contra el Papa con Francisco María della Róvere, y que hasta había llegado a querer envenenarle, secundando el plan de Petrucci; humildemente pidió perdón y absolución de sus crímenes, y prometió ser en el futuro el más leal servidor de Su Santidad. León X respondió brevemente y con excitación: «Que deseaba que sus pensamientos estuvieran de acuerdo con sus palabras; pero temía que había de recaer de nuevo en los antiguos pecados.» Habiendo Sauli pedido otra vez gracia y prometido fidelidad, se le repuso de nuevo en su dignidad de cardenal, aunque sin voz activa ni pasiva; y se le restituyeron sus beneficios en cuanto no habían ya sido otorgados a otros [166]. Profundamente humillado, llevó Sauli una vida tan falta de alegría como Riario, vivió totalmente retirado, y murió luego a 29 de Marzo del año siguiente. León X le hizo enterrar con todos los honores, en Santa Sabina [167].

El cardenal Soderini, por quien se interesaba Francisco I, habíase dirigido entretanto, con permiso del Papa, desde Palestrina a Fondi [168], donde tenía una posesión rural; obligándosele a prometer que no saldría del reino de Nápoles. Pero el Papa no se fiaba enteramente de él, y con razón; de manera que, hasta después de la muerte de León X, no pudo Soderini regresar a Roma [169].

El cardenal Adriano Castellesi, halló un asilo en Venecia, a donde llegó a 13 de Julio. Lo precipitado de su fuga ofreció a Wolsey favorable coyuntura para perderle. Hubiera sido posible una inteligencia con León X, cerca del cual se interponían súplicas de las más diferentes partes en favor de Adriano; pero esta inteligencia no era posible con Wolsey, que por todos caminos procuraba obtener las prebendas del desgraciado [170]. León X se resistió largo tiempo, a pesar de los apremios de Inglaterra; pero como Adriano, no obstante las más cumplidas garantías, se negara a volver a Roma [171], su suerte quedó decidida: a 5 de Julio de 1518, fue depuesto de todas sus dignidades, por la participación que había tenido en las maquinaciones de Petrucci y de Francisco María della Róvere, y por su negativa de regresar a Roma [172]. En esta rigorosa sentencia influyó, en primer término, de una manera decisiva, la consideración a Inglaterra; pero también se sabe que León X temía aún entonces la alianza de Adriano con Soderini, y otras conspiraciones [173]. A la verdad, Adriano no pensaba a la sazón en semejante cosa, y vivía tranquilamente ocupado en eruditos estudios, en el palacio Cà Bernardo, de su amigo Jácome da Pesaro, situado junto al Canal Grande, hasta que la muerte de León X le obligó a dirigirse al conclave. En este viaje a Roma, desapareció el infeliz sin dejar rastro, y parece debió morir a manos de un sirviente [174].

A la vista de los acontecimientos que habían seguido a la conjuración del cardenal Petrucci, reinaba en Roma una desacostumbrada excitación; de suerte que no es de maravillar se relacionara también con el atentado a otros cardenales, además de los mencionados, como por ejemplo, a Luis d‘Aragona y Cornaro; pero, sin embargo, injustamente, según se demostró [175].

Ya muy pronto, a 23 de Mayo de 1517, corrió la noticia de que León X pensaba nombrar no menos que 12 nuevos cardenales [176]; a 5 de Junio el Papa anunció oficialmente en el consistorio, su designio de proceder a una gran promoción [177]. En realidad, se imponía una gran renovación del Sacro Colegio; pues los últimos acaecimientos habían demostrado suficientemente, a qué extremo debía conducir el completo aseglaramiento del Supremo Senado de la Iglesia, comenzado desde

Sixto IV [178]. Había llegado el momento en que se hacía de necesidad imprescindible una reforma radical; pero la manera como procedió en esto León X, mostró con la mayor elocuencia, que ni aun entonces había reconocido toda la gravedad de la situación; pues en lugar de otorgar solamente la púrpura, con rigorosa selección, a varones de todo punto irreprensibles; no pocos fueron nombrados sin otra causa que haber aprontado las elevadas sumas de dinero que exigían las costas de la guerra de Urbino, de día en día más intolerable [179].

Cuando llegó a Alemania la noticia de tan repugnantes acaecimientos, la oposición se apoderó en seguida, como es fácil comprender, de todo este asunto. Pronto se representaron como injustos los castigos impuestos a los culpables, y se pretendió que todo el proceso, no había sido más que una especulación pecuniaria [180]. Pero no sólo entre los alemanes se levantaron voces de vituperio [181]; en Sena, Venecia, Milán, y aun en la misma Roma, no faltaron más duras acusaciones [182]. El canónigo Segismundo Tizio, que por lo demás, estaba por diferentes motivos agriamente irritado contra los Médici, escribía entonces:

«¿De qué aprovechan las leyes canónicas establecidas por santos Pontífices, las cuales prohíben a los sacerdotes teñir sus manos en sangre; cuando los papas y los cardenales se han convertido en anticristos y tiranos?» [183]

Sin cuidarse de todas estas circunstancias, aprovechó León X la ocasión del proceso, para someterse todo el Colegio cardenalicio por medio de un gran nombramiento de cardenales y procurarse al propio tiempo dinero para la guerra de Urbino. Tomando en consideración de la manera más cumplida lo deseos de los príncipes seculares, se quebrantó la resistencia que en el asunto de Urbino oponían. Mas aun cuando el colegio cardenalicio estaba no poco intimidado por los últimos acontecimientos, no dejó de costar mucho trabajo obtener su asentimiento para la creación en masa que se proyectaba, la cual no había tenido semejante [184], y excitaba en muchos grande escándalo [185].

El 26 de Junio se llegó, en un consistorio, a las más vivas discusiones. Los congregados no querían dar su aquiescencia para el nombramiento de 27 cardenales, sino con la condición de que sólo 15 o 16 de ellos serían publicados por de pronto. Pero cuando se trató de la elección de los candidatos, se manifestó tal diversidad de pareceres, que fue necesario diferir la resolución del asunto para el próximo consistorio [186].

Mas ante la resuelta voluntad del Papa, los cardenales renunciaron a su resistencia más pronto de lo que se hubiera podido esperar, y ya a 1 de Julio pudo procederse a aquel nombramiento. En vez de 27 fueron 31 los que entonces recibieron la púrpura, y el Sacro Colegio dio su voto por miedo, no con libre voluntad [187].

El número extraordinariamente grande de los nombrados, cuya publicación se verificó en un consistorio público de 3 de Julio [188], hizo necesaria la creación de nuevos títulos  cardenalicios [189]. Ya a 10 de Julio pudo comunicar el Papa, que todos los cardenales antiguos habían consentido en que se suprimiera aquel artículo de la capitulación de su elección, que fijaba en 24 el número total de los miembros del Sacro Colegio [190].

Los nuevos cardenales eran personas de las más diversas cualidades, con cuya elección había tratado el papa de conseguir varios fines al mismo tiempo [191]. En algunos, como Luis de Borbón, hermano del condestable, el infante portugués Alfonso, el español Guillermo Raimundo de Vich, y el veneciano Francisco Pisani, habían sido las recomendaciones políticas el motivo de la elección. En otros habían influído, junto con sus antiguas relaciones con los Médici, las grandes sumas de dinero que pagaron al Papa [192], y así pudo suceder que obtuvieran la púrpura hombres como Ponzetti, Armellini y Passerini.

Fernarndo Ponzetti había nacido en Nápoles; pero su familia procedía de Florencia. Su figura es familiar a los inteligentes en materia de arte, por el fresco del altar de la capilla de Santa Brígida en Santa Maria della Pace, en el cual Baltasar Peruzzi le representó de rodillas delante de la Virgen. Ponzetti había hecho su fortuna como médico de Inocencio VIII, y había obtenido desde entonces empleos curiales cada vez más elevados. León X le había nombrado, a 23 de Octubre de 1513, su Tesorero; y finalmente, a los 80 años de edad, obtenía la púrpura. Ponzetti era, no sólo un médico eminente, sino también bastante versado en la literatura clásica, en la Filosofía y Teología; tenía muy fácil palabra [193], y se empleó en escribir sobre varios asuntos. Mas todas estas buenas cualidades suyas, quedaban obscurecidas por su sórdida avaricia [194]. Por su nombramiento parece haber pagado 30,000 ducados.

Todavía era mucho peor la fama de Francisco Armellini, el cual nació en Perusa, hijo de un pobre comerciante, y se hizo indispensable al Papa por su penetración y talento para hallar nuevas fuentes de ingresos; pero por lo demás, era generalmente aborrecido [195]. No era mucho mejor Silvio Passerini de Cortona. Este hombre, dotado de muchos conocimientos [196], pero extravagante, Datario desde 1514 [197], sirvió a los Médici con la mayor lealtad, en los más diversos negocios; por lo cual, no le fue difícil obtener una tras otra muestra de favor. El catálogo de las gracias otorgadas a Silvio Passerini, cuya noticia se halla, acerca de pocos años, en los Regesta de León X, es verdaderamente estupendo: entre todos los cazadores de prebendas de la Curia de León X, pertenece sin duda a Passerini el primer lugar [198].

En el nombramiento de Juan Salviati, Nicolao Ridolfi y Luis de Rossi [199], la razón decisiva fue el parentesco con el Papa; y asimismo debieron la púrpura a relaciones personales, el joven Hércules Rangone, dotado de grandes aptitudes musicales [200], Bonifacio Ferreri y Rafael Petrucci. Este último, poseedor por entonces del gobierno de Sena, llevaba una vida de todo punto mundana y era especialmente aborrecido por su codicia. Por el contrario, los dos anteriores pasaban por varones excelentes.

Fue cosa extraordinariamente rara en la historia del Sacro Colegio, la simultánea elevación al cardenalato de dos miembros de una misma familia; Scaramuccia Trivulzio, que había tenido gran parte en el buen éxito del Concilio Lateranense, y su instruidísimo sobrino Agustín. Todavía excitó mayor admiración el nombramiento de siete miembros de las más distinguidas familias romanas, sin distinción de partidos; con el cual rompió León X con la prudente política de sus predecesores, que habían procurado mantener apartadas de la Corte las fracciones que dividían la Ciudad; pero los romanos se regocijaron, y celebraron jubilosas fiestas por el encumbramiento de sus conciudadanos [201]. Franciotto Orsini y Pompeyo Colonna, carecían enteramente de cualidades que los hiciesen a propósito para tan alta dignidad, pues tenían más de condottieri que de príncipes de la Iglesia; y asimismo Francisco Conti llevaba una vida poco eclesiástica. Por el contrario, de los otros cuatro casi no puede decirse más que bien. Alejandro Cesarini se distinguía por su exquisita formación, Andrés della Valle por su gran prudencia, Pablo Emilio Cesi y Domenico Jacobazzi [202] por su extensa erudición.

Eran excelentes varones y de grandes merecimientos, el romano Domenico de Cupis, el fiorentino Nicolao Pandolfini, el sienés Juan Piccolomini [203], el genovés Juan Bautista Pallavicini, y Lorenzo Campeggio, que procedía de una familia de Bolonia [204]. Finalmente, era varón erudito y hábil, al propio tiempo que dechado de una vida genuinamente sacerdotal, Adriano de Utrech, natural de los Países Bajos, a quien había recomendado Carlos V; y seguíanle dignamente los Generales de los Dominicos, de los Franciscanos Observantes y de los Ermitaños de San Agustín, que obtuvieron asimismo el cardenalato a 1 de Julio de 1317 [205]. Es difícil determinar a cuál de estos religiosos varones haya de concederse la preferencia.

Del sapientísimo General de los Dominicos, Tomás de Vio (Cayetano), habremos de hablar repetidas veces en adelante [206]. Cristóbal Numai, oriundo de Forlì, había vestido muy joven el hábito de San Francisco, y alcanzado en París el grado de doctor en Teología; y pocos días antes, la confianza de sus hermanos de religión le habían colocado a la cabeza de una de las Ordenes más extendidas. El nombramiento de cardenal le sorprendió enteramente; el maestro de ceremonias Paris de Grassis refiere, de qué manera el modesto religioso se negó al principio en absoluto a dar crédito a la noticia de su elevación, de suerte que hubieron de enviarle varios mensajeros para hacerle acudir; y cuando finalmente se presentó en el Vaticano con su raído hábito religioso, excitó allí la admiración de la antecámara por su completo desconocimiento de las formas del trato cortesano. «Finalmente le conduje, sigue narrando Paris de Grassis, a la presencia del Papa, que ya había salido del consistorio; y el Pontífice le abrazó y le saludó como cardenal» [207].

No menos sorpresa produjo la nueva dignidad al General de los Eremitas agustinianos Egidio Canisio [208], más conocido bajo el nombre de Egidio de Viterbo [209]. Si alguien merecía el rojo capelo era sin duda alguna este varón extraordinario, que juntaba la formación clásica y la erudición más extensa, con profunda piedad y gran práctica de los negocios.

Egidio Canisio tenía una variedad de conocimientos y capacidad de ingenio que asombra; pues no sólo se distinguía como poeta y orador, filósofo y teólogo, sino también como historiador y conocedor eminente de las lenguas orientales. Es casi un enigma de qué manera, con tan grandes ocupaciones intelectuales, pudiera hallar todavía tiempo para desplegar una actividad tan extensa como beneficiosa, como orador y reformador de su Orden; a lo cual todavía se agregaron varias difíciles misiones diplomáticas que le cometió la confianza de Julio II y de León X [210]. Desde la clásica oración con que, en la apertura del Concilio de Letrán, exhortó Egidio a la reforma de la Iglesia [211], su nombre quedó convertido en un verdadero programa. El haber llamado a tan eximio varón al Senado de la Iglesia, es cosa que honra grandemente a León X, quien con esto fomentó, no menos la causa de la ciencia, que la de la verdadera reforma.

Si echamos una mirada de conjunto al nombramiento de cardenales de 1 de Julio de 1517, habremos de confesar que, aun cuando en ninguna manera todos, sin embargo, muchos de los nuevos cardenales fueron varones hábiles, dignos y muy beneméritos de la Iglesia, con los cuales volvieron a introducirse por primera vez, después de mucho tiempo, en el Sacro Colegio, elementos de regeneración [212]. Desde este punto de vista, así como por la consideración que se tuvo a las diferentes nacionalidades [213], demuestra esta creación de cardenales una resuelta mudanza en mejor sentido. Mas también en otro respecto señala una importante etapa; pues, no sólo se puso entonces coto, hasta cierto punto, al aseglaramiento del Sacro Colegio, sino establecióse también definitivamente la supremacía de la autoridad pontificia sobre el poder de los cardenales.

Desde mediados del siglo XIV, los conatos de éstos habían ido enderezados a reducir en favor suyo la potestad pontificia y ponerle limitaciones [214]; pero, a pesar de todas las capitulaciones electorales, había el Pontificado conservado la plenitud de potestad que legítimamente le competía. Todos los conatos dirigidos a sujetar al Papa al voto del Colegio cardenalicio, habían fracasado; y el último enérgico intento por parte de los cardenales, o sea, el conciliábulo de Pisa, vino a producir lo contrario de lo que se habían propuesto sus promovedores. Los cardenales cismáticos fueron obligados a abjurar las resoluciones de Pisa, y en la XI sesión del Concilio de Letrán, de 19 de Diciembre de 1516, la bula redactada acerca de la supresión de la Pragmática Sanción, declaró: que sólo el Papa tiene el derecho y la facultad de convocar los concilios, de trasladarlos y disolverlos. La conjuración de Petrucci, por su parte, condujo a la más numerosa promoción de cardenales de que hacen memoria los anales de la Iglesia; y desde entonces quedó de nuevo tan firmemente establecida la plenitud de la potestad pontificia, que los cardenales, en tiempo del segundo sucesor de León X, no volvieron a aventurar ningún intento de oposición, «aun en los días de la más profunda desventura y más violenta lucha de los partidos» [215].

Durante todos estos acontecimientos, había continuado la guerra de Urbino, haciendo sentir sus perjuicios aun en las provincias vecinas, así en Toscana como en una parte de los Estados de la Iglesia; en el Vaticano alternaban el temor y la esperanza; trazábanse los más diversos planes; pero, como escribe un embajador, todos ellos se desvanecían como el humo [216]. Apenas había alguna ciudad en el Estado de la Iglesia donde no se manifestara a la sazón una efervescencia peligrosa [217], y por algún tiempo estuvieron seriamente amenazadas Sena, Perusa y Città di Castello [218]. En Junio llegó el Papa a temer que el enemigo se presentase delante de Roma; apresuradamente se alistaron tropas en la Ciudad, y se proveyó el Vaticano y sus alrededores de una guardia particular [219]. Incesantemente se enviaban hacia todas partes apremiantes peticiones de auxilio y apoyo, especialmente a Suiza [220].

De que se prolongara tanto la guerra, con sus enormes gastos [221], no era la causa menor la actitud de las grandes Potencias, que creían conveniente a sus intereses conservar al Papa en sus apuros y necesitado de socorro; y el mismo Francisco María reveló finalmente la verdadera situación de las cosas, declarando públicamente, cuando ya todo estaba perdido, que Francisco I y Carlos V, no solamente le habían favorecido, sino además le habían estimulado a acometer aquella empresa [222]. Conforme a esto, los auxilios que ambos soberanos ofrecieron a porfía, no fueron más que aparentes; venían tropas, pero no prestaban ninguna ayuda; los lamentos del Papa, por muy vivos que fueran, quedaban sin fruto [223].

De una manera semejante a los príncipes, se portaban también los capitanes de mercenarios; los cuales, para aumentar su ganancia y sacar al Papa la mayor cantidad posible de dinero, consideraban como su principal incumbencia no apretar demasiado al enemigo y dilatar por mucho tiempo la guerra [224].

Ya en Febrero dc 1517 se había dirigido León X a Inglaterra, para obtener de allí dinero para los gastos abrumadores de la guerra; pero Enrique VIII se negó a dar socorro alguno, antes de que el Papa se hubiese adherido a su Liga. Entonces dirigió León X sus miradas a Francia; mas Francisco I le exigía seguridades en favor de su protegido el duque de Ferrara, y que se restituyeran a éste Módena y Reggio. Después de largas negociaciones, otorgó el Papa aquella exigencia [225]; pero el breve expedido con tal ocasión, contenta precauciones que Francisco I se negó a admitir. Entretanto crecía en Roma la necesidad de dinero hasta un grado sumo, de suerte que León X se declaró finalmente dispuesto a adherirse a la Liga de los ingleses. Sobre esto le envió Enrique VIII, a fines de Mayo, 50,000 ducados de socorro. El plenipotenciario pontificio en Londres dio, a principios de Julio, un escrito en que se declaraba la adhesión del Papa a la Liga, pero León X ni aun entonces se atrevió, por temor Francia, a dar el paso decisivo. Finalmente, cedió, sin embargo a 11 de Agosto, y redactó el breve por el que se ratificaba la Liga anglo-imperial-española. Entonces recibió 100,000 ducados de socorro, a cambio de los cuales concedió, a 24 de Agosto, la imposición de un diezmo al clero inglés [226].

León X se certificó por tantas partes de los secretos apoyos que los franceses prestaban a Francisco María della Róvere, que no pudo ya seguir dudando de la verdad [227]; la tirantez de relaciones con Francisco I se aumentó de día en día, y fue sacrificado a aquellas circunstancias el por tantos años nuncio, Canossa, de quien León X ya no se fiaba, porque había alcanzado demasiado grande privanza en la Corte francesa. Diósele por sucesor al obispo de Sebénico, Juan Staffileo, el cual llegó a la Corte de Francisco I a mediados de Septiembre de 1517 [228].

Por aquel tiempo se terminó, finalmente, la guerra acerca de Urbino, después de haber durado ocho meses enteros. España y Francia, las dos Potencias que rivalizaban entonces en Italia, y cuyos celos eran a la sazón especialmente vivos [229], tomaron a su cargo la mediación. León X, a quien asistían buenas razones para desconfiar de ambos [230], tuvo que obligarse a pagar al ejército de Francisco María todos los sueldos atrasados, que ascendían a la suma de más de 100,000 escudos, y conceder una amnistía general. Francisco María fue absuelto de todas las censuras eclesiásticas contra él fulminadas, obtuvo el permiso de retirarse a Mantua, llevándose su artillería y la famosa biblioteca fundada por Federico de Montefeltre [231]. Antes de partirse, consoló a sus súbditos haciéndoles esperar que vendrían tiempos mejores; pues Francisco I le había prometido que, en una sede vacante, o si llegaba a un rompimiento con León X, le ayudaría a recobrar su Ducado [232]. En el fondo era, pues, una incierta ganancia [233] la que obtenía Lorenzo con el Ducado de Urbino; sólo había conseguido una tregua que debía durar, es verdad, hasta la muerte del Papa; pero, ¡a costa de cuán grandes sacrificios!

Guicciardini calcula los gastos de la guerra, por parte de León, en la suma, para aquellos tiempos enorme, de 800,000 ducados; y con este cómputo concuerdan las indicaciones hechas por el Papa al embajador de Venecia, y a los suizos [234]. Mas aun cuando este cálculo sea, por ventura, exagerado [235], los gastos de la guerra fueron seguramente tan excesivamente grandes, que desde entonces comenzó la completa perturbación de la hacienda pontificia [236]. No menos perniciosa resultó aquella guerra, por la circunstancia de haber fomentado la existencia de bandidos en el Estado de la Iglesia [237]. Pero todavía fue más grave que estos males, la pérdida de fuerza moral [238] que padeció con esto la Santa Sede, habiendo entrado de nuevo su poseedor en el pernicioso camino de Alejandro VI, por más que Julio II había dado tan hermoso ejemplo en contra, y la situación tan apurada de la Iglesia y del mundo requería verdaderamente algo muy diverso que el sostener una guerra semejante. Principalmente fue perjudicial el efecto de la guerra acerca de Urbino para los planes pontificios de la cruzada, que por aquella causa quedaron por algún tiempo casi totalmente olvidados.

 

Notas

[1]  Ugolini, II, 197. Marcucci, Francesco Maria I della Róvere, I, 27 s.

[2]  Cf. Manoscr. Torrig., XIX, 244.

[3]  Guicciardini, XII, 6. Balan, V, 505 s.

[4]  Luzio-Renier, Mantova, 217.

[5]  Relación de G. Caprile al cardenal Hipólito d‘ Este de 1 de Enero de 1516, en Balan, V, 512.

[6]  V. la relación de B. Costabili en Balan, Boschetti, I, 72. Guicciardini, XII, 6. Vettori, 315. Cf. Madelin, 93.

[7]  Jovius (Vita 1.3 Elogia, 322), Guicciardini (XII, 6) y Vettori (321) están concordes en que Alfonsina Orsini fue quien indujo al papa a la empresa contra Urbino. Cf. también la carta citada por Nitti (71), de Alfonsina a Lorenzo, fechada a 3 de Noviembre de 1513, en la que se lee: La mira mia è in su Urbino, y Luzio-Renier, Mantova, 223, n. 4.

[8]  Cf. Nitti, 75 s.

[9]  Guicciardini, XII, 6. Sanuto, XXI, 510.

[10]  Por efecto de lo cual intercedió el duque Carlos de Borbón por Francisco María, pero inútilmente. V. una *copia del breve a Carlos de Borbón, fechado en Florencia a 9 de Febrero de 1516. Archivo Gonzaga de Mantua. Cf. Arm. LXIV, t. 5, n. 85. Archivo secreto pontificio.

[11]  Sanuto, XXI, 496. Guicciardini, XII, 6. Vettori, 319. Cf. Balan, V, 513-514 y R. Boschetti, I, 98-99, como también la citación del apéndice n. 16. Archivo secreto pontificio.

[12]  Que esta impresión era ya la de los contemporáneos, fuera de Jovius, Vita 1. 3, lo muestra también, entre otros, el * Diario de Cornelius de Fine. Biblioteca nacional de París.

[13]  Cf. la narración puntualizada de la duquesa misma en Luzio-Renier, Mantova, 229. V. también, además de Balan, V, 513, y R. Boschetti, I, 97, las ** Cartas de Isabel Gonzaga a Francisco María, fechadas en Roma a 18 y 20 de Abril de 1516, como también una * carta de Castiglione, fechada en Roma a 18 de Abril de 1516. Biblioteca de Mantua.

[14]  V. las relaciones de Caprile de 3 y 11 de Marzo de 1516 en Balan, Boschetti, I, 97-98.

[15]  Sanuto, XXII, 51. Según esta relación, se debe admitir que la Bula ya se había publicado en aquella sazón, por tanto antes de cumplirse el plazo. Con todo, un proceder tan inusitado necesita de mayor confirmación.

[16]  Cambi, XXII, 93. Landucci, 362, Sanuto, XXII, 51, 55, 56, 79. Manoscr. Torrig., XX, 29. Bibbiena se halló presente a la muerte. Bembo le dio el pésame por si mismo, v. Bembo, Lettere, I, 25 s. La carta, en la que Bibbiena anunció a la marquesa de Mantua la muerte de Julián, se halla en Reumont-Baschet, 249. Cf. también Cian, Musa Medicea, 8-9, y Fester, Machiavelli, 114.

[17]  Jovius, Vita Leonis X, 1. 3. Julián dejó un hijo natural, llamado Hipólito, nacido en Urbino en 1511, el cual más tarde, siendo cardenal, fue generoso Mecenas de los sabios. Roscoe-Bossi, V, 160. Aquí también se halla una canción de Ariosto a la muerte de Julián.

[18]  Cf. sin embargo arriba p. 105-106 sobre la disolución de costumbres de Julián.

[19] Esto lo advierte muy justamente Roscoe-Bossi, VI, 28-29.

[20] Guicciardini, XII, 6. Alberto Pío de Carpi, en cartas de 10 y 11 de Enero de 1516 aconsejó con mucha instancia al Papa semejante reducción de los Estados de la Iglesia. V. Mem. stor. di Carpi, I, 215; II, 339 s., y Semper, Carpi, 11. León X tomó por pretexto la campaña del ejército del emperador para aplazar el cumplimiento de su promesa. V. Balan, V, 511.

[21] V. Ulmann, II, 669 s.; Huber, III, 406 s.

[22] Guicciardini XII, 6. Sobre el envío de Bibbiena, que se ordenó a principios de Marzo, v. Sanuto XXII, 39, 56, 79, 97, 100 y Manoscr. Torrig. ed. Guasti XX, 28. Cf. Pieper 52 not. El documento, por el cual Bibbiena fue enviado a Maximiliano I como legatus de latere, está fechado «Id. Mart. 1516», esto es, a 15 de Marzo de 1516. Regest. 1194, f. 199; cf. 1196, f. 55 (Anno tertio) en el Archivo secreto pontificio.

[23]  Cf. la importante * Carta del cardenal Médici a Lorenzo de Médici, escrita toda de su mano y fechada en Roma a 3 de Marzo de 1516, en la cual se lee: Pensa anchor S. Sta stare a vedere più che potra et se Francia non rovina subito porgerli aiuto per lo obligo suo di qualche cent° de huomini d‘ arme diche li altri havendo aiutato anchor loro non si potranno iustamente dolere; ma se li Fransesi si defenderano gagliardamente et faranno le provisioni a tempo S. Sta andrà di miglor ghambe in adiutarli perche in facto la victoria de lo Imperatore non fa per la chiesa ne per voi costi che si vede hanno malo animo contro a cotesta citta et credono cavarsi un thesoro. Archivo público de Florencia, Av. il princ. CXIII, f. 94.

[24]   Según Sanuto, XXII, 39, Maximiliano dijo lo siguiente a la advertencia que le hizo Egidio sobre la guerra de los turcos: Opus est antea curare vineam Dei et poi attender contra infedeli, con lo cual concuerda la indicación de M. Giorgi: et quantum ad suscipiendum bellum contra infideles, oportet prius reformare ecclesiam, postea faciemus expeditionem (Albèri II, 3, 43). Sobre el envío de Egidio v. arriba cap. III. Antes había enviado León X al poeta Giangiorgio Trissino a Maximiliano; v. Morsolin, Trissino 80 s.

[25]  Esta es la opinión de Guicciardini (XII, 6) y Vettori (317), con la cual concuerdan las relaciones del embajador veneciano. Este último participa lo siguiente en 13/14 de Marzo de 1516: Di coloquii col Papa zercha l‘Imperador. Monstra di temer et l' orator li dice che le so‘ zente è con i‘ Imperador e non dia temer. Li risponde: Convegno cussì per no lo tuor inimico, perchè, vincendo, mi persequiteria, convegneria andar in Avignon etc. et par sii con Franza et desiderar ogni ben di Sua Maesta; sichè il Papa tegnirà da chi vincerà. Sanuto XXII, 50-51, cf. 56, 108, 120, 159; Albèri II, 3, 49. Es muy característico lo que Balt. da Pescia notifica en cifra, desde Roma, a Lorenzo de Médici, en 4 de Marzo de 1516: *Mons. dice che N. S. visto queste cose dell‘ Imperadore ringagliardirsi et sendo S. Sta desiderosa di non mancare a Francia pensa sotto colore di volere fare limpresa d‘ Urbino mettere in ordine tucte sue gente tantum per servirsene in questa impresa quanto adiutarsi et defendere le cose sue et quelle di Francia et questo lo fara per non demonstrare all‘ Imperadore per hora che voglia armarsi contro di lui. Archivo público de Florencia, Av. il princ. CIX. V. también Manoscr. Torrig. XX, 26-27; Gisi en el Archiv f.s chweiz. Gesch. XV, 254; Perrens III, 58 s; Hefele-Hergenröther VIII, 676; Cipolla 847 y Verdi 24.

[26]  Cf. Manoscr. Torrig. XX, 30 s. 39 s., 39, 41 s.

[27] Guicciardini XII, 6 y especialmente, respecto a Bibbiena, Sanuto XXII, 108, 120, 124, 140, 294, 455. Manoscr. Torrig. XX, 33 s., 36 s., 41, 49. Brewer II, 2, 3545. Sobre la disposición de ánimo del rey, cf. la relación de M. Giorgi en Albèri II, 3, 46.

[28]  Cf. Wirz,Filonardi 44 -47, quien hace ver que el papa, desde fines de 1515, hasta la primavera de 1516 no tuvo parte alguna en la oposición que Francia encontró en Suiza, y que el nuncio Filonardi no trabajó en contra de esta política amiga de Francia. Se mudó la situación, con el envío del segundo nuncio, J. Gambaro; en Mayo de 1516, dice muy bien Wirz 47, cesa el papa de ser amigo de los franceses, esto es, cuando Francisco I se dispone para ser enemigo del papa.

[29]  V. Wirz, Filonardi, 47.

[30]  Bolonia contribuyó con una parte de la artillería cf. el * Breve a esta ciudad fechado en Roma a 5 de Mayo do 1516. Archivo público de Bolonia.

[31]   Cf. las relaciones publicadas por Sanuto XXII, 184, 269, 286, 309-311 y 353-354 y Guicciardini XII, 6. V. a  demás Leoni 186 as; Ugolini lI, 205 s. y la corrección de la narración de éste hecha por Balán V, 515.

[32]   Paris de Grassis en Raynald 1516, n. 83.

[33]   Sanuto XXII, 323.

[34]   Guicciardini XII, 6. Cf. Sanuto XXII, 184.

[35]   Vettori 319.

[36]   Hasta qué punto legó esta dureza, se saca de la *Carta de Agustín Gonzaga de 5 de Septiembre de 1516. Biblioteca de Mantua. V. apéndice n. 18.

[37]   Cf. los juicios de glovio, que Ranke (Zur Kritik 73*) ha reunido como prueba de su imparcialidad.

[38]   Cf. Lütoif, Die Schweizergarde, Einsiedeln 1859, 19-20; aquí también hay dato, sobre la muerte del capitán suizo Gaspar de Silinón.

[39]   Cf. Parenti en Verdi 26 y Paris de Grassis, quien por Agosto de 1516, cuenta lo siguiente: * Infirmitas et sanitas insperata pontificis. Diebus istis multus fuit rumor curiae universae de gravi et quasi insanabili aegritudine pontificis nostri ita ut quandoque cogitatum fuit de paratu eorum, quae ad conclave pertinent. Aegritudo autem fuit fistula in natibus cum orificiis quinque et febres acutae cum somnis continuis, quos subeeticos dicunt et maius periculum erat quia, ut dicebatur, ipse de se ipso multum timebat, quod cum fletu crebro testabatur. Accedebat quia quidam frater Bonaventura (Cf. nuestros datos del vol. V, p 243) qui se spiritum propheticum habere profitebatur, hanc mortem annuntiavit et etiam aliquorum qui paucis ante diebus omnes mortui erant et ille praedixerat et papa incarcerare iussit et saepe examinari de hac re; ille autem multo magis semper affirmabat et addebat quod nisi sic esset cremari volebat et tandem vanitates apparuerunt et papa sanatus est ac die lunae XVIII [Augusti] tenuit consistorium ac sequenti die ivit ad ecclesiam s. Mariae de populo, ubi audivit missam bassam et egit gratias Deo.  Archivo secreto pontificio, XII, 6. V. también la * Carta de C. Agnello de Mantua, fechada en Roma a 2 de Agosto de 1516. Archivo Gonzaga de Mantua.

[40]  Esto lo dice expresamente Guicciairdini XII, 6. La relación, que cita Sugenheim (423) para probar su dato, que Urbino rentaba cada año 100000 escudos (v. Siena, Sinigaglia 361), procede de la segunda mitad del siglo XVI.

[41]   Sanuto XXII, 456, 474. Paris de Grassis publicado por Raynald 1516, n. 83.

[42]   Ulmann II, 690-691; Morsolin, Trissino 400.

[43]   Verdi 26-37.

[44]   Para lo que sigue cf. Guicciardini XII, 6.

[45]  Filonardi fue ciertamente amonestado de León X, que guardase mayor circunspección, (v. Wirz 47-48), pero no mandado volver, como deseaba Francisco I. No fue substituido por A. Pucci hasta Agosto de 1517; v. Abschiede III, 2, 1077; Wirz, Filonardi 50. Quizá Francisco I tenía noticia del plan, del que ciertamente luego de nuevo se desistió, del casamiento de Lorenzo con una hermana de Carlos V, por el cual matrimonio se entusiasmó el papa por el verano de 1516. (Ulmann, II, 691.)

[46]  Sanuto XXII, 183-184, 456. Manoscr. Torrig. XX,48. Guicciardini XII, 6.

[47]  Respecto de Florencia, v. arriba cap. II. Por Marzo de 1516, el desacreditado Rafael Petrucci, con la ayuda de León X, había expulsado de Sena al ciudadano Petrucci; Rafael prometió, que mantendría a Sena fiel a la política de los Médici; v. Nitti 75-76.

[48]  Sanuto XXII, 523.

[49]  Dumont IV, 1, 224 s. Lanz, Einleitung 177 ss Baumgarten, Karl V, I,42 s. Además del tratado de Noyon, publicado por Dumont, fueron también concertados artículos secretos (de Leva, I, 235-236 s.), pero que no son conocidos.

[50]  Lanz, Einleitung, 181. Baumgarten, Karl V, I, 43 ss.

[51]  Relación de Seb. Giustiniani desde Londres, de 22 de Sept. de 1516, publicada por Sanuto XXIII, 98. Cf. también Brewer, II, n. 2495.

[52]  Dumont IV, I, 240 (en vez de 19, hay que leer 29 de Octubre). Lanz, Aktenstücke und Briefe (Monum. Habsburg.) 29 ss.

[53]  V. Wiwner Jahrb. d. Literat. 111(1845), 177 s. Ulmann II, 686 s. Brosch, England VI, 91.

[54]  Dumont IV, 1, 248 i. Abschiede III, 2, 1406 s. Dierauer II, 461 s.

[55]  Dumont IV, 1, 256 s. Lanz, Aktenstücke und Briefe 36. El mismo, Einleitung 182 s.

[56]  De esta opinión, que Lanz (Einleitung 183) ha sido el primero en expresar, participan Baumgarten (Karl V, I, 55) y Ulmann (II, 689).

[57]  Bula Etsi dispositione superna. Dat. Romae 1516, XVI Cal. lunii Anno 4. Regest. 1193, f. 184-186. Extensión a la Bretaña por medio de la Bula Ad hoc nos decus. Dat. Romae 1516, XVI Cal. lunii Anno 4. Regest. 1204, f. 146-147b.

[58]  Sanuto XXII, 539. Cf. Manoscr. Torrig. XX, 228.

[59]  * Breve a Francisco I, fechado en Roma a 22 de Agosto de 1516: Tenore praesentium omnes et singulas gratias etiam forum conscientiae tuae concernentes Mti Tuae ut praefertur concessas validas, efficaces et integras fore decernimus et declaramus et pro potiori tutela quatenus opus sit illas de novo concedimus. El original se halla en el Archivo nacional de Paris, L. 357.

[60]  Sanuto XXII, 540.

[61]  * Carta de León X a Francisco I, fechada en Roma a 6 de Sep. de 1516 (compuesta por Sadoleto); en este escrito hace referencia el papa a la carta de Francisco I, mencionada arriba nota 4: Litterae Mtis Tuae, quibus gratam tibi vehementer ostendis nostram decimarum et cruciatae tibi factam concessionem summa nos iucunditate affecerunt. El original se halla en el Archivo nacional de París (L. 357)

[62]  Manoscr. Torrig. XX, 231 s.; cf. 237 s.

[63]  Manoscr. Torrig., XX, 236 s.

[64]   V. la carta de León X de 17 de Oct (Bembo) y la respuesta de Francisco I, de 15 de Noviembre de 1516 en Charrière I, 13-18. Sanuto XXIII, 268. Manoscr. Torrig. XX, 238 s.

[65]  Cf. la carta muy característica del cardenal Médici a Canossa en Manoscr. Torrig. XX, 242.

[66]  Sanuto XXIII, 232.

[67]  Ibid. 233. Lanz, Einleitung 185.

[68]  Charriére I, 16, not.

[69] *Breve a Canossa, fechado en Roma a 25 de Noviembre de 1516 (en que le dice que Benassao ha de componer toda clase de discordias). Arm. XLIV, t. V, f. 90 del Archivo secreto pontificio. Sanuto, XXIII, 268, 269, 287. Manoscr Torrig., XX, 245, 250. M. Giorgi en Albèri, II, 3, 46. Cf. Pieper, 57, not, 4.

[70]  *Jacobo Salviato mercatori Florentino ut accommodet pecunias ex cruciata provenientes regi Franciae: según la orden primera él debía guardar el dinero de la cruzada: cum id. rex ad nos scripserit sperare se cum Helvetiis et aliis principib. christianis bonam pacem et concordiae conclusionem initurum persoluta tarnen certa pecuniae summa sed eam non sine maximo subditor. suorum incommodo ad praesens erogare posse eapropter, se concede la libre disposición. Con fecha 17 de Diciembre de 1516. Arm. XXXIX, f. XXXI, n. 112. Archivo secreto pontificio.

[71]  Sanuto, XXIII, 437; cf. 288.

[72]  Cf. Manoscr. Torrig., XX, 250.

[73]  Cf. Verdi, 39.

[74]  Guicciardini, XIII, 1. Vettori, 321 s. Balan, Boschetti, I, 106 s. App. 77..

[75]   Vettori 322. Cf. Sanuto, XXIII, 552-553, 554 y Abschiede, III, 2, 1047, V. también Verdi, 41.

[76]   Cf. Sanuto, XXIII, 552-553; cf. 584.

[77]   Guicciardini, XIII, 1. Raynald, 1517, n. 82, 83. Cf. Buddee, 17. El nuncio francés Canossa se halló en un estado tanto más difícil cuanto que Francisco I quiso renovar sus pretensiones respecto de la restitución de Módena y Reggio al duque de Ferrara, quien activaba con celo ardiente este negocio (cf. las ** Relaciones características de Fabricio a Lorenzo de Médici, fechadas en Ferrara a 16 y 19 de Febrero de 1516, Archivo público de Florencia). León X respondió que él ciertamente había prometido eso, y también lo habría realizado, si el rey francés por su parte hubiese guardado sus promesas. Pata alcanzar auxilio, dio palabra León X de restituir las dichas ciudades siete meses después de la sujeción de Francisco María; y añadió, que si Francia hacía lo que podía, en un mes se lograría la sujeción de Francisco María. Manoscr Torrig., XX, 385, 387. El * Breve de León X a Francisco I, compuesto por Bembo, en el cual el papa hace la promesa, respecto de Reggio y Módena, está fechado a 27 de Abril de 1517, y se halla en el Arm. XVI, Cap. 9 del Archivo secreto pontificio.

[78]  Voltelini, 575.

[79]  Sanuto, XXIII, 570-571, cf. 592. Rymer, VI, 1, 129. Guicciardini, XIII, 1.Verdi, 37 s., 62. Buddee, 14 s. La sospecha que expresa este autor, de que Schönberg había de tranquilizar a Francisco I acerca de su comisión, está confirmada por el * Breve al rey francés de 4 de Enero de 1517, comunicado en el apéndice n.° 21. Archivo nacional de París.

[80]  Cf. la * carta de Gabbioneta, fechada en Roma a 19 de Enero de 1817. Archivo Gonzaga de Mantua. En 18 de Enero de 1517 se dirigió a Bolonia la orden de que estuviese preparada para el caso que Francisco María della Róvere, iniquitatis filius, olim Urbini dux, acometiese el territorio boloñés Los dos *Breves se hallan en el Archivo público de Bolonia, Q 5.

[81]  Cf. Guicciardini, XIII, 1. Manoscr. Torrig., XX, 369. Cf. Quellen und Forschungen des preuss. Instituts, VI, 99 s., sobre el número de las tropas.

[82]  V. las * cartas a Lorenzo de 1 y 2 de Febrero de 1517 en Carte Strozz., VIII. Archivo público de Florencia.

[83] Balán, Boschetti, I, 109. Un *anuncio de Lorenzo de Médici sobre la pérdida de Urbino, fechado el 7 de Febrero de 1517, se halla en Carte Strozz., VIII. Archivo público de Florencia.

[84] Cf. Verdi, 45. El *Breve, que intima la prohibición del tránsito, lleva la fecha de 16 de Enero de 1517. El original se halla en el Archivo público de Módena.

[85] Sanuto, XXIII, 572, 585. Sobre el entredicho, v. Bull. congr. S. Salvatoris, I, 130. Sobre la oposición de los romanos, cf. también Tizio, *Hist. Senen. Cod. G., II, 38, f. 75b de la Bibl. Chigi de Roma.

[86]  Verdi, 66 s., 77. Nitti, 78 s. Al principio se decía que Lorenzo había muerto, v. Tizio, *Hist. Senen. Cod. G., II, 38, f. 83b de la Bibl. Chigi de Roma.

[87]  Guicciardini, XIII, 1. Jovius, Vita, 1. 3. Copiosas noticias sobre la guerra suministran los diarios de Sanuto, XXIII y XXIV. V. también Balan, Boschetti, I, 112 s., y Arch. stor. Ital., XVI, 2, 600 s. En Sanuto, XXIV, 149, 168, 180, 247, hay más pormenores sobre el envío de Bibbiena. Cf. además Bandini, Bibbiena, 29 s. Leoni, II, 198 ss. Ugolini, II, 207 s. Roscoe-Bossi, VI, 35 s. Capponi, Firenze, III, 140 s. Luzio-Renier, Mantova e Urbino, 337 s. Bollett. p. l‘ Umbria, I, 93 ss. Balan, VI, 11 s. A. Longhi, Tre lettere ined. d. Card. B. Bibbiena (Nozze-Publ., Firenze, 1889). Bargilli, Una disfida storica e i discorsi milit. del duca d‘ Urbino, en Riv. milit., XLVII, 2 (1902). V. además en el apéndice n.° 24 la * carta de Gabbioneta de 1 de Abril de 1517 (Archivo Gonzaga de Mantua). Una colección de documentos sobre la guerra de Urbino, procedente del archivo Buondelmonte de Florencia, se halla en el *Cod. 1476 de la Bibl. Trivulziana de Milán.

[88]  M. Giorgi en Albèri, II, 3, 47 s., y Sanuto, XXIII, 591; XXIV, 88 s., 103. Cf. Lanz, Einleitung, 186; Ulmann, II, 691-692.

[89]  Por haber procedido el proyecto del cardenal de Sena, no se puede decir con Höfler (Adrian, VI, 68), que existía una conjuración de  «cardenales toscanos».

[90]  Cf. arriba p. 62.

[91]  Cf. Jovius, Vita 1. 4.

[92]  Cf. arriba p. 52.

[93]  Sobre esto refiere Paris de Grassis lo siguiente: * 1515 die lunae 25 [lunii] card. Sanseverinus fuit ad papam vocatus, eo quia nonnulli eius staferii certum custodem carceris apud turrim de Sabellis interfecerunt, st quia eos papa habere volebat, et non habuit, quia aufugerunt de mandato praedicti cardinalis, ideo tuit in palatio detentus idem cardinalis et in castrum s. Angeli missus. Die sequenti papa fecit cardinales omnes vocari ad congregationem propter hanc causam, et cum intellexisset cardinalem praedictum non esse in culpa, partimque a cardinalibus de gratia petitum esse ut relaxaretur, sic eodem die fuit relaxatus. *Diarium Biblioteca Rossiana de Viena y Archivo secreto pontificio. Sobre este suceso, cf. también Sanuto XX, 353 y el diario que hay en Mél. d‘ arch. XXII, 279.

[94] Cf. arriba p. 161.

[95] Guicciardini XIII, 3. Cf. Jovius, Vita 1. 4.

[96] V. Pecci, Storia di Siena II, 55, 60 s.

[97] Jovius, Vita 1. 4. Battista da Vercelli afirmó, que poseía un remedio oculto contra las enfermedades venéreas; v. Gregorovius VIII, 210, n. 2 y Luzio en el Giorn. d. lett. V, 411.

[98] Guicciardini, XIII, 13.

[99] Bembi epist. XIV, 25. Raynald 1517, n. 90. Cf. también en el apéndice n.° 23, el * Breve a Próspero Colonna de 12 de Marzo de 1517. Archivo Colonna de Roma.

[100]  Manoscr. Torrig. XX, 393.

[101] Estos importantes datos se hallan en una * Carta de B. Costabili, fecha. da en Roma a 24 de Junio de 1517; v. el apéndice n.° 33. Archivo público de Módena.

[102]  Algo antes todavía que el embajador veneciano (Sanuto XXIV, 195), notifica este suceso B. Costabili en una * Carta de 21 de Abril de 1517. Archivo, público de Módena.

 [103]  * La Sta di Nro Sre ha facto pigliare el maestro di casa del card. di Siena apresso del quale se sono trovate lettere, le quale insieme cum la confessione de epso maestro di casa gravano multo il predicto Sre Cardenale, ma non si puo intendere il particulare et alcuni dicono che lo haveva intelligentia in Siena et alcuni altri dicono che l‘havea ancor col S. F[rancesco] M[aria] et che impero Nro Sre pensa privarlo del cardinalato tanquam pro crimine laesae Maiestatis, ma vero è che qui si fanno fanti et dicesse che seranno 1500 et se mandano a Siena col predicto S. Troilo Savelli. * Carta de B. Costabili a Alfonso de Ferrara, fechada en Roma a 21 de Abril de 1517. Esta carta, de la que se hallan algunos pasajes en Balán, Boschetti I, 126, y que es la primera que dio noticia de la conjuración, cuyo descubrimiento por la mayor parte se retrasa hasta Mayo, se halla en el Archivo público de Módena.

[104] Sanuto XXIII, 583 s.

[105]  Jovius, Vita 1. 4.

[106]  Manoscr. Torrig. XXVI, 403.

[107]  Cf. la carta a Canossa de 19 de Mayo de 1517, en Manoscr. Torrig. XX, 393 s., de la que se saca ser el 18 dc Mayo, el día de la llegada de Petrucci. V. además Paris de Grassis en Raynald 1517, n. 92 (cf. Delicati-Armellini 461); Sanuto XXIV, 288; Jovius, Vita 1. 4, y la * carta de B. Costabili a Alfonso de Ferrara, fechada en Roma a 19 de Mayo de 1517: * Scrivendo questo è venuta nova che essendo venuto el card. de Siena a pallacio lo è stato detenuto et poi mandato in castello. Archivo público de Módena. V. también Guicciardini XIII, 3.

[108]  Además de Paris de Grassis loc. cit. v. Acta consit. (Archivo consistorial del Vaticano) en el apéndice n.° 26.

[109]  V. epist. XV, 23; Raynald 1517, n. 91; Rymer VI, 1, 134; Corp. dipl. Port. I, 448; Roscoe-Bossi VIII, 98. Cf. Sanuto XXIV, 288, 289.

[110] Segunda * carta de B. Costabili a Alfonso de Ferrara, fechada en Roma a 19 de Mayo de 1517, existente en el Archivo público de Módena.

[111]  Sanuto XXIV, 288, 321.

[112]  Sanuto XXIV, 289. Guicciardini XIII, 3. Paris de Grassis en Delicati Armellini 47.

[113]  Manoscr. Torrig. XX, 394-395.

[114]  Sanuto XXIV, 449, 464. Jovius, Vita 1. 4. In carcere Marrochii designa Tizio, *Hist. Senen. Cod. G. II, 38, f. 97 de la Bibl. Chigi, el calabozo de Santángelo.

[115] *Die sequenti [20 de mayo] episcopum Salutiarum (G. Tornabuoni) affinem suum in castello deputavit commissarium, ut custodiret, ne quis ad eos accederet neque alloqueretur, et cuique eorum [Petrucci y Sauli] assignavit unum domesticum eorum quem quisque vellet, dummodo non exiret neque alloqueretur neque aliquem videret nisi deputatos, et haec facta sunt ipso pontifice monstrante in publicis actibus se parum de talibus curare. Paris de Grassis, Diarium. Archivo secreto pontificio. Cf. Paris de Grassis en Raynald 1517, n. 93.

[116]  Cf. Sanuto XXIV, 419. Guicciardini XIII, 3.

[117]  Manoscr. Torrig. XX, 395.

[118]  Delante de los embajadores negó León X, que los presos hubiesen sido atormentados (Sanuto XXIV, 323-324); con todo eso, lo afirman Sanuto XXIV, 321 y especialmente B. Costabili en su carta de 10 de Junio de 1517 (v. apéndice, n. 32), Archivo público de Módena. Pero en la relación del embajador portugués se dice expresamente, que los cardenales no fueron atormentados: Forom examinados os cardeaes logo e sem nenhuôo tormento confessarom. Corp. dipl. Port. 1, 170. loanninensis (Penthatheucus 105b), que refiere con horror el cruel suplicio de los demás culpados, dice también expresamente, que en el mismo Petrucci no se empleó la tortura. Pero como Jovius (1. 4) advierte: Alfonsus in tormentis convincitur, Saulius tortoris aspectum vix sustinet, queda la cosa dudosa. También parecen haber estado implicados en la conjuración, un palafrenero del papa, un capitán de la caballería ligera, Angelo Girolamo degli Albizzi, y un cierto Paolo Gusieri; v. Sanuto XXIV, 197, 323; Hefele-Hergenröther VIII, 762. Entre los que pudieron sustraerse al arresto con la huida, nombra Tizio, * Hist. Senen. Cod. G II, 38, f. 88b, Bibl. Chigi, un tal Severus monachus.

[119] Paris de Grassis; v. Notices des Ms. du Roi II (París 1789) 599 y Ciaconius III, 72. Cf. en el apéndice n.° 38, * Acta consist. del Archivo consistorial. V. también Sanuto XXIV,324 y la * Relación de Costabili de 29 de Mayo de 1517, existente en el Archivo público de Módena.

[120] Cf. Fabronius 117.

[121] Paris de Grassis confiesa esto mismo en el pasaje inserto en el apéndice n.° 46, De rev. card. S. Georgii decano collegii. Archivo secreto pontificio.

[122] Sanuto XXIV, 353-354. Cf. Acta consist. (Archivo consistorial) en el apéndice n. 29.

[123] Sanuto XXIV, 355.

[124]  Ibid. 401-402.

[125]  V. en el apéndice n. 32 la Carta de B. Costabili de 10 de Junio de 1517. Archivo público de Módena.

[126]   * Carta de B. Costabili de 18 de Junio de 1517. Archivo público de Módena.

[127]  Sanuto XXIV, 403, 413, 449. Paris de Grassis en Delicati-Armellinl 49 s. Gebhardt, Adrian von Corneto 41. Las circunstancias de la huída de Soderini las cuenta minuciosamente Cornelius de Fine en su *Diario Bibl. nacional de París.

[128]  Costabili refiere en 18 de Junio de 1517 lo siguiente: *Circha li Car11 detenuti li agenti soi dicono haversene hora una calda, hora una freda et pocho sperano et se tene che N. S. vora ad ogni modo che siano condannati et privati se cussi vora la justitia poi che stia in pecto di S. Sta se la li vora restituire cuni pena pecuniarum. Archivo público de Módena.

[129]  V. Paris de Grassis en Delicati-Armellini 50.

[130]  Cf. Verdi 75.

[131]  V. el * Diario de un francés residente en Roma, que se halla en el Cod. Barb. lat. 3552, f. 29. Biblioteca Vaticana.

[132]  Acta consist., editadas por Fea, Notizie 84-87. Cf. también Ciaconius III, 71, la * relación de B. Costabili de 23 de Junio de 1517 (Archivo público de Módena), y el * documento del apéndice, n. 42, sacado del Archivo secreto pontificio. El nombre del Advocatus fiscalis, que faltaba en las Acta consist., lo he fijado y asegurado yo, tomándolo de la cuenta para 1.° de Julio de 1517, lntroit. et Exit. 557 (Archivo secreto pontificio).

[133]  Sobre el carácter de esta fuente, cf. las fundadas y decisivas averiguaciones de Kalkoff, Forschungen 21-42. Aprovecho esta ocasión, para dar también aquí las más expresivas gracias al autor, por haberme facilitado los primeros pliegos de su importante obra.

[134]  Paris de Grassis en Raynald 1517, n. 95. Sanuto XXIV, 418.

[135]  Guicciardini XIII, 3.

[136]  Sanuto XXIV, 419.

[137]  Sanuto XXIV, 374, 401, 420 y Paris de Grassis en Delicati-Armellini 51.

[138]  V. Sanuto XXIV, 421. Relación del embajador portugués, existente en el Corp. dipl. Fort. I, 471. Jovius, Vita 1. 4. Tizio, *Hist. Senen. Cod. G. II, 98, f. 100b de la Bibl. Chigi de Roma. Ei *Djario que se halla en el Cod. Barb. lat. 3552 (Biblioteca Vaticana), nombra todavía un tercer ajusticiado: Paule de Seve. Un cierto Paolo Agustini, que había tenido trato con Nino, fue condenado a galeras. Sanuto loc. cit. Lactanzio Petrucci, que se había pasado a Francisco Maria della Rovere, perdió su obispado. V. Paris de Grassis en Delicati-Armellini 58 y Manoscr. Torrig. XX, 393 s.

[139]  Cf. Sanuto, XXIV, 418, 421. Ya en 12 de Junio notificaba B. Costabili a Alfonso de Ferrara: *Si tiene che la cossa di S. Giorgio et del Sauli se acconcciarà cum denari. Archivo público de Módena.

[140]  En el archivo del castillo de Santángelo, trasladado al Archivo secreto pontificio, faltan por desgracia, junto con otras muchas piezas, una serie de documentos muy importantes, que se refieren al proceso y condenación de los cardenales. Según los antiguos índices, existían en el Arm. IV, caps. I, n. 79: la Cedula sententiae Leonis X contra card. R. Riarium, B. de Saulis. Alph. Petruccium et alios complices, fechada a 22 de Junio de 1517; n. 80: la Cédula de la sentencia contra Adriano Castellesi, fechada a 5 de Julio de 1518; n. 81: Informatio facti pro fisco contra card. Riarium, Petruccium et de Saulis ob praetensum laesae maiestatis crimen, fechada a 22 de Junio de 1517; cap. XII, n. 8: Processus contra familiares cardlis Petruccii. Estas piezas faltaban ya en 1893; tampoco se pudieron hallar en 1905, a pesar de las indagaciones renovadas y minuciosas de los empleados del archivo.

[141]  Ya Ranke, Deutsche Geschichte, I2, 302, emitía este juicio: «Todas las dudas que puedan ocurrir sobre la realidad de esta conjuración quedan desvanecidas, si se lee el discurso que tuvo Bandinelli [Sauli], al concedérsele el perdón». Acerca de este discurso cf. abajo p. 188.

[142] Sanuto, XXIV, 404 Tizio de Fabronius, 285. Guicciardini, XIII, 3. el embajador portugués (Corp. Dipl. Port., I, 441), Cornelius de Fine (*Diario existente en la Biblioteca nacional de París), Sanuto (XXXII, 417) y Joanninesis (Phentatheucus, 106) refieren que Petrucci fue estrangulado. el autor del *Diario que hay en el Cod. Barb. lat 3552, f 30 b habla solo de mort violente. El día de la ejecución, que evidentemente se tenía muy oculto, es indicado diversamente; sin embargo, se efectuó probablemente el 4 de Julio; v. Gregorovius, VIII, 213, n. 3, De las comunicaciones auténticas de Bertolotti sobre las ejecuciones del tiempo de León X publicadas en la Riv. d. discipl. carc., XVI, 166, se saca que la ejecución de Petrucci no se efectuó por el verdugo oficial. De esta manera se confirma el dato de que el moro Roland hizo las veces de verdugo.

[143]  V. Jovius, Vita Leonis X, 1. 4.

[144]  Mientras que Tizio (loc. cit.) habla de la impenitencia de Petrucci, la *Crónica que se halla en el Cod. Urb., 1641, refiere que murió arrepentido. Cf. Cesareo en Nuova Rassegna, 1894, II, 15.

[145] Jovius, Vita, 1. 4. Guiccardini XIII, 3. Sobre la ambición de Riario y su odio a los florentinos, v. Nuova Rassegna, 1894, II, 7-8; a sus aspiraciones a la tiara alude con frecuencia la tercera sátira de Ariosto (traducida por Gildemeister 29 s.). Cf. también Giorn. d. lett. Ital., XLII, 99.

[146]  Sanuto, XXIV, 289; cf. abajo p. 188 el discurso de Sauli de 31 de Julio.

[147] Sanuto, XXIV, 288.

[148]  Jovius, Vita, 1. 4. Paris de Grassis en Hoffmann, I, 406. Guicciardini, XIII, 3. Fabronius, 119. Reumont, III, 2, 99.

[149]  Cf. Bizarri, Hist. Genuen., XIX, 448; Fabronius, 120; Lettere de‘ principi, I, 21. Una carta de Francisco I a León X, fechada en Bolonia a 1 de Julio de 1517, en la que se intercedía por Sauli, se hallaba en el Archivo del castillo de Santángelo, Arm. IV, caps. I, n. 82; pero ya no está allí.

[150]  Sanuto, XXIV, 403. Rymer, VI, 1, 134. Roscoe-Bossi, VIII, 102 ss.

[151]  V. Sanuto XXIV, 354 s., 543. Jovius, Vita 1. 4. Cf. Reumont III, 2, 99-100 y la página anterior.

[152]  V. en el apéndice n.° 42-43 los * Capitula et conventiones ineundae inter S. D. N. et D. Raphaelem de Riario olim card. S. Georgii. Archivo secreto pontificio.

[153]  Cf. los documentos correspondientes (Archivo secreto pontificio) en el apéndice n. 42.43.

[154]  Esta promesa ya la ha publicado Fea, Notizie 83-84. De ella concluye falsamente Gregorovius (VIII, 214), que la multa penal quedó reducida a 50000 ducados; para esto, cita también un despacho de Minio, de 15 de Junio, que no puede ser otro sino el que trae Sanuto XXIV, 376; pero este documento no prueba nada, porque el arreglo final de los ajustes entre León X y Riario no tuvo efecto hasta un mes más tarde. De los *Capitula que aduzco en el apéndice n.° 42-43 se saca, ser exacto el dato de los contemporáneos (Petr. Martyr, Epist. XXX, 596; Tizio, *Hist. Senen.,y Cornelius de Fine, *Diario, existente en la Biblioteca nacional de París), de que la suma penal se elevó a 150000 ducados (parece que al principio todavía se exigió algo más, porque B. Costabili notifica en 27 de Junio de 1517: *La pratica di S. Giorgio non è desperata perchè per parte di N. S. se adimanda 150m duc. non comprehendose 19m se sono havuti. Archivo público de Módena). Y puedo también demostrar, que esta enorme suma se pagó toda sin ninguna rebaja. Porque en * Introitus et exitus 558, f. 108b se registra lo siguiente: 10 febr. 1518 [st. flor.] hab. duc. centum quinquaginta milia auri de camera a rev. d. R. card. s. Georgii pro sua liberatione castri [sic] s. Angeli ut apparet per mandatum cam. apost. sub die XV lanuarii preteriti per manus Bernardi Bini. Archivo secreto pontificio.

[155]  Además de Sanuto XXIV, 511, y. Acta consist. (Archivo consistorial) y la * Bula de 24 de julio de 1517 (Archivo secreto pontificio), que reproduzco en el apéndice n° 41 y 42. De la dignidad de camarlengo, conservó Riario realmente sólo el título, de modo que los documentos ciertamente aún se expedían todos bajo su nombre; la administración la tomó Armellini en 24 de Julio de 1517, v. el instrumento auténtico en Nueva Rassegna 1894, I, 70; cf. Garampi, App. 196. La provisión mensual de Armellini como praesidens cam. Apost, subía a 150 ducados; v. lntroit. et Exit. 560, f. 244b. Archivo secreto pontificio.

[156] V. * Restitutio et excarceratio rev. d. card. S. Georgii en Paris de Grassis, Diarium (Archivo secreto pontificio); de este pasaje se hallan impresos fragmentos en Raynald 1517, o. 96-98, y está completo en Ciaconius III, 72 ss.

[157]  Cf. nuestros datos vol. IV, p. 284 ss.

[158]  Riario saluti fuit aetatis honor et veteris inimicitiae respectus, ne Leo patris vulnera patruique caedem, cui Riarius interfuerat, conficto novo crimine ulcisci videretur, dice Jovius, Vita 1. 4. Cf. Guicciardini XIII, 3. No solamente los enemigos de León X, como Tizio (v. Gregorovius VIII, 213); también el maestro de ceremonias Paris de Grassis, que ciertamente era muy amigo de Riario, creía que la prisión de éste era efecto de una venganza privada, v. arriba p. 175.

[159]  Cotéjese la * carta de Federico Flavio al cardenal Riario, fechada a 20 de Agosto de 1517, en que con palabras entusiastas se celebra la mansedumbre del papa. Manuscr. existente en la Biblioteca de mi amigo Faloci-Pulignani de Foligno.

[160]   Cf. la *relación de Paris de Grassis en el apéndice n.° 46.

[161]  V. Sanuto XXVI, 358, 369, 379, 406; Paris de Grassis en Hoffmann 421-423.

[162]  Por Julio de 1520, Riario se había encaminado a Caprarola con licencia del papa (* Carta de A. Germanello al duque de Mantua, fechada en Roma a 7 de Julio de 1520, existente en el Archivo Gonzaga de Mantua); vuelto de allí, pidió permiso en Octubre para ir a Nápoles (Sanuto XXIX, 306). Partió allá en 16 de Octubre (* Diario que se halla en el Cod. Barb. lat. 3552 de la Biblioteca Vaticana) y a principios de Noviembre llegó a su nueva residencia. Sanuto loc. cit. 406.

[163]  V. Tizio, *Hist. Senen. Cod. G. II, 39, f. 17 de la Biblioteca Chigi de Roma.

[164]  Sanuto XXXI, 45 s., 89. Paris de Grassis en Hoffmann 464-466. Forcella II, 534, n. 1606. Cardella III, 213. Fabronius 285. Cancellieri, Mercato 33. Ciaconius III, 75. Es falsa la fecha de 9 de Julio que se señala muchas veces para el día de su muerte; el 7 nombra también el * Diario que se halla en el Cod. Barb. lat. 3552 de la Biblioteca Vaticana.

[165]  Cf. Arm. XXXIX, t. 39, f. 6b. Archivo secreto pontificio.

[166]  Paris de Grassis en Raynald 1517, n. 98. Sanuto XXIV, 545 y * Acta consist. (Archivo consistorial). De estas fuentes se saca, que Cardella III, 357, coloca la restitución un año más tarde. Consta por un documento que hay en Manoscr. Torrig. XXVI, 198-199, que el papa se aseguraba del cumplimiento de las obligaciones de Sauli y también de Riario. El dato que trae Vettori (327) de que Sauli murió en la cárcel, muestra su hostilidad contra León X. La *Bula quizá fechada anteriormente, Praecellens auctoritas, sobre la absolución, y restitución de Sauli, Dat. Romae 1517 Nono Cal. Aug. (24 de Julio) A.° 5.°, se conserva en copia en el Arch. s. Angeli Arm. VIII, caps. II, n. 4. Archivo secreto pontificio.

[167]  Paris de Grassis en Hoffmann 405-406. Cf. Cardella III, 357- 358. La noticia esparcida por interpretatori forse maligni, según Guicciardini XIII, 3, de que Sauli murió envenenado, no es admitida por Sanuto; v. Cesareo en Nuova Rassegna 1894, II, 16. Cf. también Roscoe-Bossi, VI, 67.

[168]  Desjardins II, 478 ss. (en vez de 1516 lee aquí 1517).

[169]  Guicciardini XIII, 3. Manoscr. Torrig. XXVI, 368 s. Cf. Verdi XIV. En la hacienda del cardenal, se ve todavía hoy su escudo sobre la puerta de entrada, con esta inscripción: Restitutum per R. de Soderinis card. Volatterranum  A. D. 1519.

 

[170]   Gebhardt, Adrian von Corneto, 42 ss.

[171]   Gebhardt, loc. cit. 48 s.

[172]   V. Acta consist. en Ferri Mon. XXIV, XXVIII, XXIX, y Paris de Grassis en Hoffmann 417 (en vez de 6, hay que leer aquí 5 de Julio). V. también * Div. Cam. LXVI, f. 100 (Vendit. bonor. olim card. Adriani. 30 Aug. 1518. Archivo secreto pontificio). Cf. además Gebhardt loc. cit. 50 ss. El magnífico palacio de Adriano (ahora Palazzo Giraud-Torlonia) lo obtuvo en 1519 el cardenal Campeggio; v. Brady, Angio-Roman Papers, London 1890, 39 s.

[173] V. en el apéndice n.° 27 la carta de Ercole de Corte, fechada en Roma a 27 de Mayo de 1518. Archivo Gonzaga de Mantua.

[174]  Gebhardt, loc. cit. 51-52.

[175]  Cf. la * Carta de B. Costabili de 24 de Junio de 1517 (Apéndice n.° 33). Archivo público de Módena. Respecto de L. d‘ Aragona v. Pastor, Die Reise des Kard. L. d‘ Aragona, 8 ss.

[176]  * Despacho de B. Costabili a Alfonso de Ferrara, fechado en Roma a 23 de Mayo de 1517. En una * carta de 16 de Junio de 1517 participa el mismo, que León X nombrará muy pronto a lo menos doce nuevos cardenales. Lo mismo dice Giuliano Caprili en una *Relación, fechada en Roma a 23 de Junio de 1517. Archivo público de Módena.

[177]  V. * Acta consist. (Archivo consistorial) en el apéndice n.° 29.

[178]  Cf. nuestros datos vol. IV, p. 387 s., 393-396; vol. V. p. 195 s., 363 ss.

[179]  Sanuto (XXIV, 451 ss.) trae una lista de las sumas de dinero pagadas, cuyos guarismos sin embargo, como hace notar Schulte I, 225, se han de admitir ciertamente con grandísima reserva. Algunos datos de Sanudo, v. gr. el que Numai dió dinero por la dignidad cardenalicia, son evidentemente falsos. Cf. abajo p. 196. Todavía son más inseguros, naturalmente, los datos posteriores, que exageran desmesuradamente, como v. gr. los que traen Ziegler (Hist. Clementis VII; Schelhorn II, 302), Tizio (*Hist. Senen. Cod. G. II, 38, f. 102, Bibl. Chigi de Roma) y Garimberti (477).

[180]  V. la Oratio dissuasoria en Freher, Script. II, Francofurti 1637, 395. J. Ziegler, en su Historia Clementis VII (Schelhorn, Amoenit. hist. crit. el lit. II, 317 ss.) procura presentar de tal manera la conjuración, como si hubiese sido fraguada por Julio de Médici, para alejar por este medio a los cardenales que le eran adversos. Las fuentes contemporáneas no ofrecen ninguna prueba de esta grave inculpación. Cuán indigno de fe es aquí Ziegler, se deduce de los errores crasos que cuenta a sus lectores como verdad. Julio de Médici, afirma él, había tenido la presidencia disimuladamente en la averiguación jurídica; de lo cual ninguna fuente contemporánea sabe nada. Pasa más adelante Ziegler en sus afirmaciones, diciendo que Julio de Médici había forzado a Riario a cederle el cargo de vicecanciller. Pero esto ya no era posible por esta razón, ¡porque Riario nunca fue vicecanciller! Julio fue hecho vicecanciller el 9 de Marzo de 1517 (v. Acta consist. del Archivo consistorial), después de haber muerto, en 8 de Marzo, el vicecanciller Sixto della Rovere (Paris de Grassis y * Diario Cod. Barb. lat. 3552, f. 27b). Un yerro todavía peor contra la verdad histórica, es la afirmación de Ziegler, de que no sólo Petrucci, sino también Sauli fue ajusticiado. Ziegler está notoriamente tan mal enterado de la conjuración de los cardenales, que sus datos no merecen ninguna fe. Es difícil de entender, cómo Roscoe-Henke (II, 338 s.), puedan atribuirles importancia alguna. Corno se saca de los Acta paparum de Ziegler, de los que habla Ranke (Deutsche Geschichte VI, 125), vio aquél en el papa al anticristo. Ziegler en este punto, como Ranke pone de relieve, exagera las cosas «hasta lo fabuloso», Alejandro VI es culpado de tener pacto con el demonio, que se le aparece personalmente, y le acusa de incesto; y León X, según este autor, se había «entregado fi los placeres carnales». Por el mismo estilo está escrita la Historia Clementis VII; desde el principio al fin, toda ella es un escrito parcial, que con frecuencia torna carácter de invectiva; como fuente histórica, no puede utilizarse esta obra sino con grandísima cautela. Es evidente que Ziegler escribió la relación sobre la conjuración de los cardenales, bajo el influjo de aquellos, que después de la muerte de León X hicieron esfuerzos para que se revisase el proceso. El «notario», que llevaba el registro del proceso, el conocido Mario de Perusco, fue puesto preso en Febrero de 1522 a instigación del cardenal Soderini, enemigo mortal del cardenal Médici. Adriano VI había de resolver el negocio (cf. Sanuto XXXII, 442, 443 y XXXIII, 867; Brewer III n. 2044). Aun antes que Soderini consiguiese vengarse de esta manera de su adversario, fue convicto hasta de alta traición (cf. abajo lib, 2), Mario de Perusco fue asesinado en Roma por Agosto de 1522. Tizio (*Hist. Senen. Cod. G. II, 39, f. 161b,  de la Bibl. Chigi), al participar esto, añade: Erant qui dicerent necatum Marium opera Medicis cardinalis ne revelaret que suo mandato fecerat. Semejantes «dicerie» habrá oído Ziegler. Si ellas hubiesen tenido algún fundamento, a buen seguro que hubiera intervenido el severo Adriano VI.          Sobre Mario de Perusco y las sátiras que se publicaron contra él después de la muerte de León X, cf. todavía Cesareo en Nuova Rassegna 1894, II, 18 ss; Mario de Perusco, cuya casa estaba situada junto a S. Lorenzo in Dámaso (v. Armellini, Censimento, 65), recibía, como procurator fiscalis, (cf. Regest. Leonis X. n. 1971) 8 ducados mensuales, v. *Introit. et Exit. 553 (12 de Diciembre de 1514. Archivo secreto pontificio).

[181]  Cochläus se escandalizó con razón especialmente de la venalidad del cardenalato; v. Otto, Cochläus 76 s.

[182]  Nonnulli etiam liberius postulabant, ut quaestioni atque indicio reorum cardinalium senatorii ordinis duo indices adhiberentur... Alii confingi ea crimina falsoque damnari insontes viros, ut pecunia in sumptus bellicos iniquissi ma ratione pararetur. Jovius, Vita 1. 4. Cf. Prato 405 y Brosch, Kirchenstaat I, 50, not. 1.

[183]  Tizio en Gregorovius VIII, 216.

[184]  *Et jamais nul pape n‘en fit tant pour une fois, dice el autor del diario que se halla en el Cod. Barb. 3552, f. 30. Biblioteca Vaticana.

[185]  Cf. Strauss, Hutten 1, 311.

[186]  Cf. la * Carta de B. Costabili, fechada en Roma a 26 de Junio de 1517 (Archivo público de Módena), Sanuto XXIV, 420; Paris de Grassis, * Diarium y *Acta consist. (Archivo consistorial) en el apéndice núms. 34 y 35.

[187]   Así lo dice Guicciardiui XlII, 3. Ya en 29 de Junio sabía B. Costabili, que la resistencia de los cardenales había sido quebrantada (Archivo  público de Módena). Sobre el nombramiento v. Sanuto XXIV, 449, 451, 457, 460, 462, 465; Paris de Grassis, *Diarium (Archivo secreto pontificio), y *Acta consist. (Archivo consistorial) en el apéndice núms. 36-38. * Carta del embajador mantuano de 1 de Julio de 1517, y el * anuncio de su elevación, que el cardenal Rangone dirigió al duque de Mantua en 1 de julio de 1517. Archivo Gonzaga deMantua. Höfier (Adrian VI, 68) traslada equivocadamente el nombramiento al 25 de Junio, mientras que Gregorovius (VIII, 217), Brosch (I, 50) y Schulte (I, 264), indican asimismo por equivocación el 26. Fantuzzi (III, 51) nombra pÒr error el 27 de Junio.

[188]  *Acta consist. (Archivo consistorial) y carta del embajador mantuano de 3 de Julio de 1517. Archivo Gonzaga de Mantua. En las *Spese di Serapica I, se registran para el 2 de Julio de 1517: duc. 17 per berrette 21 rosse per li cardinali. Archivo público de Roma.

[189]  * Acta consist. (Archivo consistorial), en el 6 de Julio de 1517. Se restablecieron dos antiguos títulos, S. Matthaei in Merulana y S. Apollinaris, y además se crearon diez nuevos, conviene saber, los títulos presbiterales S Joannis ante portam Latinam, S. Caesarei, S. Agnetis in Agone, S. Laurentii in pane et perna, S. Silvestri in capite, S Thomae in Parione, S. Pancratii, S. Bartholomaei in insula y S. Mariae in Aracoeli (suprimidos de nuevo por Clemente VII el 17 de Abril de 1527,v. Wadding  XVI², 602) y la diaconía S. Onuphrii. Cf. Phillips VI, 224 S. donde también se explica por menudo lo tocante a la controversia sobre si el título S. Joannis había existido ya mucho tiempo antes de 1517. Panvinius (De episc. et card. titul.. 20 ) es de opinión, que todos los dichos títulos, a excepción de S. Mattheai, fueron entonces nuevamente creados.

[190]  *Acta consist. en el apéndice n.º 40. Cf. también Vettori 304.

[191]  Guicciardini XIII, 3. Sobre los nombrados en 1517, cf. además también en general Ciaconius III, 346 ss. y Cardella IV, 14 ss.

[192]  Cf. arriba p. 190, n. 6.

[193]  *philosophus et theologus oratorque egregius, le llama Novellus, *Vita Leonis X en el Cod. Barb. lat. 2273, f. 13. Biblioteca Vaticana.

[194]  Garampi, App. 225, 243; Marini I,227 Ss.; Vitali 37; Garimberti 477 hasta 479; Schulte I, 108 s.; Rossi, Pasquinate XLIV s.; aquí también hay una importante advertencia para la crítica de Garimberti.

[195]  V. Schulte I, 139 s., 223 y Rossi, Pasquinate XLV, 84 s., 94. Cf. también abajo en el cap. X. Armellini vivía también disolutamente, v. Baschet en Arch. stor. Ital. 3 serie III, 2, 114, y Cesareo en Nuova Rassegna, 1894, I, 68 ss. Garampi, App. 236 trae las noticias más exactas sobre la vida anterior de Armellini, según los escritos auténticos del Archivo secreto pontificio. Cf. también Adinolfi, Portica di S. Pietro, 134 s.

[196]  Cf. *Fr. Novellus, Vita Leonis X loc. cit.

[197]  Regest. Leonis X n. 6155. Schulte I, 264.

[198]  Schulte, quien nota oportunamente (I, 109) que Passerini con sus documentos pontificios hubiera podido llenar un pequeño archivo, sólo aduce una escasa parte de los números de los registros de León X relativos al maestro de Cortona. Mas cuán justificado esté el juicio del sobredicho sabio, puede mostrarlo la siguiente enumeración. Los números que siguen de los Regesta, contienen testimonios de gracias y favores concedidos: 38, 82, 83, 261, 318, 2066,2091, 2373, 2603, 3097, 3552, 4339, 4474, 4945 ss., 5249, 5566, 5760 s., 5886, 6230, 6341, 5878 s., 6976, 7112, 9127. 9326 s., 9388, 10560, 10713, 10793—10786, 10865, 10878, 11393, 11408, 11440, 11495, 1229, 12067, 11116, 12510, 13976, 14318, 14619,14666, 14742, 14914, 15112 s., 15422 s., 15766, 16348, 16715, 16834, 16843.

[199]  Sobre los mismos, cf. abajo el capítulo X y el libro 2.

[200]  Cf. *Fr. Novellus, Vita Leonis X, loc. cit.

[201]  Cf. la * Crónica en Varia Polit. L., f. 63 (Archivo secreto pontificio) y el *Diario que se halla en el Cod. Barb. lat. 3552, f. 30 (Biblioteca Vaticana).

[202]  Sobre este docto canonista, además de Schulte, Quellen II, 342 s., v. especialmente Marini, Lettera 17 ss.

[203]  Doctor egregius le llama *Fr. Novellus, Vita Leonis X, loc. cit.

[204]  Cf. Ehses, Römische, Dokumente XVI s.

[205]  Es una demostración de cuán extensamente había cundido el odio contra los frati, un extraño soneto comunicado por Sanuto XXIV, 466, que concluye con las siguientes palabras:

Mal augurio a veder tra cardinali tanti

Tre capi d‘un milion di mendicanti.

[206]  Cf. abajo, cap. VII y XI.

[207]  Paris de Grassis, Diarium (Archivo secreto pontificio) en el apéndice núms. 36-37.

[208]  Cf. Paris de Grassis, Diarium (Archivo secreto Pontificio), en el apéndice núms. 36-37. El breve para Egidio de 1 de Julio de 1517 (Biblioteca Laurent. de Florencia) se halla en el apéndice, n.° 39.

[209]  Sobre Egidio Canisio, que tiempo ha tiene merecida una monografía, además de Ciaconius loc. cit., Fabricius, Bibl. lat. I, 23, y Ossinger. Bibl. Aug. 195, cf. también L. Granae, Oratio in funere Aeg. Canisii, en Anecd. litt. IV, 283 ss; Lanteri, Eremi s. August., Romae 1874-1875, 2 tomos; Areh. stor. Napolit. IX, 430 ss; Fiorentino, Risorg. filos. d. quattrocento, Napoli 1885, 251 ss; Gothein, Süditalien 453 s.; Histor-polit. Bl., LXXIX, 203; Geiger, Reuchlin, y Kolde, Augustinerkongr., passim; Schumacher, Petrus Martyr, New York 1879, 91; Pélissier en Miscell. di studi in onore di A. Graf., Bergamo 1903, 789 ss.; sobre el manuscrito del cardenal Noris, que aquí se utiliza, v. el escrito de Giuliari, Delle emigrazioni lett. ital. ovvero di aiquanti codici spariti non è molto da Verona, Genova 1871, el cual se le ha pasado por alto a Pélissier, a causa de lo raro que es. Las obras manuscritas que dejó Egidio, se hallan parte en Nápoles (de aquí proceden las cartas publicadas por Martène-Durand, Ampl. Coll. III, 1234 ss.) y parte en la Bibl. Angélica de Roma. Cf. Laemmer, Zur Kirchengeschichte 64 s.; Narducci, Cat. Bibl. Aug. 292, 316, 416 ss., y Pélissier en la Rev. d. Bibi. II, 228 ss. En la biblioteca vaticana noté yo, Cod. Vat. 5808 Aegid. Viterb. Aug. explanatio literar. hebraicar. Vat. 5198 Opera nonnulla cabalistica Aegid. Vjt. cardlis interpretis. Vat. 6325 Aeg. card. Vit. Commentatjones ad mentem Platonis in magistrum sentent. Sobra la *Historia XX saecul. v. abajo el capítulo XI.

[210]  Cf. nuestros datos vol. V, p. 203; vol. VI, p. 200, 226, 332 y arriba p. 148, 156.

[211]  Cf. nuestros datos vol. VI, p. 316 s., y arriba p. 43.

[212]  Hefele-Hergenröther VIII, 764-765. Cf. los juicios de Burckhardt I7, 130 y Masi I, 138.

[213]  Esto lo hace notar especialmente Höfler, Adrian VI, 69 s.

[214]  Cf. nuestros datos vol. I, p. 424s.; vol. III p. 58; vol. IV, p. 8 s.; vol. V,. p. 253; vol. VI, p. 148 s.

[215]  Reumont III, 2, 268.

[216]   Sanuto XXIV, 401.

[217]  Cf. Verdi 80.

[218]  Cf. Raynald 1516, n. 84, 85.

[219]   Sanuto XXIV, 401.

[220]   V. los breves de 1 y 5 de Junio de 1517 en Abschiede III, 2, 1062; cf. 1064, 1077 ss. Cf. también Corp. dipl. Port. I, 459 ss.

[221]   Ya en 18 de Mayo de 1517 se trató sobre la adquisición de dinero para la guerra (*Acta consist. en el Archivo consistorial). En consecuencia de esto en 1.º de Junio de 1517, se expidió una * Bula sobre un diezmo impuesto al clero italiano. Archivo público de Bolonia Q lib. 13.

[222]  Sanuto XXIV, 699. Cf. Lariz, Einleitung, 192. Especialmente sobre la conducta de Francisco I, v. Guicciardini, XIII, 1, Vettori 323 ss. y Verdi 49 ss.  65 ss., 68 ss., 77 ss., 87.

[223]  Cf. Manoscr. Torrig. XX, 389 ss.

[224]  Cf. Vettori 324; Guicciardini XIII, 3.

[225]  Cf. arriba p. 166, not. 4. 

[226]  La narración del texto está hecha según Lanz, Einleitung 193 s. Buddee, Schönberg, 18 s., 23s., y Voltelini 576.

[227]  Cf. el despacho de Costabili publicado por Balan, Boschetti I, 123 ss.

[228]  Cf. Sanuto XXIV, 542 ss., 544, 571, 611. *Carta de León X a Francisco 1, fechada a 2 de Agosto de 1517. Arm. XLIV, t. 5, n. 104. Archivo secreto pontificio. La instrucción para Staffileo se halla en Manoscr. Torrig. XXVI, 180 ss. Cf. Pieper, 58.

[229]  Cf. Sanuto XXIV, 542.

[230]  Guicciardini XIII, 3. Sobre las representaciones hechas contra tan desfavorable convenio, Sanuto XXIV, 609.

[231]  Guicciardini XIII, 3. Jovius, Vita 1. 4.Cf. Manoscr. Torrig. XX, 396. Sanuto XXV, 10, 20.

[232]  Lanz, Einleitung, 195.

[233]   Cf. Marcucci, Francesco Maria I della Rovere I, 34.

[234] Guicciardini XIII, 3. Sanuto XXIV, 669. Eidgenöss. Abschiede III, 2, 1078. Cf. Buonarotti, 3 serie II, 86. Florencia fue a la que más alcanzaron las costas de la guerra (v. Perrens III, 63), por lo cual León X más tarde, del ducado dio a Florencia los lugares de Montefeltro, Macerata, Certaldo, Sestino y San Leo. * Bula de 5 de Julio de 1520 (Archivo público de Florencia),  v. Gregorovius VIII, 219, not. 3.

[235] Andrea da Mosto, en Quellen und Forsch. des preuss. Instit. VI, 100, indica que las spese generali della guerra subieron a 334970 ducados. Es sin duda exagerada la indicación de Rafael Volaterr., de que la guerra de Urbino costó 900000 ducados. *Cod. Vat. 5875, f. 37. Biblioteca Vaticana.

[236] *Qua expeditione s. pontifex omnes fere ecclesiae thesauros exhauserat ita quod ecclesia ad inopiam redacta videretur, cuius rei maximum argumentum fuit, quod Leo X ea tempestate a multis curialibus et banquariis in urbe magnam vim auri accomodato acceperat, ac etiam a multis suis amicis et clientelis suis acceperat accomodato officia magni valoris, ut ea venderet, inde pecunias acciperet, quod ego scio in causa scientiae, et aliquos ex illis cognovi. * Diario de Cornelius de Fine. Biblioteca nacional de París.

[237] Sólo muy pocos gobernadores del Papa interpusieron su autoridad contra esto tan severamente como Guicciardini, que fue Gobernador de Módena, desde 1516. V. Brosch I, 51.

[238] Esto lo hace notar mucho, y con razón, Fabronius, Vita 113, y Reumont, III, 2, 93.