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“¿Creían los padres de la Iglesia en la doctrina de la Sola Fides?”
Acerca del libro de Cornwell.
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La sucesión apostólica en el Nuevo Testamento ¿De veras "no hay huella" de la doctrina de la sucesión apostólica en el N.T.?.
Nota
Introductoria: si buscamos en los textos del Nuevo
Testamento un pasaje donde diga: "Por la presente, yo, Apóstol N.N., declaro a
fulano mi sucesor", sin duda no lo vamos a encontrar. De semejante expresión,
"no hay huellas". ¡Tampoco es necesario una frase de ese porte para mantener
la doctrina de la sucesión apostólica! Basta ver lo que los apóstoles de
hecho hicieron para darnos cuenta que tuvieron la intención de
establecer sucesores de
los primeros cuatro siglos y
, es decir, hombres que guiasen las iglesias locales
con autoridad recibida de los apóstoles. En otros artículos de este sitio se
puede ver cómo los Padres de la Iglesiael magisterio de la Iglesia han
interpretado las Escrituras y han enseñado sobre este punto. Para una breve
exposición de la doctrina y saber a qué se refiere la expresión "sucesión
apostólica" y a qué no se refiere, ver el artículo de A.
Lang.
Si leemos con atención las Escrituras, y sobretodo sin prejuicios, veremos que
el oficio que Jesús da a los Apóstoles de regir, enseñar y santificar la Iglesia
de Dios no puede terminar con la muerte de éstos. Jesús tenían intención de que
la Iglesia permaneciese hasta el final de los tiempos (Mt 28,20), que sea
predicada a toda creatura (Mc 16,15; Mt 28,18) y que arribase hasta el
confín de la tierra
(Hechos 1,8). Esta misión encomendada por Jesús a los
Apóstoles es imposible llevar a cabo si el oficio de regir, enseñar y santificar
no se extiende de algún modo hasta el final de los tiempos y hasta el confín de
la tierra, cosa que no puede realizarse si ese oficio termina con los Apóstoles,
como es obvio.
Veamos algunos textos en particular donde se comprueba que los Apóstoles,
conscientes de que ellos morirían y de que la Iglesia debía perdurar hasta el
fin del mundo, y que era como "una ciudad sobre la montaña" (es decir...
¡visible!) tuvieron la intención de instituir hombres que, en lugar de
ellos, gobernasen la Iglesia con autoridad, y que a su vez esos hombres
instituyesen a otros en su lugar. Es lo que llamamos "sucesión apostólica". Sin
duda que los Apóstoles lo hicieron no por voluntad propia, sino movidos por el
Espíritu Santo, y muy probablemente por instrucciones precisas de parte del
mismo Jesús, como lo dice Clemente, obispo de Roma (véase el artículo con
los textos de los Padres). De este modo la
autoridad que tuvieron estos sucesores de los apóstoles se considera como
proveniente de Dios, y no meramente organizativa, y mucho menos "invisible", ya que estos sucesores ocupan el puesto de
los Apóstoles. (Véase el artículo del
magisterio de la Iglesia y el de A. Lang
para la distinción entre lo que era transmisible en el oficio apostólico y lo
que no lo era). Esto quedará claro luego de analizar algunos pasajes.
Las cartas "pastorales" Con razón anota Tomás de Aquino que la materia de estas cartas es "la instrucción a los que rigen el pueblo de Dios" (Comentario a 1 Timoteo, prólogo). En estas cartas, tanto Timoteo como Tito aparecen como: a) los que ostentan el lugar de Pablo, es decir, obran en su nombre, con su autoridad:
Hechos de los Apóstoles
Todo el
libro de Hechos, como su mismo título lo declara, es el relato de las primeras
acciones apostólicas de la Iglesia primitiva, y en particular de Pedro y Pablo.
Es un verdadero gusto, y damos gracias a Dios y a Lucas, su autor, por semejante
tesoro. Allí podemos ver declarado, no a modo de definición dogmática, como lo
hará la Iglesia más tarde para alejar toda duda, sino como práctica pastoral de
hecho, la realidad de hombres que ostentan la suprema autoridad en las iglesias
locales no por voluntad propia, sino por disposición de Dios y de los Apóstoles.
A esta autoridad llamamos "sucesión apostólica", es decir, la autoridad que los
mismos Apóstoles quisieron que tuviesen los que irían a presidir las comunidades
cristianas "hasta el fin del mundo", y a los cuales el cristiano debe considerar
como ocupando el lugar de los Apóstoles.
a) Santiago, el hermano del Señor La figura que más resalta en este sentido, y con gran claridad, es Santiago.
Hay que
saber que en las Escrituras del Nuevo Testamento aparecen varios personajes
llamados "Santiago" (gr: "Iakobus"). Para lo que nos ocupa ahora es importante
saber que el Santiago que aparece en la reunión conciliar de Jerusalén y en
algunas cartas de Pablo no es uno de los Doce. Se pueden consultar, por
ejemplo, estos artículos del "The Word Biblical Commentary"
(dirigido por estudiosos protestantes) sobre el
autor de la carta canónica de Santiago (en inglés) y sobretodo "The Anchor Bible
Dictionary" (también dirigido por autores protestantes) sobre
el nombre "Santiago" en el Nuevo Testamento
(inglés) y
Santiago, el hermano del Señor (ya traducido
al español). También se
puede ver cualquier comentario o diccionario bíblico.
Pues bien,
este Santiago, que no siendo uno de los Doce está sin embargo a la cabeza de la
comunidad de Jerusalén, es visto por Pablo y los Doce como un sucesor
de ellos en el gobierno de esa comunidad, con toda la autoridad del caso, de
tal modo que los fieles e incluso los mismo Apóstoles se sujetan a sus
disposiciones. Veamos lo que nos dicen las Escrituras.
De notar aquí la importancia de Santiago en la dirección de la comunidad, que debe ser avisado del evento extraordinario de la liberación de Pedro; ¿el motivo? Sin duda por tratarse del pastor de esa comunidad de Jerusalén, pastor reconocido por Pedro. Leemos sobre el concilio de Jerusalén:
Sabemos que esta intervención de Santiago es
decisiva en el concilio de Jerusalén, y se trata nada menos que de decidir sobre
lo que es necesario, y lo que no, para la salvación. ¡Qué autoridad la de este
hombre, que no es un apóstol y que está a la cabeza de la Iglesia nada menos que
en Jerusalén! Luego, en la carta que envían a las comunidades del Asia, se dice:
"Pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros..." (15,28). Son palabras en verdad
llenas de significado: ese "nosotros" no son sólo los apóstoles, sino también
Santiago y los ancianos, que se habían reunido para deliberar sobre ese asunto
(15,6). De modo que tenemos, ya en la época apostólica, que algunos hombres
actuaban con autoridad sobre cuestiones de fe y de gobierno, cosa que, por
supuesto, se continuaría con la desaparición de los Apóstoles, a medida que
morían. Eso es lo que, en la Iglesia Católica, se conoce como "sucesión
apostólica".
Otro texto sobre la autoridad con la que obraba Santiago y de los demás ancianos. Cuenta Lucas:
Tenemos aquí a Pablo, el que era Apóstol no
por designio humano, sino por voluntad directa y tajante de Jesucristo, que
había recibido el evangelio directamente del Señor (ver Gal 1,1), pues bien este
mismo Pablo ¡va a ver a Santiago!, con quién estaban también los ancianos. A
ellos les da cuenta de lo que hace con los gentiles, y luego de que estos
glorificaran a Dios por lo que había hecho mediante la predicación de Pablo, les
mandan que cumpla con preceptos de la ley que no tenían ya ningún valor, pero
para escandalizar a los judíos que eran aún escrupulosos en esto. ¿Qué hace
Pablo? ¡Pues sin decir ni una palabra va y cumple con los ritos que le mandan!
¿Porqué hace eso? Porque Santiago y los demás ancianos TENÍAN AUTORIDAD, aunque
no eran Apóstoles. Podemos preguntarnos: ¿se interrumpió el gobierno de la
Iglesia en los años que siguieron?
En Gal 2,9, Pablo dice que Santiago, junto a
Pedro y Juan, eran considerados "columnas" de la Iglesia (sobre la identidad de
este Santiago, que no es uno de los Apóstoles, véase un comentario bíblico, por
ejemplo Richard Longenecker, en "The Word Biblical Commentary", volúmen 41, "Galatians",
1990).
De modo que si los Apóstoles mismos reconocían
a uno que no era Apóstol, como Santiago, y también a los demás ancianos (gr. "presbyteroi")
como válidos pastores de la iglesia en Jerusalén con toda la autoridad que hemos
visto (¡columnas!), ¿cuál es la duda acerca de la sucesión apostólica? Y si,
como dicen algunos, no se trata de un sucederse de hombres en el cargo de
cabezas de la comunidad con autoridad de enseñar y de gobernar conferida por los
Apóstoles, es decir, de una "sucesión apostólica", entonces ¿de qué se trata?
b) Los presbíteros de la comunidad de Efeso Hay un texto, que ya hemos citado más arriba, de gran valor a la hora de ver la autoridad con la que contaban los líderes de la comunidad post-apostólica. Se trata del discurso de Pablo en Mileto, poco antes de partir para Roma, de donde no volvería más (cosa que Pablo sabía -Hechos 20,25-). Quedándose en Mileto, Pablo manda un mensaje a Efeso para que vengan a verlo, pero curiosamente no llama a toda la comunidad de creyentes, sino "a los ancianos de la Iglesia" (20,17). ¿Porqué? Se verá en el discurso que les da (citamos sólo los pasajes más importantes para nuestro tema):
Señalamos sólo algunas cosas:
- Pablo
llama a los ancianos de Efeso, ya que les quiere encomendar sus últimas
palabras, darles ánimo, advertirles. ¿Porqué a ellos y no a todos los creyentes
de Efeso? Porque Pablo sabía que, después de él y de los Doce, ELLOS GOBERNARÍAN
LA IGLESIA DE DIOS. Eso es lo que llamamos "sucesión apostólica". "Ancianos" es
un término técnico, y se refiere a los que gobernaban las iglesias; en otras
palabras, Pablo no mandó llamar a los "viejos", sino a los responsables de la comunidad, que serían en su mayoría de una
cierta edad, sin duda, de donde se origina el vocablo (que ya existía en el
Antiguo Testamento - hebreo: "zakén", "anciano" - y que también se refería a los
que presidían en el puelbo).
- Esos
ancianos habían oído de Pablo (por tradición oral, el único modo de transmitir
el evangelio entonces) muchísimas cosas relacionadas al "propósito de Dios",
"durante tres años, de noche y de día" y "uno por uno" como también
"públicamente". Estas cosas permitían a los ancianos gobernar la iglesia según
Dios, y distinguir la sana doctrina de la que no era, y consecuentemente ejercer
una verdadera autoridad sobre los demás fieles.
- Pablo les
manda que "tengan un cuidado muy atento" (gr. "proséjete") de sí mismos y "de
todo el rebaño" (gr. "panti to poimnío") en el cual el Espíritu Santo "os
estableció" (gr. "étheto") para "pastorear" (gr. "poimánein") "como obispos"
(gr. "episkopous") "de la Iglesia de Dios" (gr. "ten ekklesían tou theoú"). De
modo que los ancianos son puestos como "obispos" por el Espíritu Santo, para ser
pastores, y como sabemos nadie puede ser pastor si no tiene autoridad para ello.
En otros textos del Nuevo Testamento encontramos que los ancianos y obispos son
establecidos "por los Apóstoles" por la "imposición de manos" (ver por ejemplo 1
Tim 4,14), y no se daba la práctica -corriente en algunas denominaciones
cristianas- que el que se creía llamado al obispado daba un paso adelante y se
establecía en tal. De modo que el Espíritu Santo no excluye la elección que hace
la iglesia de los ancianos, ni la elección que hace la iglesia de los ancianos
excluye la elección del Espíritu Santo: éste obra en aquella, porque se trata de
"la Iglesia de Dios". Resuena en los oídos aquella expresión de la carta post
conciliar de Jerusalén: "Nos pareció bien, al Espíritu Santo y a nosotros..."
(Hechos 15,28) siendo que en realidad no había habido ninguna manifestación
extraordinaria del Espíritu en ese concilio, sino más bien las apasionadas
discusiones de los apóstoles, ancianos y toda la iglesia (ver Hechos 15,2.7).
Así, de modo "invisible", se manifestaba el Espíritu muy visiblemente por medio
de los "obispos" que Él mismo había "establecido" para "pastorear" la Iglesia de
Dios.
- Pablo sabe
que son hombres de barro, y que pueden naufragar en la fe: "de entre vosotros se
levantarán lobos feroces", etc. (29 y 30). De modo que también debía saber que
no era en base a la sabiduría personal, ni a la santidad de vida que los
"obispos" habían sido establecidos por el Espíritu Santo. A PESAR de que eran
sólo hombres, son ELLOS los que siguen siendo considerados por Pablo como los
"pastores" del rebaño, con autoridad divina ("el Espíritu Santo os estableció").
Para no caer en los errores doctrinales Pablo les dice que "estén alertas" (gr.
"gregoréite") "recordando constantemente" (gr. "mnemonéuontes") lo que les había
enseñado POR TRES AÑOS. (Ya que el presente artículo tiene carácter apologético,
nos permitimos notar que, curiosamente, no les dice que se atengan a la sola
autoridad de las Escrituras como arma infalible para pastorear el rebaño, que es
la doctrina actual del evangelismo) De modo que los lobos feroces serán aquellos
que enseñen al rebaño doctrinas contrarias a lo que él les había trasmitido "por
tres años, día y noche", "uno por uno y en público". En otros lugares Pablo,
teniendo en cuenta esta misma necesidad de custodiar el depósito de la fe
íntegramente, dirá que conservemos "las tradiciones que de mí habéis aprendido,
sea por carta, sea oralmente" (2 Tes 2,15), y Pedro dirá que en los escritos de
Pablo, como en las demás Escrituras, "hay pasajes de difícil interpretación" que
los ignorantes e inestables usan "para su propia perdición" (2 Pe 3,16), de modo
que la doctrina de la "sola biblia" como norma de fe no solo no aparece en las
Escrituras, sino que le es contraria. En la historia del cristianismo de los
primeros siglos, los lobos feroces se respaldarán SIEMPRE en textos
bíblicos (interpretados cada uno a su modo) y la verdad del evangelio será
defendida SIEMPRE en nombre de "lo que hemos recibido de los apóstoles" y
"se trasmite en las iglesias fundadas por ellos" (ver el artículo sobre la
sucesión apostólica en los Padres de la Iglesia de los primeros siglos, para
los textos). Esto, como vemos por Hechos, no es una invención de Constantino,
sino que es la disposición que dejaron los Apóstoles.
- Pablo los
encomienda "a Dios y a la palabra de su gracia" que "es poderosa para edificaros
y daros la herencia entre todos los santificados". Algunos verán aquí, sin duda,
la supuesta doctrina de la "sola scriptura" de Pablo, porque los encomienda a la
"palabra" de su gracia, que sería la Biblia... No podemos detenernos en todos
los puntos, y además estamos preparando un artículo sobre el significado de
"palabra de Dios" en las Escrituras, pero baste mencionar que:
a) cuando
Pablo dio este discurso, no había ninguna "palabra" escrita del Nuevo Testamento
a la cual los ancianos hubiesen tenido que ir para "edificarse", y ciertamente
no se trataba de los escritos de la Antigua Alianza, en los cuales no está la
doctrina de la Nueva sino sólo oscuramente;
b) la "palabra" de Dios, en
Pablo, es mucho más que la Biblia, como lo es en los demás escritores del Nuevo
Testamento, comenzando por Juan que dice que la palabra "era Dios", y que
"habitó entre nosotros", refiriéndose a Jesús;
c) "palabra de su gracia",
en este pasaje, se entiende más bien como "toda la revelación de Dios",
incluyendo su "gracia", su obrar, su presencia, su ayuda, su fuerza, etc. Pablo
no les está diciendo que "lean las Escrituras", sino que los "encomienda a la
gracia de Dios", que aquí se expresa con la bella expresión "palabra de su
gracia". La mismísima expresión aparece en Hechos 14,3, donde de ningún modo
puede significar "la Biblia", sino más bien "evangelio", es decir, todo el
mensaje de la salvación en todos sus aspectos. De modo que la fuerza de los
ancianos (y podemos decir, de los líderes de las iglesias en lo porvenir) reside
en la gracia de Dios, en su presencia que edifica la iglesia, una iglesia EN LA
CUAL surgirán lobos feroces, pero que el Señor no permitirá que destruyan el
rebaño, como es obvio.
Digamos como
conclusión que en el discurso de Pablo a los ancianos de Efeso se ve que los
Apóstoles (aquí Pablo) querían que en la Iglesia de Dios hubiese autoridad,
visible, que son hombres elegidos por el Espíritu Santo como obispos para
pastorear el pueblo de Dios, y que eso no los vuelve santos necesariamente:
habrá buenos pastores y habrá malos pastores, pero la gracia de Dios estará en
su Iglesia para gobernarla hasta el último día de su existencia. Después de
todo, es el mismo Espíritu el que los elige, y por tanto provee también a darles
su gracia.
El Apocalipsis En el libro del Apocalipsis se mencionan los “ángeles de las Iglesias”, a los cuales Jesús les habla, les amonesta, los anima, etc. (capítulos 2 y 3). Según la interpretación más común, esos “ángeles” serían los obispos de las respectivas iglesias, quienes tienen la responsabilidad de la conducción de las mismas, y por eso reciben el reproche o la alabanza por parte de Jesús. En la literatura extra bíblica contemporánea con el libro del Apocalipsis, nos encontramos con una organización eclesial fuertemente centrada en torno a la figura del obispo, como lo afirma repetidamente S. Ignacio de Antioquia en sus cartas, dirigidas en su mayoría a las comunidades del Asia Menor, la misma región geográfica donde se ubican las “siete iglesias” que reciben los mensajes apocalípticos. Si bien S. Ignacio no usa el nombre de “ángel” cuando habla del obispo de una comunidad (cosa muy lógica ya que no tenían la intención de escribir una carta de carácter simbólico, como lo es el Apocalipsis), sin embargo la alta estima en la que era tenido como representante de Dios en la comunidad permite pensar que el autor del Apocalipsis se esté refiriendo a ellos cuando habla de los “ángeles de las iglesias”.
En el libro del Apocalipsis Jesús se dirige a las iglesias a través de los “ángeles” de esas comunidades, los que difícilmente pueden tomarse como los “ángeles” del mundo celestial, ya que algunos son duramente juzgados por Jesús debido a sus pecados, cosa imposible en un “ángel” en sentido estricto. Así encontramos por ejemplo estos reproches dirigidos a los “ángeles” de las iglesias: “no eres ni frío ni caliente, y por eso te vomitaré de mi boca” (3,15) “conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, pero estás muerto” (3,1), etc. Sería difícil -por no decir imposible- aplicar estas expresiones a un ángel de la corte celestial; más bien parecería que bajo el nombre simbólico de “ángel de la iglesia” el autor del libro - todo él simbólico - quiera referirse a un ser humano, que a diferencia del ángel es capaz de pecado, como sería el obispo, figura puesta al frente de una comunidad de creyentes (Iglesia).
Otro dato a tener en cuenta es que estos “ángeles”, siempre según el libro del Apocalipsis, cumplen la función que cumpliría precisamente un obispo: enseñar con autoridad y organizar las comunidades, aplicando la debida disciplina interna. Es lo que se ve claramente en 2,12-16, donde aparece el mensaje al “ángel de la iglesia de Pérgamo”, que luego de una alabanza inicial recibe también un reproche “porque tienes ahí a los que mantienen la doctrina de Balaam… Así tú también tienes algunos que de la misma manera mantienen la doctrina de los nicolaítas. Por tanto, arrepiéntete; si no, vendré a ti pronto y pelearé contra ellos con la espada de mi boca”. Evidentemente se trata de una comunidad de personas, o más bien del guía de esa comunidad (se usa la segunda persona singular) que no ha sabido ordenar esa asamblea convenientemente, dejando entrar a los falsos maestros nicolaítas. Se trata claramente de un oficio de gobierno, que como sabemos estaba en manos del “epískopos” u “obispo”.
¿Podemos encontrar en el Antiguo Testamento, cuyo ambiente es fundamental para entender el nuevo, alusiones a los líderes de las asambleas con el nombre de "ángeles"? Si. En Mal 2,7 el sacerdote, al cual hay que acudir para recibir la instrucción y la sabiduría, es llamado en hebreo "mal'aj yhwh tsevaot" (en la LXX: "angelos kuriou pantokratoros"), que se traduce habitualmente como "mensajero del Señor de los ejércitos", pero que se puede traducir también como "ángel del Señor de los ejércitos". De cualquier modo que se traduzca, lo que importa para nuestro caso es que es la misma palabra (gr: "angelos") que se usa en el Apocalipsis. Además, en Ap 1,20 los “ángeles de las iglesias” son llamados también “estrellas”; es común en el ambiente judío designar a los que presiden una comunidad con el nombre de "estrellas" (ver por ejemplo Daniel 12,3). En otras palabras, para los oídos hebreos que oían el texto del Apocalipsis, tanto "ángeles" como "estrellas" tenían una connotación familiar: eran los líderes religiosos del pueblo. Si a esto le sumamos, como vimos, que no se puede haber tratado de ángeles en el sentido de seres celestiales, es claro que los mensajes del Hijo del hombre a los "ángeles de las iglesias" se dirigen a los líderes de las mismas, que en el Nuevo Testamento son los "episkopoi" (obispos) y "presbyteroi" (ancianos o presbíteros). Con respecto al número de siete, según la aritmética apocalíptica, representa la totalidad, de modo que tendríamos en las “siete iglesias” representadas todas las iglesias, y con ellas también a los “ángeles de las siete iglesias”.
Conclusión
Como
decíamos al inicio, la lectura atenta de las Escrituras, particularmente de los
textos más tardíos que nos muestran cuál fue la evolución de la disciplina de la
Iglesia en los últimos años apostólico y del comienzo de la era post-apostólica,
muestra que los Apóstoles establecieron a los obispos, presbíteros y diáconos
como sus sucesores, en grado diferenciado, para el buen gobierno de la Iglesia
(sobre el particular de los "grados" del ministerio, ver el Catecismo de la
Iglesia Católica, números 1536 a 1600);
con este fin imponían las manos a hombres selectos para que, con autoridad,
gobernasen la grey, enseñasen la doctrina y administrasen el culto; en una
palabra, para que "cuidasen de la grey en la que el Espíritu Santo los había
establecido como obispos para pastorear la Iglesia de Dios" (Hechos 20,28). Sin
necesidad de buscar la expresión "sucesión apostólica" en las Escrituras -que
ciertamente no aparece, como tampoco aparece la palabra Trinidad sin que por eso
no podamos creer en la doctrina trinitaria- podemos estar seguros que los
Apóstoles tuvieron la intención, y de hecho así lo hicieron, de establecer en
las distintas iglesias "sucesores", que a su vez debían cuidar de nombrar a
otros (Tit 1,5-9), hasta que el Señor tornase en gloria. Este es el modo con el
cual el Espíritu Santo no permite que el evangelio de Dios se corrompa con el
paso del tiempo, la debilidad humana y la rapacidad de los lobos disfrazados de
ovejas.
P.
Juan Carlos Sack
Ponzano, Italia, 2001
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