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hecho algunas correcciones gramaticales y estilísticas.

"No nos acerquemos al pan místico [de la Eucaristía] como a simple pan, puesto que es la carne de Dios, carne preciosa, adorable y vivificante, porque vivifica a los hombre muertos en los pecados; mientras que la carne ordinaria no podría vivificar el alma. Y esto es lo que Cristo, el Señor, dijo en el Evangelio: que la carne, es decir, la ordinaria y simple, no aprovecha nada"

(Nilo de Ancira, Las notas son agregadas por la redacción de Apologetica.org, excepto las notas 5 y 6. Se han Epistulae 3,39, entorno al año 420)

Los cristianos así llamados "evangélicos" interpretan Juan 6,63 como si las palabras de Jesús en ese versículo negasen la presencia real del Cuerpo y Sangre de Jesús en la Eucaristía. En Juan 6,63 Jesús dice:

 

"El Espíritu es el que vivifica; la carne nada aprovecha. Las palabras que Yo os he hablado son Espíritu y son vida".

Jesús pronuncia estas palabras al final de su discurso "del Pan de Vida", donde había dicho repetidas veces que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. Los cristianos Católicos han entendido siempre este discurso en Juan 6 como un discurso sustancialmente eucarístico, una promesa de la Eucaristía, sobretodo desde los versículos 48 en adelante. Los "evangélicos" hacen su propia "exégesis" de este discurso y se apoyan firmemente en Juan 6,63 para afirmar que Jesús habría anulado toda posible interpretación realista de la presencia de su cuerpo en la Eucaristía, porque "la carne no aprovecha".1 Según esta interpretación, la presencia de Cristo será sólo espiritual y no real. Co­mer a Cristo es tan sólo una alegoría para indicar el reci­birle por la fe.

¿Es, de verdad, ése el sentido de las palabras de Je­sús? ¿Constituyen éstas verdaderamente una atenuación o rectificación?

 

Ciertamente que no.

Analizar este versículo en su contexto y en el contexto más amplio de la revelación de Jesús nos aportará la gran ventaja de hacernos profun­dizar el sentido de las palabras de nuestro divino Maestro, sobre todo en lo que se refiere a la Vida que El nos promete tan repetidamente. Así será ‑lo espero- ­doble el provecho: el responder a la dificultad y el haber ahondado, un poco siquiera, en el concepto de la Vida, el don de Cristo por excelencia.

 

PRIMERA RESPUESTA

Si hubiera que interpretar ese versículo como lo hacen los "evangélicos", vendría a decir que la Carne de Cristo nada aprovecha.

Esto es absurdo. Esto contradice ‑no ya atenúa- lo que Jesucristo ha dicho un poco antes: "El pan que Yo daré es mi Carne, por la vida del mundo" (Jn 6,51). ¿Cómo podría ahora decir que su Carne nada aprovecha, sino tan sólo la fe?

Tratemos de unir las palabras realistas del sermón de Jesús con este versículo, tal como lo leen los modernos "reformadores". La enseñanza de Jesús sonaría así:

 

Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, no tendréis vida en vosotros... porque la carne nada aprovecha.

Es decir, si no comemos algo que no sirve para nada (la Carne de Cristo) no tendremos vida... Como se ve, esto no conduce sino al absurdo y a la contradicción. Y si esto nos lleva al absurdo y al contra­sentido, es que la interpretación no es buena.

Las palabras del Sermón de Cafar­naún se quedan con su sentido fuerte y realista, y estas otras no las atenúan. Lo que aquí Jesús dice es cosa muy distinta; no niega la realidad de su carne ofrecida como alimento, para trasladarla a un sentido alegórico. A esto se oponen todas las afirmaciones de Jesús sobre el valor de «su Carne». Luego, cuando habla de la carne que nada aprovecha, no se refiere a su Carne. Al revés, esa Carne suya hay que comerla si queremos tener vida (Jn 6,51.54), porque su Carne es verdadera comida (Jn 6,55).

 

Añadamos esta nota importante: si "comer la Carne de Cristo" significa creer en El, como pretenden los pro­testantes, ¿qué quiere decir entonces "beber su Sangre"? Se dirá que significa lo mismo. Pero entonces, ¿por qué este afán de Cristo nuestro Señor de subrayar esta fórmu­la doble? Esto sería totalmente inútil. Pensemos en que el milagro de la víspera -la multiplicación de los panes‑ podía conducir a la metáfora de comer su Carne; pero el beber su Sangre sólo viene impuesto por el realismo y verdad de la afirmación, porque su Sangre es bebida verdadera (Jn 6, 55).

La interpretación católica explica todo. La interpreta­ción protestante se queda a medio camino y no llega a salvar todos los elementos de las palabras del Señor. Tro­pezamos siempre con ese procedimiento, conocido pero fatal, de aislar una frase olvidando el contexto. Tomar cada frase por separado, como si la Biblia fuese una colec­ción de frases.

 

SEGUNDA RESPUESTA

Vayamos, pues, en busca de una respuesta más de acuerdo al texto y su contexto ¿Cómo se ha de entender este versículo? Si no las enten­demos en sentido metafórico, ¿cuál es el sentido de estas palabras?

Veámoslo con serenidad. Se contraponen dos realida­des: "la carne" (que de nada sirve) y "el Espíritu" (que es el que da vida).

 

¿Qué "carne" es ésta?

La misma Escritura divina nos lo aclara y la confron­tación con otros pasajes sirve de clave y solución.

¿Qué "carne" es la que no aprovecha para nada?

"Bienaventurado eres, Simón ‑dice Jesús a Pedro en el momento solemne de su Confesión‑, porque no es la carne y la sangre la que te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16,17)

 

Hay una manera de apreciar las cosas y juzgar sobre ellas que es inspirada por la carne, y hay otra que pro­cede de Dios, que está en los cielos. La primera es la manera naturalista, racionalista, podríamos decir, y car­nal; la otra es sobrenatural, espiritual, porque la da el Espíritu de Dios.

 

Tal es, evidentemente, la posición de los cafarnaítas al escuchar al Señor. En vez de aceptar su doctrina, por­que El lo afirma y les ha dado pruebas suficientes de su misión, su pregunta es averiguar el "cómo", actitud de tipo racionalista.: "¿Cómo puede éste darnos su carne?" (Jn 6, 52). O bien la de pararse en las meras apariencias externas y, de acuerdo con ellas, dictaminar y juzgar como si esas exterioridades lo fuesen todo: Murmuraban, pues, los judíos... y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y cuya madre nosotros conocemos? ¿Cómo dice ahora: 'He bajado del cielo'?» (Jn 6,41‑42).

 

No aceptan con llaneza y buena voluntad las afirma­ciones del Maestro, sino que todo lo quieren reducir al ámbito ‑limitado y estrecho‑ de sus pobres conoci­mientos carnales.

 

Cuando oyen hablar de «comer su carne», nuevamente el círculo mezquino de sus ideas se estrecha y se ciñe a su percepción grosera y tosca, y vienen a imaginar que a lo que Jesús los convida es a una escena de festín de caníbales.2 Jesucristo, pues, con esta frase que comentamos los invita a subir a un sentido sobrenatural. Es el mismo ambiente en que les dijo en otra ocasión: «Vos­otros juzgáis según la carne» (Jn 8,15).

 

De esta carne sí puede afirmar: «La carne nada apro­vecha» (Jn 6, 63). No pretende, pues, aquí nuestro Señor negar la realidad de la Carne que El promete: «El pan que Yo os daré es mi Carne» (Jn 6.51), sino invitarlos a saber descubrir en esta Carne su valor espiritual por me­dio de una apreciación más noble, no ése sentido que está a ras de tierra. Apreciación que tenga en cuenta el poder y virtud de Dios. San Agustín, en sus maravillosos sermones sobre el evangelio de San Juan, nos expuso esto así:

 

«Oh Señor, Maestro bueno, ¿cómo es que «la carne no aprovecha para nada» si Tú mismo has dicho: «Si no coméis mi Carne, si no bebéis mi Sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,54)? ¿Acaso la vida no sirve para nada? Y ¿para qué somos lo que somos sino para lograr la vida eterna que prometes con tu Carne? ¿Qué significa, pues, «la carne no aprovecha para nada»? No aprovecha para nada pero entendida como ellos la entendieron: porque ellos entendieron la carne como la que se desgarra de un cadáver, o como la que se vende en el mercado, no como la que está animada del Espíritu. «Por eso se dijo: «La carne no aprovecha para nada», tal como se dijo también: «La ciencia hincha» (1 Cor 8, l). ¿Es que debemos odiar la ciencia? De ningún modo. Entonces, ¿qué significa que «la ciencia hin­cha? Cuando está sola, sin la caridad; por eso aña­dió: «En cambio, la caridad edifica». Junta a la cien­cia la caridad y será útil la ciencia; no por sí misma, sino por la caridad. Del mismo modo aquí: la carne no aprovecha de nada; pero esto es la carne sola. Venga el espíritu a esa carne, como viene la caridad a la cien­cia, y entonces aprovecha muchísimo. Porque si la carne no aprovechase de nada, el Ver­bo no se habría hecho carne para habitar entre nos­otros (cfr. Jn 1, 14). Si por medio de su Carne Cristo nos aprovechó mucho, ¿cómo puede decirse que la carne de nada aprovecha? Pero es el Espíritu el que por medio de la carne ha hecho algo por nuestra salvación. La carne fue el recipiente; atiende a lo que contenía, no a lo que ella era de por sí. Cuando fueron enviados los Apóstoles, ¿acaso su carne no nos aprovechó? Pues si la carne de los Após­toles nos ha aprovechado, ¿pudo acaso la Carne del Señor no servirnos de ningún provecho? ¿De dónde nos viene el sonido de la palabra sino de la voz de la carne? ¿De dónde la pluma y de dónde la escritura? Todas estas cosas son obra de la carne, pero movidas por el Espíritu, como instrumento suyo. El Espíritu es, pues, el que da vida; la carne no aprovecha de nada, pero tal como ellos la entendieron. Yo no doy a comer mi Carne de ese modo».3

 

Oposición con el «Espíritu»

«Carne» y «Espíritu» son aquí dos realidades contra­puestas. La una representa las miras humanas, terrenas; la otra, las concepciones divinas, sobrenaturales.

 

Así, en San Pablo hallaremos la oposición:

«Los que caminamos, no según la carne, sino según el Espíritu. Porque los que viven según la carne aspiran a las cosas de la carne; mas los que viven según el Espíritu, a las del Espíritu. Pero la aspiración de la carne termina en muerte, mientras que la aspiración del Espíritu, en vida y paz» (Rom 8, 4b‑6).

Como usted puede apreciar, es un pasaje espléndido, de los más ricos y elevados que se hallan en San Pablo, como en general todo ese capítulo VIII de la carta a los Romanos, cuya lectura le recomiendo en este punto.

Pero detengámonos en la última de las frases trans­critas, que es casi paralela al texto de San Juan: «La aspiración de la carne termina en muerte; mas la aspiración del Espíritu, en vida y paz» ... El Espíritu es el que da vida, la carne nada aprovecha.»

 

Para comprender las cosas de Dios es necesario estar bajo la acción e influjo del Espíritu, porque si uno se deja guiar tan sólo por el sentido carnal, esto no sólo no le aprovecha, sino que le lleva a la muerte. Por eso añadirá San Pablo que:

«Los que van guiados por la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8,8).

Y nuestro Señor Jesucristo:

«Pero es que hay algunos entre vosotros que no creen... Por eso os he dicho que nadie puede venir a Mí si no le fuere concedido por mi Padre» (Jn 6,65.66)

 

Ni yo ni mis argumentos le darán a usted la fe en la divina Eucaristía. Es tan sólo Dios el que se la puede dar. Por eso hay que dejarse guiar por el Espíritu de Dios, como le decía al concluir mi carta anterior. Tener un alma dócil para ser enseñado, no por la razón hu­mana ni por el sentido racionalista y carnal del hombre que pretende entender un misterio antes de aceptarlo, sino para ser adoctrinados por Dios (Jn 6,45).

 

Guiados por el Espíritu y adoctrinados por Dios, po­demos venir a Cristo, comprender sus palabras y abra­zarlas con todas sus consecuencias. Son difíciles, son arduas, pero tan sólo para el soberbio sentido humano, materialista, razonador, que quiere, como los judíos, averiguar primero, antes que aceptar, hasta el último «cómo» (Jn 6,42.53).

San Pablo decía que «el hombre animal, el hombre natural, no es capaz de percibir las cosas del Espíritu: son necedad para él y no es capaz de entenderlas; ya que estas cosas sólo espiritualmente pueden discernirse» ­(1Cor 2,14).

Para poder entender estas cosas y no ver meros in­convenientes y aun reputarlas como necedad, es nece­saria una elevación espiritual de que, por desgracia, ca­recían los judíos que rodeaban hostilmente a Cristo; es necesario nacer del Espíritu porque:

 

«Lo que nace de la carne, carne es; empero, lo que nace del Espíritu, es espíritu» (Jn 3,6).

En cambio, para un alma sincera, humilde y recta, no son sino un camino de luz que lleva a las más bellas y profundas confesiones. Así, San Pedro:

 

«Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6.69‑70).

Es la aceptación frente a la negación. Es el Espíritu frente a la carne. Es la fe sobrenatural frente al sentido carnal y racionalista. Y es sentencia terminante de la Palabra de Dios:

 

«Si vuestra vida es según la carne, habréis de morir, mas si con el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (Rom 8, 13).

 

Puede usted añadir otros pasajes en que, por opo­nerse la «carne» y el «espíritu» se completa lo expuesto hasta aquí (Gál 5,16‑26; 4,29; Mt 26,41, 1 Cor 5.5).

 

Esta explicación da un sentido enteramente coherente que evita la contradicción y resuelve las dificultades.

Hay, sin embargo, como ya antes le insinué, otra po­sible explicación, defendida por buenos exegetas y co­mentaristas.

 

TERCERA RESPUESTA

«Espíritu» según estos últimos, designaría en este pasaje, como a veces en la Escritura, la divinidad, el poder y virtud propios de Dios. Dos razones apoyan esta manera de ver:

 

1. El uso del verbo «vivificar» en los textos bí­blicos; y

 

2. El análisis de la «vida» que aquí (cp. VI de San Juan) nos ofrece Cristo.

Valor del «Espíritu vivificante»

Lo primero: el verbo «vivificar» (en griego zoo­poiein) en todo el Nuevo Testamento aparece once ve­ces. Siempre designa una acción exclusivamente divina, una obra que sólo el poder de Dios puede llevar a cabo. En efecto, de los once casos, siete (que son Jn 5, 21: dos veces; Rom 4,17; Rom 8,11; 1 Cor 15,22; 1 Cor 15,36; 1 Pe 3,18) se refieren a la resurrección de los muertos; y cuatro, contando este texto de San Juan ‑que son Gál 3,21; 1 Cor 15,45; 2 Cor 3,6‑, a la vida sobrenatural: cosas ambas privativas de la Omni­potencia divina.

Así en San Juan:

«Como el Padre resucita a los muertos, así también el Hijo a los que quiere vivifica» (Jn 5,21).

O en San Pablo:

«Dios, que vivifica a los muertos y llama a las cosas que no son como si fuesen» (Rom 4,17).

«El que resucitó a Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por obra del Espíritu» (Rom 8, 1 l).

 

«Porque como en Adán mueren todos, así también en Cristo serán todos vivificados» (1 Cor 15,22).

No pretendo transcribir todos los pasajes; pero exa­minemos un último ejemplo en que conviene detenerse porque, aplicado a Cristo nuestro Señor, nos avisa de su poder ‑tan opuesto al del primer Adán que nos en­gendró para la muerte (Rom 5, 14‑27)‑, su poder divino, en virtud del cual es fuente de vida sobrenatural para los redimidos:

«El primer Adán fue hecho alma viviente, el postrer Adán (Cristo), Espíritu vivificante» (1 Cor 15,45).

 

Es, nuevamente, la divinidad que hay en Cristo la que nos da vida. La vida que El nos da es algo que sólo Dios nos podría dar, y El, efectivamente, si «en cuanto a la carne procede de los Patriarcas y es hijo de David» (Rom 9, 5; 1, 3), o sea, hombre verdadero, además de eso «es Dios bendito sobre todas las cosas», «consti­tuido en poder según el Espíritu de santidad» (Rom 9, 5; 1, 4), vale decir, Dios verdadero, por su «divinidad san­tificadora».

Esa Vida que nos da El, como «Espíritu vivificante» que es, nos la comunica en su Carne y su Sangre; por eso puede afirmar,:

 

«Si no comiereis la Carne del Hijo del hombre, si no bebiereis su Sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Su Carne es vehículo de la divinidad, unida como está a ella en forma inseparable desde que «el Verbo es hizo Carne» (Jn 1. 14).

 

El gran teólogo y Padre de la Iglesia San Cirilo de Alejandría (c. 370-444), en sus Comentarios a San Juan, nos dice:

«Por su extremada ignorancia, algunos de los oyen­tes de Cristo Salvador se escandalizaron. Porque cuando le oyeron decir: «En verdad, en verdad os digo: Si no coméis la Carne del Hijo del Hombre, si no be­béis su Sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6,53) se imaginaron que se les invitaba a una crueldad propia de fieras, que se les mandaba comer carne inhumana­mente, y a sorber sangre, y que se les obligaba a hacer cosas que de solo oírlas uno se estremece. Porque no conocían cuál era la belleza del Misterio eucarístico y la bellísima disposición que había sido encontrada para él. Por eso andaban cavilando entre sí aquéllos: "¿Cómo va el cuerpo humano a insertar en nosotros la vida eterna? ¿Qué provecho puede traernos para la inmor­talidad lo que es de nuestra misma naturaleza?»

 

«El Espíritu es el que vivifica. La carne nada apro­vecha.» No estáis totalmente descaminados‑ al atribuir a la carne la incapacidad de dar vida, porque cuando se considera la naturaleza de la carne sola y de por sí, es claro que no es vivificadora; ya que ella no vivi­ficará nada de lo que existe; antes bien, ella misma necesita ser vivificada por otro. Pero si examináis con cuidado el Misterio de la Encarnación y miráis quién es el que habita en esa Carne, podréis comprender –si no queréis contradecir al mismo Espíritu divino‑ que puede vivificar, aunque de por sí la carne de nada apro­veche.»

 

«Porque después que quedó unida al Verbo vivi­ficador, toda ella se ha vuelto vivificadora, porque no forzó ella a venir a su propio nivel al que no puede ser vencido [el Verbo], sino que más bien ella fue le­vantada a la potencia del que es superior. En consecuencia, por más que la naturaleza de la carne sea impotente, en lo que a ella atañe, para vivificar, obrará esto, sin embargo, por tener al Verbo vivificador y por llevar en sí toda la potencia del Verbo. Porque es Cuerpo de quien es por naturaleza Vida, y no de uno cualquiera de los hombres, acerca del cual valdría aquello: la carne nada aprovecha. Porque no será la carne de Pablo o Pedro o la de cualquier otro la que obrará esto en nosotros, sino tan sólo la carne excepcional de Cristo nuestro Salvador, en la cual ha venido a habitar toda la plenitud de la divinidad corporal­mente [Col 2,9]».4

 

Por eso, lo que Cristo promete no es cualquier carne. Si así fuese, la carne nada aprovecha; la misma Carne de Cristo tiene eficacia espiritual, no según su naturaleza carnal, sino por ser la Carne de Aquel que es «Espíritu vivificante» (1 Cor 15,45). Entonces, bien claro se ve que el Espíritu es el que vivifica, o sea, la divinidad del Verbo de Dios. Ese es el Espíritu que informa y divi­niza la Carne de Cristo y hasta la hace adquirir las condiciones típicas del Espíritu, como cuando caminó sobre las olas o curó con su contacto a la hemorroisa (Mt 9,20‑22) o al ciego de nacimiento (Jn 9,6), y, sobre todo, ya en forma deslumbrante y extraordinaria, «a par­tir de su resurrección» (Rom 1,4).

 

De un muerto no puede salir la vida. Pero de un Hombre cuyo sacrificio culmina en el Espíritu, sí.

Esa Carne es la que da vida al mundo (Jn 6,51). Esa Carne, que tiene esas condiciones, será capaz de subir a lo alto, y eso también lo subraya Jesús:

«¿Esto os escandaliza? Pues ¿qué diréis cuando veáis al Hijo del Hombre subir a donde estaba primero?» (Jn 6,62).

Se trata, sencillamente, de un «cuerpo espiritual» (1 Cor 15, 44).

 

El que puede espiritualizar así su Carne, ¿no la po­drá dar también en forma de manjar a los hombres? ¿No es ésta una pregunta decisiva? Es la pregunta ante la que se estrellaron los judíos, porque no creían en Cristo. Es la pregunta ante la que se estrellan muchos de los protestantes, porque sólo creen a medias en la divinidad y en el poder de Cristo. Sin embargo, la pa­labra de Jesús sigue resonando imperturbable:

 

«Si no comiereis la Carne del Hijo del Hombre, si no bebiereis su Sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

«Mi Carne es vida del mundo» (Jn 6,51). «El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día» (Jn 6,54).

 

Será una Carne espiritualizada, convertida, no en alimento material, carnal y del cuerpo, sino del alma, pero Carne verdadera. Será una Carne que, unida a la divinidad ‑puesto que «en Cristo habita toda la ple­nitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9)‑, tras­cendida de divinidad, dará vida, no material, sino so­brenatural; pero es su Carne la que es verdadero man­jar, no metafórico; y su Sangre divina será bebida verdadera, no metafórica (Jn 6,55). Poder divino se requiere para esto, y ahí está el «Espíritu» o la divinidad de Cristo, que «es capaz de vivificar» (Jn 6,63).

 

La «Vida» que Cristo promete

Vengamos al segundo argumento: el análisis de este mismo capítulo de San Juan, ¿no nos está mostrando que lo que el Señor en este pasaje promete, la Vida a que insistentemente hace alusión, es una vida que su­pone poder esencialmente divino en quien la da? El Pan que El ofrece es «el Pan de la Vida» (Jn 6,53.48), el Pan que da vida.

Habla de un modo general de vida (Jn 6,33.35.48.51.53.5):

 

«En verdad, en verdad os digo, si no comiereis la Carne del Hijo del Hombre... no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Pero en otros pasajes (Jn 6,27.40.51.54.56.58), pre­cisa que se trata de la vida eterna:

«Si alguno come de este Pan vivirá eternamente. Y el Panque Yo os daré es mi carne» (Jn 6,51). «El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna» (Jn 6,54).

Otras veces extiende esta vida hasta la «resurrección en el último día» (Jn 6,39.40.44.54):

«El que come mi Carne y bebe mi Sangre... Yo le resucitaré en el último día» (Jn 6,54).

Finalmente habla de «librar de la muerte» (Jn 6, 39.50):

«Este es el Pan que baja del cielo para que, quien comiere de él, no muera» (Jn 6,50).

 

Yo creo que en ninguna otra parte ha repetido San Juan con más insistencia este término de «vida», en ninguna otra parte le ha enfocado y considerado con más plenitud por todos sus aspectos. Aquí hace verda­deramente Jesús, y su evangelista con El, un verdadero derroche de «vida». ¡Tan magníficas y estupendas son las promesas del Señor vinculadas a «este Pan» maravi­lloso! ¡Tan espléndidos y fundamentales son los bienes que en «su Carne» nos brinda!

 

Se habla en todos estos casos de la vida sobrenatural y divina, de aquella que obra, no la voluntad del hom­bre, sino la voluntad y el poder soberano y omnipotente de Dios (cfr. Jn. 1,13); porque se trata de la vida íntima, de aquella misma en virtud de la cual vive Dios, esa vida que el Padre comunica al Hijo en el seno de la augusta Trinidad (Jn. 5,26):

 

«Como el Padre que me envió vive y Yo vivo del Padre, así también el que me come vivirá de Mí» (Jn 6,57).

Esta comunicación de la vida divina, ¿quién podrá hacerla sino Dios? Por eso «es simplemente el Espíritu el que vivifica», o sea, el poder de Dios.

 

A los judíos que se escandalizan al oír tan exorbi­tantes promesas cifradas en su Carne, ofrecida como manjar, Jesús les hace notar que si sólo fuese carne de un simple hombre ‑tal como ellos le creen‑, de nada aprovecharía; pero en El hay un poder divino, ya que esa Carne está unida personalmente a la divinidad, pues que es el Cuerpo del Verbo de Dios. Y, Dios como es, sabe que sus palabras son eficaces y todopoderosas; pueden, por tanto, obrar estos prodigios: «puesto que la palabra de Dios es viva y eficiente» (Hbr 4,12).

Así, venido el momento, proclamará:

«Tomad, comed: Esto es mi Cuerpo que se da por vosotros. Haced esto en memoria mía» (Mt 26,26 = Lc 22,19 = 1 Cor 11,24).

 

Y su Palabra obra lo que dice.

Se comprende entonces cómo las palabras que El nos ha hablado son Espíritu y son Vida (Jn 6,53).

Por consiguiente, cuando Jesucristo nos habla aquí de «Espíritu», no borra la realidad de su presencia para hacerla una presencia meramente simbólica y espiritual. Lo que hace es entreabrir las puertas del misterio de su persona y manifestarnos la presencia de un poder y virtud sobrenatural para explicar de este modo por qué su Carne es vivificante, cómo su Carne puede ser la vida del mundo. Es la presencia de la divinidad la que vivifica. En una palabra, no se nos dice que la presencia de Cristo haya de ser meramente espiritual y alegórica, sino que se nos previene que en su Carne hay un «Espí­ritu vivificante» (1 Cor 15,45); porque su mismo Cuerpo es un «cuerpo espiritual» (1 Cor 15,44), por la divinidad trascendente a la que está inseparablemente unido.

 

La vida sobrenatural, que es el gran don que El nos trajo, que es simplemente la razón de su venida a este mundo: «Yo he venido para que tengan vida, y la ten­gan sobreabundante» (Jn. 10,10), nos la ofrece precisa­mente en «este Pan», este Pan que El nos dará, que es su Carne (Jn 6,5l).

 

RESUMEN

TRIPLE INTERPRETACIÓN

Resumo ya, brevemente. A tres pueden reducirse las interpretaciones de este pasaje.

 

1. La primera explicación ‑la protestante‑ vendría a decir esto:

«Os he dicho que tenéis que comer mi Carne y beber mi Sangre. Os he dicho que mi Carne es manjar verdadero y mi Sangre bebida verdadera. Pero no es que tengáis que comer verdaderamente mi Carne, sino sólo en forma simbólica. Porque la carne nada apro­vecha. Lo que os digo es que me comáis por fe; puesto que el Espíritu, y no una comida alegórica, es lo que vivifica.»

 

Le he mostrado en lo que antecede cómo es absurda, ya que Cristo no puede decir que su Carne nada apro­vecha. No puede aquí, por tanto, referirse a su Carne con tal afirmación.

Es también contradictoria. El mismo ha afirmado que el Pan que nos dará a comer es su Carne para vida del mundo.... porque su Carne es comida verdadera y su Sangre bebida verdadera (Jn 6,51.55).

 

Si aceptáramos esta interpretación tendríamos que enmendar las afirmaciones de Jesús en esta forma:

«En verdad, en verdad os digo: que si no coméis el símbolo de la Carne del Hijo del Hombre no ten­dréis vida en vosotros.» «El que come la alegoría de mi Carne y bebe la alegoría de mi Sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día, porque mi Carne es verdadera comida y mi Sangre bebida verda­dera.» «El que come la figura de mi Carne y bebe la figura de mi Sangre, en Mí permanece y Yo en él.»

 

Finalmente, no se ve en esta explicación, de comer sólo por fe, qué puede ser eso de «beber su Sangre» y ese empeño repetido de Cristo de poner por separado Carne y Sangre. Luego ¿sobre qué base se afirmará que la palabra «espíritu» significa «interpretación simbóli­ca»? Frente a tantos puntos inaceptables rechazamos tal explicación. No nos queda más remedio.

 

2. La segunda la expondríamos en estos términos:

«Os he dicho que si no coméis la Carne del Hijo del hombre y si no bebéis su Sangre, no tendréis vida n vosotros. Pero lo habéis entendido en forma carnal grosera. Como si se tratase de comer esta carne mía, cruda y en pedazos y muerta, al igual que las fieras o caníbales5. Vosotros sois carne y entendéis las cosas en forma tosca y carnal. Sabed que esa manera carnal con que apreciáis las cosas, de nada aprovecha. Levantad el sentido rastrero: ¿no soy acaso capaz de hacer de mi cuerpo un alimento espiritual? ¿No son poderosas mis palabras, que son Espíritu y son Vida? Poneos bajo el influjo del Espíritu y comprenderéis estas realidades, y tendréis la Vida que Yo aquí os ofrezco en mi Carne convertida en manjar de vida es­piritual. Si entendéis las cosas con una mente levanta­da y sobrenatural, el Espíritu os dará la vida.»

 

3. La tercera ‑que es la que quizá tiene más vi­sos de probabilidad‑ diría así:

«Os he dicho que el que come mi Carne y bebe mí Sangre tendrá vida eterna. Del Padre, que es fuente de vida, deriva al Hijo la vida. Esta vida os la he traído Yo con mi Encarnación; y, a través de mi humanidad y de mi Carne, os la comunicaré a vosotros. Vida que será, por tanto, Vida divina, porque es la misma Vida que vive el Padre y de que vivo Yo. Vida que, si coméis mi Carne, será en vuestros mismos cuerpos el germen de la resurrección gloriosa en el último día. Todo esto os ha escandalizado. Pero es porque no ha­béis considerado que mi Carne no es como la de de cualquier hombre. Yo he bajado del cielo. Mi Carne está unida a la divinidad, al Espíritu, y por eso es capaz de dar Vida. Ya que e1 Espíritu es el que vivifica. Si sólo fuese carne de mero hombre, claro está que de nada serviría. Por eso mis palabras son Espíritu y son Vida, porque de Dios proceden y pregonan los bienes sobre­ naturales que sólo Dios es capaz de conceder.»

 

CONCLUSION

NUESTRA RESPUESTA A CRISTO

El tema de la vida que nos comunica Cristo es uno de los más fundamentales y predilectos de San Juan. No sería difícil afirmar que se halla en el centro de todo su mensaje o testimonio, tanto en su Evangelio como en sus Cartas:

«Este es el testimonio: que Dios nos dio Vida eterna y esta Vida está en su Hijo: El que tiene al Hijo tiene la Vida, el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la Vida» (1 Jn 5,11‑12).

 

Tal es el resumen que nos presenta él mismo6.

Pues bien, este tema céntrico del mensaje johánico tiene en este capítulo VI uno de sus ápices más altos. La modalidad propia de este pasaje es enseñarnos que la manera como nos da Jesús esta Vida es por medio de su Carne, convertida en manjar verdadero, reducida a las apariencias de Pan. Su Carne, vehículo de la divinidad, como le decía hace un rato.

 

«Porque como el Padre tiene la Vida en Sí mismo, así también le ha dado al Hijo el tener la Vida en Sí mismo» (Jn 5,26).

«El que come mi Carne y bebe mi Sangre en Mí permanece y Yo en él» (Jn 6,56), y teniendo al Hijo tiene la vida.

Jesús, que pregonará: «Yo soy la Vida eterna» (Jn 11,25), nos dice que estos bienes nos los comunicará -sí a El nos fiamos- por medio de su Carne y de su Sangre. ¿No es todo esto maravillosamente luminoso?

 

¿Qué actitud deberemos nosotros adoptar? ¿Dedi­carnos a buscar objeciones y dificultades o creer y fiar­nos de El? ¿Podrá ser otra nuestra respuesta que la de la fe rendida que se somete y acepta? ¿Podremos decir otra cosa que:

«Tú tienes palabras de Vida eterna y nosotros hemos CREÍDO y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,69)?

Dios le dé esta fe, amigo mío, y este valor. Es lo que más cordialmente le puedo desear.

 

Todo suyo en El.

Notas:

Así en el artículo de Fco. Rodríguez, publicado en los sitios anticatólicos "En la Calle Recta" y "Conoceréis la Verdad", se dice: "Pero esos cambios [se refiere a la transubstanciación], dice Cristo, no aprovecharían para nada, porque "la carne para nada aprovecha" (v.63)". Se dice también en un artículo de Guillermo Hernández Agüero, aparecido en el sitio "Conoceréis la Verdad": "[...] nuestro Señor Jesucristo corrigió en el versículo 63 a sus discípulos la mala comprensión de sus expresiones "El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo he hablado son espíritu y son vida".

 

En las palabras de Lutero: "Los judíos pensaron que tenían que comer a Cristo igual que el pan y la carne se come en el plato, o como un lechoncillo asado". (Coloquio de Marburg)

 

San Agustín, Sobre San Juan, tr. 27, n. 5: ML 35, 1616. Solano, II, 242. Bien se podrían agregar otras realidades creadas, como por ejemplo la del agua, que de por sí no aprovecha ni puede aprovechar de nada para la salvación, y que sin embargo es requerida para ella, no por sí sola sino por la acción del Espíritu: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. (Jn 3,5). ¿Qué efecto puede tener el agua en el ingreso al reino de Dios? Y sin embargo es necesaria para el reino. El rechazo instintivo de ciertas denominaciones cristianas hacia el uso de la materia en acciones conectadas a la fe y la salvación (pan, vino, agua, aceite, imágenes sagradas, ritos litúrgicos, etc.) recuerda la idea principal de las primeras herejías: la negación de la venida de Cristo en carne. Esos –comenta con tristeza el Apóstol San Juan- son el anticristo. No entienden el plan de Dios y por eso rechazan el lugar que Dios asignó a la materia en la obra de la salvación, siempre –como aquellas herejías- en nombre del "espíritu".

 

San Cirilo de Alejandría, Comentario a San Juan, 4, 3: MG 73, 593. SOLANO, II, 660.663‑664.

Nos agrada citar a este propósito, siquiera en nota, los hermosos versos de un gran poeta mejicano contemporáneo, en que, rechazando la burda interpretación «cafarnaíta», y aña­diendo reminiscencias de San Juan de la Cruz, dice:

«No sangre que de horror me mataría,

no cruda carne en mesa de pavores,

suavidad maternal de Eucaristía...

porque es de noche.»

 

(Alfonso Junco, La Divina Aventura.)

Resulta particularmente oportuno, a las fórmulas que en este capítulo hemos encontrado, yuxtaponer estas otras fórmulas paralelas tomadas de los otros pasajes johánicos:

 

‑ El Pan de la Vida (Jn 6,48);

‑ el agua que salta hasta la Vida eterna (Jn 4,14);

‑ la fuente de agua de Vida (Ap 21,6; 7,17; cfr. Jn 4,14);

‑ el río de agua de Vida (Ap 22,17);

- la luz de la Vida (Jn 8, 12);

‑ la Palabra de la Vida o el Verbo de la Vida (1 Jn 1, l);
‑ el árbol de la Vida (Ap 2,7; 22,2.14.19);

‑ el libro de la Vida (Ap 21,27)

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