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Por: Richbell Meléndez

 

Escuela de Apologética:

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¿Qué es el purgatorio?

Para empezar, aquí hay un recordatorio de lo que la doctrina católica enseña sobre el purgatorio en el Catecismo de la Iglesia Católica:

 

1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

 

1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:

 

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que, si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Diálogo 4, 41, 3).

 

1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los difuntos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:

 

«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los difuntos les lleven un cierto consuelo? [...] No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo, In epistulam I ad Corinthios homilia 41, 5).

 

A continuación, los protestantes proponen varias fechas en que supuestamente fue inventada la doctrina del purgatorio: el año 300, cuando se habría inventado la oración por los difuntos, sin que ellos también le atribuyeran ningún acontecimiento ni carácter alguno, el año 593 con la predicación del Papa San Gregorio el Grande o el año 1439 con motivo del Concilio de Florencia. Ya debemos notar la inconsistencia de la cosa: los propagandistas anticatólicos muchas veces hacen cronologías donde pretenden remontar la historia de las invenciones de los dogmas de la Iglesia, y es común encontrar en la misma cronología, estas fechas de 300, de 593 y 1439, lo que no tiene sentido: ¿cómo podría haber tres fechas diferentes para un mismo invento? ¡No significa nada!

 

Para demostrar que estas afirmaciones son falsas, nos conformaremos con una cronología que habla por sí sola:

 

En el Antiguo Testamento

Los judíos del Antiguo Pacto oraron por los difuntos. Los protestantes replicarán que solo lo conocemos del Segundo Libro de los Macabeos, que ellos consideran apócrifo. Les responderemos por un lado que este libro no es apócrifo, la Iglesia siempre los considero Sagrada Escritura en los concilios donde se refería a las Sagradas Escrituras. Y por otro lado que, aunque así fuera, la pregunta no está ahí porque en efecto, aquí no se trata de la demostración bíblica del Purgatorio sino solo para aportar una prueba histórica. que la oración por los difuntos no era una invención medieval, ni siquiera católica. La presencia de la oración por los difuntos en un libro que no reconocen como inspirado no desmiente el asunto, además, sino que se limita a eliminar un argumento positivo a su favor. Dicho esto, vea cómo los judíos del Antiguo Pacto tenían una doctrina de oración por los difuntos, cercana a la doctrina católica actual:

 

“Según 2 Mac 12, 42-46, los judíos oraron por los caídos en quienes se habían encontrado objetos consagrados a los ídolos de Jamnia, a fin de que el Señor les perdonara sus pecados; para ello enviaron dos mil dracmas de plata a Jerusalén para que se hicieran sacrificios por el pecado. Estaban, pues, persuadidos de que a los difuntos se les puede librar de su pecado por medio de la oración y el sacrificio. El hagiógrafo aprueba esta conducta: «También pensaba [Judas] que a los que han muerto piadosamente les está reservada una magnífica recompensa. ¡Santo y piadoso pensamiento! Por eso hizo que se ofrecieran sacrificios expiatorios por los difuntos para que fueran absueltos de sus pecados». (Ludwig Ott, Manual de teología dogmática. p. 708)

 

“Al día siguiente, fueron en busca de Judas (cuando se hacía ya necesario), para recoger los cadáveres de los que habían caído y depositarlos con sus parientes en los sepulcros de sus padres. Entonces encontraron bajo las túnicas de cada uno de los difuntos objetos consagrados a los ídolos de Yamnia, que la Ley prohíbe a los judíos. Fue entonces evidente para todos por qué motivo habían sucumbido aquellos hombres. Bendijeron, pues, todas las obras del Señor, juez justo, que manifiesta las cosas ocultas, y pasaron a la súplica, rogando que quedara completamente borrado el pecado cometido. El valeroso Judas recomendó a la multitud que se mantuvieran limpios de pecado, a la vista de lo sucedido por el pecado de los que habían sucumbido. Después de haber reunido entre sus hombres cerca de 2.000 dracmas, las mandó a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy hermosa y noblemente, pensando en la resurrección. Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio rogar por los difuntos; más si consideraba que una magnífica recompensa está reservada a los que duermen piadosamente, era un pensamiento santo y piadoso. Por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio en favor de los difuntos, para que quedaran liberados del pecado. "(2 Macabeos 12, 39-46 Biblia de Jerusalén 1976)

 

“Así pues se creía entre los judíos que era piadoso y saludable ofrecer sacrificios por los difuntos para que fuesen libertados de sus pecados. El historiador Josefo nos indica bastante que esta creencia se conservaba en su tiempo, cuando atestigua que los judíos no oraban por los que se habían suicidado. Pues bien, no oraban indudablemente por los que estaban ya en el seno de Abrahán, donde ninguna necesidad tenía de oraciones, ni por los que estaban en el infierno, donde las oraciones son inútiles. Creían, pues en un estado medio entre uno y otro, y a este estado medio llamamos purgatorio” (Jean-Joseph Gaume, Catecismo de la perseverancia. p. 230)

 

En el Nuevo Testamento

Si la costumbre de ofrecer sacrificios y orar por los difuntos, que supone la creencia en el Purgatorio, fue, como dice Calvino, sólo una invención de Satanás, ¿cómo es que Nuestro Señor, al encontrarlo establecido, nunca desilusionó a los judíos? ¿Cómo no protegió a sus Discípulos de esta tradición ilusoria, falsa y supersticiosa? Además, sabía que todos los cristianos la seguirían religiosamente durante siglos; que, renovando cada día el sacrificio de su cuerpo y su sangre, pedirían ardientemente su aplicación a las almas sufrientes de sus hermanos fallecidos; ¡lo sabía y no les advirtió!

 

Él mismo recomendó esta práctica a sus Discípulos y su palabra infalible confirmó su fe en el Purgatorio. Un día les dijo: “Si alguno blasfema contra el Hijo del Hombre, podrá obtener perdón; pero si blasfema contra el Espíritu Santo, ese pecado no le será remitido ni en la era presente ni en la era futura. Entonces, hay pecados que son perdonados en el próximo siglo; de lo contrario, la expresión del Salvador no significaría nada. Ahora bien, como el pecado no puede ser perdonado en el siglo futuro, en lo que respecta a la culpa y la pena eterna, puede, por tanto, ser perdonado en lo que respecta a la pena temporal. Pero esta remisión no tiene lugar en el Cielo, donde nada contaminado puede penetrar, ni en el Infierno, donde ya no hay Redención.

 

Por lo tanto, entre el cielo y el infierno hay un lugar contiguo donde se logra esta remisión. A este lugar lo llamamos Purgatorio.

 

Otro versículo a menudo mal entendido tanto por católicos como por no católicos y que prueba que los cristianos en tiempos apostólicos trabajaron por la remisión de los pecados de los difuntos. Se trata de 1 Corintios 15, 29: “De no ser así ¿a qué viene el bautizarse por los difuntos? Si los difuntos no resucitan en manera alguna ¿por qué bautizarse por ellos?” Para entender lo que esto significa, debemos leer el comentario de Santo Tomás de Aquino:

 

“Siendo manifiesta la resurrección de los difuntos por: la resurrección de Cristo, aquí, consecuentemente, se muestra la resurrección de los difuntos por la vida de los santos. Y acerca de esto hace dos cosas. Primeramente, prueba la proposición; luego, agrega la amonestación: No os dejéis seducir, etc.

 

Demuestra su proposición mediante tres inconvenientes. El primer inconveniente seria que se haría ilusoria la confianza de los hombres en el bautismo; el segundo sería que resultarían vanos los trabajos de los santos, lo cual dice así: Y nosotros mismos ¿por qué nos ponemos en peligro a todas horas? El tercero sería el dar ocasión al goce de las voluptuosidades. Y esto lo dice así: ¡Comamos y bebamos, etc. Acerca de lo primero hace dos cosas. Desde luego pone el primer inconveniente; luego lo explica así: Si los difuntos no resucitan en manera alguna, etc. Así es que primero dice: Dije que los difuntos resucitan. De no ser así, esto es, si no hay futura resurrección de los difuntos, tal como nosotros predicamos, ¿a qué viene el bautizarse por los difuntos?

 

Esto se puede entender de dos maneras. De un nodo, que por difuntos se entiendan las obras de pecado, que son muertas, porque carecen de la vida de la gracia y conducen a la muerte. Cuanto más la sangre de Cristo purificara de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo (He 9,14). Y conforme a esto es claro el sentido. ¿A qué viene el bautizarse por los difuntos, esto es, por los pecados que se han de lavar si no van a tener la vida de la gracia?

 

De otro modo, porque algunos en aquel entonces querían poder primero bautizarse para conseguir para sí mismos la remisión de los pecados; y bautizarse de nuevo por algún consanguíneo difunto, para que aun después de la muerte se le perdonarán los pecados. Y conforme a esto sería el sentido: ¿a qué viene el bautizarse por los difuntos, esto es, por consanguíneos, por cuya salvación se bautizan, si no hay resurrección de los difuntos? Pero éstos en una cosa pueden confiar: en la fe de la resurrección que parecen tener. Y en otra cosa pueden ser reprendidos: en que uno pudiera bautizarse por otro. Pero entonces se presenta esta cuestión: Si la oración de uno aprovecha a otro, ¿por qué no también el bautismo? La respuesta es doble. Desde luego, las obras que hacen los vivos aprovechan a los difuntos en virtud de la unión de caridad y de fe. Y por eso no aprovechan sino a los que mueren con la caridad y con la fe. De aquí que a los infieles ni la oración ni el bautismo de los vivos les aprovechan; pero la oración aprovecha a los que están en el purgatorio. Otra respuesta, y la mejor, es que las buenas obras valen para los difuntos no nada más en virtud de la caridad sino también por la intención del que las hace. Así, si yo recito el Salterio por otro que está en el purgatorio, el cual estaba obligado a recitarlo, para satisfacer por él vale ciertamente en cuanto a la satisfacción solamente para aquel por quien lo recito.

 

Y según esto debemos decir que el bautismo no tiene virtud por intención nuestra sino por la intención de Cristo. Y la intención de Cristo es que el bautismo les aproveche a quienes en la fe de Cristo son bautizados. Consiguientemente, este inconveniente lo explica el Apóstol diciendo: ¿si en ninguna manera resucitan Sus difuntos? Y parece que esta explicación cuadra mejor con la segunda exposición arriba presentada, como si dijera: ¿Para qué se bautizan por ellos, es decir, por los difuntos, si no han de resucitar? Pero si se presenta conforme a la primera exposición, entonces se puede decir así: Si de ninguna manera resucitan los difuntos, ¿a qué viene el bautizarse también por ellos, o sea, por sus pecados, puesto que éstos no se les perdonan?” (Comentario a la primera epístola de San Pablo a los Corintios, capítulo 15: Resurrección, Lección 4: 1Co 15,29-34)

 

Además, la parábola del deudor en Lucas 12 es una imagen del Purgatorio, se entiende mejor cuando se conoce el misticismo judío.

 

Es importante también recordar estas palabras del Dr. en Teología, Cándido Pozo al estudiar la doctrina del Purgatorio en la Escritura.

 

«Han sido frecuentes las discusiones sobre el valor de los pasajes de la Sagrada Escritura que suelen aducirse a favor de la existencia del purgatorio. Quizá la discusión se funda, sobre todo, en que muchas veces, más que mostrar los fundamentos bíblicos de la doctrina del purgatorio, se intenta aquilatar si los textos contienen todos y cada uno de los elementos que pertenecen, sin duda, a la idea dogmática del purgatorio, pero que, en su forma explícita, son fruto de un lento progreso dogmático en esta materia. No es raro que la posición más negativa en cuanto al valor de los textos sea tomada por hombres que han ido a ellos buscando una idea desarrollada de purgatorio.

 

Los textos que vamos a aducir los consideramos válidos [2 Macabeos 12, 43ss; 1 Corintios 3, 12-15] con tal que no se busque en ellos más que las ideas fundamentales de nuestra doctrina actual desarrollada sobre el purgatorio» (Teología del más allá. p. 247)

 

En las catacumbas, la frase "Que Dios refresque su espíritu" se encuentra comúnmente, lo que indica que los primeros cristianos creían en un lugar de purificación post-mortem. Sin embargo, este lugar no puede ser un infierno del que nunca se sale, ni el Cielo.

 

En los escritos patrísticos

Los Hechos de Pablo y Tecla (160)

 

“Y después de la exhibición, Tryfaena nuevamente la recibe. Su hija Falconilla había muerto, y dijo a ella en sueños: Madre, tú deberías tener esta extranjera Tecla en mi lugar, para que ore por mí, y yo pueda ser transferida a el lugar de los justos.”. (Los Hechos de Pablo y Tecla, XXVIII).

 

La inscripción de Abercio (hacia 190)

 

La inscripción que los historiadores católicos y protestantes están de acuerdo en datar desde principios de la década de 190 es el epitafio sobre la tumba de San Abercio que menciona las siguientes palabras:

 

“El ciudadano de una prominente ciudad, la que erigí mientras vivía, para que pudiera tener un lugar de descanso para mi cuerpo. Abercio es mi nombre, un discípulo del pastor casto que alimenta sus ovejas en las montañas y los campos, cuyos grandes ojos los vigilan todo, que me enseñó los fieles escritos de la vida. Estando listo, yo, Abercio, ordené que esto fuera escrito, en mi septuagésimo segundo año. Que cada uno que esté de acuerdo con esto y quien lo entienda ore por Abercio"

 

Y como el que lee sólo puede hacerlo después de la muerte de el en cuestión, sólo puede ser una cuestión de oración por los difuntos. Es el mismo San Abercio, obispo de Hierápolis en Frigia (región de Asia Menor) quien iba a escribir esta inscripción durante su vida. Se le describe como "Igual a los Apóstoles" y su epitafio se conoce como "Reina de las inscripciones cristianas" también confirma la doctrina católica sobre el primado romano, la Eucaristía, hasta cierto punto sobre la Virgen María, pero también sobre la Comunión de los Santos que lo podemos ver en otro artículo.

 

Clemente de Alejandría (c.150-c.220)

 

“El creyente por medio de la disciplina se despoja de sus pasiones y pasa a la mansión mejor que la anterior, pasa por el mayor de los tormentos tomando sobre sí el arrepentimiento de las faltas que pudiera haber cometido después de su bautismo. Es torturado entonces todavía más al ver que no ha logrado lo que otros ya han adquirido. Los mayores tormentos son asignados al creyente porque la Justicia de Dios es buena y su bondad es justa y, estos castigos completan el curso de la expiación y purificación de cada uno”. (Stromata, VI, 14)

 

Pasión de Perpetua y Felicidad (203)

 

El martirio de las Santas Perpetua y Felicidad tiene lugar en Cartago. Perpetua escribió la historia de su martirio con su propia mano y habla claramente de las oraciones para aliviar el sufrimiento de su hermano ya muerto:

 

“Sin ninguna demora, en esa misma noche, esto se me mostró en una visión. Yo vi a Dinocrate saliendo de un lugar sombrío, donde estaban también otras personas, y él estaba reseco y muy sediento, con una apariencia sucia y pálida, con la herida de su rostro que tenía cuando había muerto. Dinocrate había sido mi hermano en la carne, hace siete años, quien murió de una terrible enfermedad…Pero yo confié que mi oración había ayudado a su sufrimiento, y oré por él cada día hasta que nosotros pasamos al campo de prisioneros…hice mi oración por mi hermano día y noche, gimiendo y lamentando para que me fuera concedido. Entonces, un día, estando todavía prisioneros esto se me mostró. Vi que el lugar que había observado previamente sombrío estaba ahora iluminado, y Dinocrate, con un cuerpo limpio y bien vestido, estaba buscando algo para refrescarse. Y donde había estado la herida, yo vi una cicatriz; y esa piscina que había visto antes, vi sus niveles descendidos hasta el ombligo del muchacho. Y uno extraía agua de la tina incesantemente, y cerca de la orilla había una copa llena de agua; y Dinocrate se acercó y empezó a beber de ella, y la copa no falló. Y cuando él estaba satisfecho, se fue del agua a jugar felizmente, como lo hacen los niños y entonces desperté. Entonces entendí que sido trasladado del lugar del castigo” (Pasión de Perpetua y Felicidad, II, 3-4)

 

Tertuliano (c.155-c.230)

 

Que alegoría del Señor (Mt. 5,25-26) ...es extremadamente clara y simple en su significado... [tengan cuidado no sea que como] un transgresor de su contrato, delante de Dios el Juez...y para que este juez no libere sobre ti su ángel que ejecute la sentencia y te envíe a la "prisión del infierno", de lo que no hay salida hasta que incluso el más pequeño de tus delitos sean pagados en el periodo antes de la resurrección. ¿Puede haber más lógico que esto? ¿Qué mejor interpretación?" (Tratado sobre el alma, 35)

 

“Todas las almas, por tanto, están encerradas en el Hades: ¿lo admites? Es cierto que diga sí o no; además, hay castigos y consuelos ya vividos; y ahí tienes un pobre y un rico… además, el alma no realiza todas sus operaciones con la ayuda de la carne; porque el juicio de Dios persigue incluso los pensamientos sencillos y las voluntades más sencillas. "Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio con ella en su corazón". Por tanto, por esto mismo, es más apropiado que el alma, sin esperar que nada de la carne sea castigado por lo que ha hecho sin la ayuda de la carne. Entonces, según el mismo principio, a cambio de pensamientos piadosos y benevolentes en los que ella no compartió la ayuda de la carne, recibe consuelo sin la carne. En resumen, porque entendemos “la prisión” indicada en el Evangelio como Hades, y porque también interpretamos “el último cuarto de centavo” [Mateo V, 26] como la menor ofensa que debe ser compensada allí antes de la resurrección. Nadie dudará en creer que el alma sufre en el Hades una cierta disciplina compensatoria, sin perjuicio de todo el proceso de la resurrección, cuando la recompensa será administrada adicionalmente a través de la carne. "(nadie dudará en creer que el alma sufre en el Hades una cierta disciplina compensatoria, sin perjuicio de todo el proceso de la resurrección, cuando la recompensa será administrada adicionalmente a través de la carne. "(nadie dudará en creer que el alma sufre en el Hades una cierta disciplina compensatoria, sin perjuicio de todo el proceso de la resurrección, cuando la recompensa será administrada adicionalmente a través de la carne. "(Tratado sobre el alma, 58)

 

“El sacramento de la Eucaristía, encomendado por el Señor en el tiempo de la cena y para todos, lo recibimos en las asambleas de antes del amanecer, y no de mano de otros que no sean los que presiden. Hacemos oblaciones por los difuntos en los días de aniversario de cada año. "(Tertuliano, De la corona, 3, PL 2,79)

 

" Finalmente, interrogo a la mujer misma. Dime, hermana mía, ¿enviaste a tu marido en paz antes que tú? ¿Qué responderá ella? ¿En medio de desacuerdos y discordias? Pero aquí está más encadenado: de nuevo a aquel ante quien tendrá que defender su causa ante Dios. No hay separación donde permanecen los enlaces. Nos separamos en paz, dirá ella. ¡Y bien! que sigue en paz con aquel a quien ya no podrá repudiar, ni siquiera tener permiso para volver a casarse, cuando podría repudiarlo. De hecho, reza por el resto de su alma; pide un refrigerio para él; suplica a Dios que la reúna con él el día de la resurrección, y cada año celebra el aniversario de su muerte con la oblación del sacrificio. Si fracasa en estos piadosos deberes, ha repudiado de verdad a su marido, tanto como él está en ella, y esto con más injusticia ya que, al no poder repudiarlo, lo hizo de la única manera que pudo; y eso con mayor indignidad, ya que su marido no se lo merecía. ¿O se argumentará que no somos nada después de la muerte? Pero esta es una máxima de algún Epicuro, y no de Jesucristo. Que, si creemos en la resurrección de los difuntos, por lo tanto, seguimos vinculados a aquellos con quienes seremos resucitados, ya que seremos responsables de nuestra administración común. ¿Se mantendrá que no somos nada después de la muerte? Pero esta es una máxima de algún Epicuro, y no de Jesucristo. Que, si creemos en la resurrección de los difuntos, por lo tanto, seguimos vinculados a aquellos con quienes seremos resucitados, ya que seremos responsables de nuestra administración común. ¿Se mantendrá que no somos nada después de la muerte? Pero esta es una máxima de algún Epicuro, y no de Jesucristo. Que, si creemos en la resurrección de los difuntos, por lo tanto, seguimos vinculados a aquellos con quienes seremos resucitados, ya que seremos responsables de nuestra administración común.» (Sobre la monogamia, 10)

 

Orígenes (c.185-c.254)

 

“Porque si sobre la base de Cristo, has construido no sólo oro y plata sino piedras preciosas; sino también madera, caña o paja ¿qué es lo que esperas cuando el alma sea separada del cuerpo? ¿Entrarías al cielo con tu madera y caña y paja y de este modo manchar el reino de Dios? ¿O en razón de estos obstáculos podrías quedarte sin recibir premio por tu oro y plata y piedras preciosas? Ninguno de estos casos es justo. Queda entonces, que serás sometido al fuego que quemará los materiales livianos; para nuestro Dios, a aquellos que pueden comprender las cosas del cielo está llamado el fuego purificador. Pero este fuego no consume a la creatura, sino lo que ella ha construido, madera, caña o paja. Es manifiesto que el fuego destruye la madera de nuestras trasgresiones y luego nos devuelve con el premio de nuestras grandes obras.”. (Homilías sobre Jeremías. Pg. 13:445-448)

 

Nota importante: es común leer que Orígenes no creía en el infierno y que para él todas las almas se purificaban en una especie de purgatorio, tras lo cual todas iban al cielo. Debes saber que esta herejía, así como las otras herejías de las que se acusa a Orígenes, no son estrictamente hablando su doctrina, su enseñanza. Estas son preguntas que simplemente abrió. De todos modos, parecería que esa no es su opinión cuando escribe sus líneas, ya que dice que sería injusto que "se quede sin recompensa" el que ha ganado "oro y plata y piedras preciosas. Lo que significa que, si lo contrario es el caso, el alma puede ser condenada. Finalmente podemos notar que incluso si esto es una distorsión de la verdadera fe, esto prueba que sus contemporáneos y sus predecesores enseñaron la purificación después de la muerte.

 

San Cipriano de Cartago (c. 200-258)

 

“Los Obispos, nuestros predecesores, ya habían ordenado que ninguno de nuestros hermanos nombrara, por voluntad, a un eclesiástico como tutor o curador, y que, si alguien lo hacía, nadie debía rezar por él, ni celebrar el sacrificio por el resto de su alma.” (Carta IX).

 

La decisión de los obispos anterior a san Cipriano presupone la práctica establecida de orar por los difuntos y, por tanto, nos indica la apostolicidad de su origen.

 

Escribió también:

 

“Porque incluso a los adúlteros se les da tiempo para arrepentirse y se les da paz. Sin embargo, la virginidad no es, por tanto, deficiente en la Iglesia, ni el plan glorioso de la continencia languidece por los pecados ajenos. La Iglesia, coronada de tantas vírgenes, florece; y la castidad y la modestia conservan el tenor de su gloria. Tampoco se destruye el vigor de la continencia porque el adulterio facilita el arrepentimiento y el perdón.Una cosa es pedir perdón, otra cosa alcanzar la gloria. Una cosa es estar prisionero sin poder salir hasta que haya sido pagado el último centavo y otra recibir al mismo tiempo el salario de la fe y el valor. Una cosa es ser torturado con el largo sufrimiento por los pecados, para ser limpiado y completamente purgado por el fuego, otra es haber sido purgado de todos los pecados por el sufrimiento. Una cosa es estar en suspenso hasta la sentencia de Dios en el Día del Juicio, otra ser coronado por el Señor”. (A Antonianus, Carta 51 (55),20)

 

Lactancio (c. 250-c. 325)

 

"Pero también, cuando Dios juzgue a los justos, del mismo modo en el fuego los va a probar. Entonces aquellos cuyos pecados sean más superiores, ya sea por su gravedad o su número, serán reunidos por el fuego y serán quemados. Aquellos, sin embargo, que se han impregnado de plena justicia y la madurez de la virtud, no sentirán el fuego, porque ellos tienen algo de Dios en ellos que repelen y hacen retroceder la fuerza de la flama” (Las Instituciones Divinas, VII, 21)

 

San Cirilo de Jerusalén (c. 315-387)

 

“Recordamos también a todos los que ya durmieron: en primer lugar, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, para que, por sus preces y su intercesión, Dios acoja nuestra oración. Después, también por los santos padres y obispos difuntos y, en general, por todos cuya vida transcurrió entre nosotros, creyendo que ello será de la mayor ayuda para aquellos por quienes se reza.

 

Quiero aclararos esto con un ejemplo, puesto que a muchos los he oído decir: ¿de qué le sirve a un alma salir de este mundo con o sin pecados si después se hace mención de ella en la oración? Supongamos, por ejemplo, que un rey envía al destierro a quienes le han ofendido, pero después sus parientes, afligidos por la pena, le ofrecen una corona: ¿Acaso no se lo agradecerá con una rebaja de los castigos? Del mismo modo, también nosotros presentamos súplicas a Dios por los difuntos, aunque sean pecadores. Y no ofrecemos una corona, sino que ofrecemos a Cristo muerto por nuestros pecados, pretendiendo que el Dios misericordioso se compadezca y sea propicio tanto con ellos como con nosotros."(Conferencias de catequesis, XXIII, 9-10)

 

San Basilio el Grande (c. 329-379)

 

“Pienso que los valerosos atletas de Dios, los cuales durante toda su vida estuvieron frecuentemente en lucha contra enemigos invisibles, después de haber superado todos sus ataques al llegar al final de la vida serán examinados por el príncipe del siglo, a fin de que, si a consecuencia de las luchas, tienen algunas heridas o ciertas manchas o vestigios de pecado, sean detenidos; pero si son hallados ilesos e incontaminados, como invictos y libres hallen el descanso junto a Cristo” ( Homilías sobre los Salmos , VII, 2)

 

San Efrén el Sirio (306-373)

 

“Cuando se cumple el día trigésimo, [después de mi muerte], acordaos de mí, hermanos. Los difuntos, en efecto, reciben ayuda gracias a la ofrenda que hacen los vivientes […] Si tal como está escrito, los hombres de Matatías encargados del culto para el ejército, con las ofrendas, expiaron las culpas de aquellos que habían perecido y eran impíos por sus costumbres, cuánto más los sacerdotes de Cristo con sus santas ofrendas y sus oraciones expiarán los pecados de los difuntos” (Su testamento 72-28)

 

San Epifanio de Salamina (c. 315-403)

 

“En cuanto a la recitación de los nombres de los difuntos, ¿qué puede haber que resulte más útil y que sea más oportuno y digno de alabanza, a fin de que los presentes se den cuenta de que los difuntos siguen viviendo y no han quedado reducidos a la nada, sino que siguen existiendo y viven junto al Señor, y así quede afianzada la esperanza de aquellos que rezan por sus hermanos difuntos considerándolos como si hubieran emigrado a otro país? Son útiles, en efecto, las preces que se hacen en su favor, aunque no puedan eliminar todas sus culpas. “(Panarion , 75, 8)

 

San Gregorio de Nisa (c. 336-394)

 

“Cuando el renuncia a su cuerpo y la diferencia entre la virtud y el vicio es conocida, no puede acercarse a Dios hasta no haber purgado con fuego que limpia las manchas con las cuales su alma está infectada. Ese mismo fuego en otros cancelará la corrupción de materia y la propensión al mal”(Sermón sobre la muerte 2, 58)

 

San Ambrosio (c. 340-397)

 

"Dale Señor el descanso a tu siervo Teodosio, ese descanso que Tú has preparado para tus santos… Yo lo amo, y por lo mismo también lo seguiré a la tierra de los vivientes, no lo voy a dejar hasta que por mis oraciones y lamentaciones sea admitido al monte santo del Señor…" (Sermón del Funeral de Teodosio 36-37)

 

San Jerónimo (347-420)

 

“Otros maridos esparcen violetas, rosas, lirios y flores púrpuras en las tumbas de sus esposas y alivian el dolor en sus corazones al realizar este tierno deber. Nuestro querido Pammachius también riega las cenizas sagradas y los huesos venerados de Paulina, pero es con bálsamo de limosna.” (A Pammaquio, Epístola 66, 5)

 

San Juan Crisóstomo (c. 344-407)

 

“No en vano los Apóstoles ordenaron que, en la celebración de los formidables misterios, se recordara a los difuntos, porque sabían cuánta utilidad y provecho devuelven a los difuntos. […] Entonces, háganos saber cómo ayudarlos y celebremos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre, ¿puedes dudar de que nuestras ofrendas por los que ya no están les traen consuelo? [Job 1, 5]… Apresurémonos a llevar nuestra ayuda a los que ya no existen, y. ofrecer oraciones por ellos: porque el objetivo común de toda la tierra es la expiación.” (Homilía 41 al pueblo de Antioquía sobre 1 Corintios)

 

“No en vano fue decretado por los Apóstoles que el Memorial de los Maravillosos Misterios debe ser hecho por los que han partido. Ellos sabían que aquí había muchos beneficios que se podrían obtener para ellos. Cuando el pueblo entero está de pie con sus manos alzadas, una asamblea sacerdotal y la maravillosa víctima sacrificial es ofrecida, ¿como cuando somos llamados frente a Dios no seremos victoriosos en su defensa? Pero esto es hecho por quienes han partido en la fe mientras que ni siquiera los catecúmenos pueden recibir esta consolación ya que son privados de todos los medios que pudieran asistirles excepto uno que es la del dar limosna a los pobres en su nombre” (Homilía sobre Filipenses, III, 9-10)

 

Las Constituciones Apostólicas (c. 400)

 

“Reúnanse en los cementerios, lean los libros sagrados allí, canten salmos allí en honor de los mártires y de todos los santos y de sus hermanos que murieron en el Señor, y luego ofrezcan la bendición eucarística” (Libro VI, 30).

 

Nos dicen en otra parte: "Oremos por nuestros hermanos que descansan en Cristo [recordemos que las almas en el Purgatorio ya están salvas y por lo tanto descansan en algunas que ya salen en Cristo], para que Dios, el amante de la humanidad, que ha recibido su alma, le perdone todo pecado, voluntario e involuntario, y sea misericordioso y bondadoso con él, y le dé su suerte en la tierra de los piadosos que son enviados al seno de Abraham, e Isaac, y Jacob, con todos los que le han complacido y han hecho su voluntad desde el principio del mundo, de donde se destierra toda pena, dolor y lamentación. Levantémonos, dediquémonos a nosotros mismos y a los demás al Dios eterno, por medio de esa Palabra que estaba en el principio. Y que el obispo diga: Oh Tú que eres por naturaleza inmortal, y no tienes fin de tu ser, de quien se deriva toda criatura, ya sea inmortal o mortal; que hiciste del hombre una criatura racional, el ciudadano de este mundo, en su constitución mortal, y le añadiste la promesa de una resurrección; que no sufriste que Enoc y Elías probaran la muerte: el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, que eres el Dios de ellos, no como de los difuntos, sino como de los vivos; porque las almas de todos los hombres viven contigo, y los espíritus de los justos están en tu mano, que ningún tormento puede tocar; Mateo 22:32; Sabiduría 3:1 porque todos están santificados bajo tu mano: mira ahora también a este tu siervo, a quien has seleccionado y recibido en otro estado, y perdónalo si voluntaria o involuntariamente ha pecado, y dale ángeles misericordiosos, y colócalo en el seno de los patriarcas, y los profetas, y los apóstoles, y de todos los que te han complacido desde el principio del mundo, donde no hay pena, ni dolor, ni lamento; sino la región pacífica de los piadosos, y la tierra imperturbable de los rectos, y de los que en ella ven, la gloria de tu Cristo; por quien la gloria, el honor y el culto, la acción de gracias y la adoración sean para Ti, en el Espíritu Santo, por siempre. Amén. Y que el diácono diga: Inclínate y recibe la bendición. Y que el obispo dé gracias por ellos, diciendo lo siguiente: Oh Señor, salva a tu pueblo y bendice tu herencia, que has comprado con la preciosa sangre de tu Cristo. Apaciéntalos bajo tu diestra, y cúbrelos bajo tus alas, y concédeles que peleen la buena batalla, y terminen su carrera, y guarden la fe 2 Timoteo 4:7 inmutablemente, sin mancha y sin reproche, por nuestro Señor Jesucristo, tu amado Hijo, con quien la gloria, el honor y la adoración sean para ti y para el Espíritu Santo por siempre. Amén.” (Libro VIII, 41).

 

Las Constituciones Apostólicas son una colección de doctrina cristiana, liturgia y disciplina eclesiástica, fueron escritas en el siglo IV en su forma actual pero ciertamente son para una gran obra de los doce apóstoles, cuyas instrucciones se supone que fueron transmitidas por el Papa San Clemente. de Roma a principios del siglo II. Han sido leídos y releídos con frecuencia a lo largo de la historia, y por ello, aunque sea apócrifo, su valor histórico no es despreciable. Los primeros seis libros están inspirados en la Didascalia de los Apóstoles (escrito alrededor de 225). El séptimo libro está tomado de La Didachè (escrito entre 50 y 95). Hay muchos pasajes cuestionables en estas Constituciones, pero no estos.

 

San Agustín (384-430)

 

"Podría ser suficiente para tu pregunta esta breve respuesta mía. Pero, porque se sugieren otras cuestiones, a las que creo debo responder, atiende un momento. Leemos en los libros de los Macabeos que fue ofrecido un sacrificio por los difuntos3. Y, a pesar de que en ningún otro sitio del Antiguo Testamento se lee esto, no es poca la autoridad de la Iglesia universal que se refleja en esta costumbre, cuando, en las oraciones que el sacerdote ofrece al Señor, nuestro Dios, sobre el altar, tiene su momento especial la conmemoración de los difuntos” (La piedad con los difuntos I, 3)

 

“Por tanto, las pompas fúnebres, los cortejos funerarios, la suntuosa diligencia frente a la sepultura, la lujosa construcción de los mausoleos significan un cierto consuelo para los vivos, nunca una ayuda para los difuntos. En cambio, no se puede dudar de que se les ayuda con las oraciones de la santa Iglesia, con el sacrificio salvador y con las limosnas que se otorgan en favor de sus almas, para que el Señor los trate con más misericordia que la merecida por sus pecados. Esta costumbre, transmitida por los padres, la observa la Iglesia entera por aquellos que murieron en la comunión del cuerpo y sangre de Cristo y de modo que, al mencionar sus nombres en el momento oportuno del sacrificio eucarístico, ora y recuerda también que se ofrece por ellos. Si estas obras de misericordia se celebran como recomendación por ellos, ¿quién dudará de que han de serles útiles a aquellos por quienes se presentan súplicas ante Dios en ningún modo inútiles? No ha de quedar la menor duda de que todas esas cosas son de provecho para los difuntos, pero sólo para quienes vivieron antes de su muerte de forma tal que puedan serles útiles después de ella. “(Sermón 172, 2)

 

“Estiman que debe preceder el sacramento del bautismo a la enseñanza de la vida y costumbres que practicará después, porque, si ha querido aprenderla y guardarla, lo habrá hecho con fruto; pero si no ha querido, conservando la fe cristiana sin la cual perecería eternamente, y aunque haya vivido en el pecado y en la inmundicia, se salvará como por el fuego, a la manera de uno que ha edificado, sobre el fundamento que es Cristo, no oro, plata y piedras preciosas, sino madera, heno y paja (1Co 3,11-12), es decir, no costumbres rectas y castas, sino malévolas e impúdicas.” (La fe y las obras I, 1)

 

"No es increíble que algo semejante suceda después de esta vida, y puede investigarse si es manifiesto o no que algunos fieles se salven a través de un cierto fuego purificador, tanto más tarde o más pronto cuanto más o menos amaron las cosas perecederas; siempre que, sin embargo; no sean de aquellos de quienes está escrito que no poseerán el reino de Dios, a no ser que, convenientemente arrepentidos, les fueren perdonados sus crímenes. He dicho convenientemente para que no sean estériles en limosnas, a las cuales otorga tal gracia la divina Escritura, que el Señor predice que sólo éstas tomarán en cuenta a los que están a la derecha, y la falta de ellas a los que están a la izquierda; porque a aquellos les dirá: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino; y a éstos: Id al fuego eterno (Mt 25, 34-41)” (Manual de fe, esperanza y caridad XVIII, 69)

 

"No se puede negar que las almas de los difuntos son aliviadas por la piedad de sus parientes vivos, cuando se ofrece por ellas el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia. Pero estas cosas aprovechan a aquellos que; cuando vivían, merecieron que les pudiesen aprovechar después. Pues hay un cierto modo de vivir, ni tan bueno que no eche de menos estas cosas después de la muerte, ni tan malo que no le aprovechen; más hay tal grado en el bien, que el que lo posee no las echa de menos, y, al contrario, lo hay tal en el mal, que no puede ser ayudado con ellas cuando pasare de esta vida. Por lo tanto, aquí se adquiere el hombre todo el mérito con que pueda ser aliviado u oprimido después de la muerte. Ninguno espere merecer delante de Dios, cuando hubiere muerto, lo que durante la vida despreció.

 

Estas cosas, que tan frecuentemente practica la Iglesia para socorrer a sus difuntos, no se oponen a aquella sentencia apostólica en que se dice: Pues todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para. que cada. uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones que hubiere hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo (Rm 14, 10; 2 Cor 5, 10). Porque también cada uno, mientras vivía en su cuerpo, se granjeó el mérito de que estas cosas le pudiesen aprovechar. Pero no a todos son útiles, y ¿por qué no lo son a todos, sino por la diversidad de vida que cada uno tuvo mientras vivía? Así, pues, los sacrificios, ya el del altar, ya el de cualquiera clase de limosnas, que se ofrecen por todos los bautizados difuntos, por los muy buenos, son acciones de gracias; por los no muy malos, tienen por objeto aplacar la justicia divina; por los muy malos, aunque no sean de ningún provecho para los difuntos, son de alguna consolación para los vivos. Mas a quienes aprovechan, o les aprovechan para la remisión plena o, por lo menos, para que la condenación se les haga más tolerable.” (Manual de fe, esperanza y caridad XXIX, 110)

 

“Nosotros, ciertamente, reconocemos la existencia de algunas penas purificadoras en esta vida mortal. No se trata de torturar la vida de aquellos que con un castigo no mejorarán, o incluso se volverán peores. Son purgativas para aquellos que con tales aflicciones se corrigen. Todas las demás penas, temporales o eternas, deben ser enjuiciadas a la luz de la divina Providencia, que ha de tratar a cada uno: se aplican por los pecados ya pasados o por aquellos en los que actualmente vive el castigado, o también para ejercitar o hacer brillar las virtudes por medio de los hombres o de los ángeles, sean buenos o malos.

 

Cuando uno padece algún mal, sea por la perversidad o el error de un tercero, peca, ciertamente, el hombre que por ignorancia o injusticia causa un mal a cualquiera; pero no peca Dios, quien, por un justo, aunque oculto designio, permite que esto suceda. Pero hay penas temporales que unos las padecen solamente en esta vida, otros después de la muerte y otros ahora y después. De todas maneras, estas penas se sufren antes de aquel severísimo y definitivo juicio. Mas no todos los que han de sufrir tras la muerte penas temporales caerán en las eternas, que tendrán lugar después del juicio. Habrá algunos, en efecto, a quienes se perdonará en el siglo futuro lo que no se les había perdonado en el presente (Mt 12, 36); o sea, que no serán castigados con el suplicio eterno del siglo futuro, como hemos hablado más arriba. "(La Ciudad de Dios, XXI, 13)

 

"La misma razón hay, por consiguiente, para no rogar entonces por los hombres condenados al fuego eterno que para no rogar ni ahora ni después por los ángeles malos. Y la misma razón también para no orar ahora por los infieles e impíos difuntos, aunque sean hombres. Cierto que la oración de la misma Iglesia o de otras personas piadosas es escuchada en favor de algunos difuntos; pero lo es en favor de aquellos regenerados en Cristo, cuya vida, durante el período corporal, no ha sido tan desordenada que se les considere indignos de una tal misericordia; ni tan ordenada que no tengan necesidad de esa misericordia. Así, una vez resucitados los difuntos, tampoco faltarán algunos a quienes, después de las penas que sufren las almas de los difuntos, se hará misericordia para que no sean enviados al fuego eterno. En efecto, no se diría con verdad de algunos que no se les perdonará ni en este mundo ni en el futuro si no hubiera otros a quienes se les perdonará en el futuro, aunque no se les perdone en éste (Mt 12, 32).

 

Ahora bien, una vez que el juez de vivos y difuntos haya pronunciado la sentencia: Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo; y, en cambio, a los otros: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; y luego: Irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna (Mt 25, 34-41.46): es de una incalificable presunción afirmar que se librará de un castigo eterno alguno de los que Dios aseguró que irían al suplicio eterno, y dar lugar por una total presunción a persuadirnos de que no hay por qué esperar en la otra vida, o al menos dudar de su eternidad."(La Ciudad de Dios , XXI, 24)

 

San Agustín también escribió una obra titulada “La piedad con los difuntos” en la que la oración por os difuntos sigue enseñándose. Finalmente, en su obra “Las herejías, dedicado a Quodvultdeo”, el mismo Padre coloca a Aerio entre los herejes, como lo había hecho antes que él San Epifanio de Salamina, por haber negado, contra la doctrina y la tradición de todos los tiempos, la utilidad de la oración por los difuntos. Ambos nos atestiguan que fue considerado en la Iglesia como una de las verdades reveladas y conocidas por la tradición apostólica; Cito a San Agustín:

 

“Un tal Aerio, el cual, siendo presbítero, se dice que estaba muy dolido de que no pudo ser obispo, y cayendo en la herejía de los arrianos, añadió de su cosecha algunos dogmas, afirmando que no era conveniente hacer ofrendas por los difuntos” (Las herejías, dedicado a Quodvultdeo. 53).

 

La madre de San Agustín, Santa Mónica le dijo a su hijo:

 

“Enterrad este cuerpo en cualquier parte, ni os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis” (Las Confesiones IX, 27)

 

San Cesáreo de Arles (c. 470-542)

 

"Pero si no damos gracias a Dios en las tribulaciones ni redimimos nuestros propios pecados con buenas obras, tendremos que permanecer en ese fuego del purgatorio mientras esos mencionados pecados leves se consuman como la madera y el heno y paja. "(Sermón 179, 4)

 

Los cismas del siglo V

 

Los cismas de la Iglesia Copta “Ortodoxa” en 449 y de la Iglesia Nestoriana en 451 que practican la oración por los difuntos son un testimonio de la práctica universal de la Iglesia de la época.

 

San Gregorio Magno (540-604)

 

“Tal como uno sale de este mundo, así se presenta al juicio. Pero se ha de creer que hay un fuego purificador para expiar las culpas leves antes del juicio. La razón para ello es que la Verdad afirma que, si uno dice una blasfemia contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este siglo ni en el venidero. Con esta sentencia se da a entender que algunas culpas pueden perdonarse en este mundo y algunas en el otro, pues, lo que se niega respecto a unos, hay que comprender que se afirma en relación a otros. Sin embargo, tal como ya he dicho, se ha de creer que esto se refiere a pecados leves y de menor importancia.". (Diálogos IV, 39: PL 77,396)

 

Esta declaración muestra que algunos pecados no son perdonados ni en este mundo ni en el próximo, pero que otros pueden ser perdonados en el próximo mundo. Como podemos ver, en el 593 San Gregorio sí dijo una palabra sobre el Purgatorio, pero no dijo nada más que lo que ya se creía antes que él, y como vimos, ni siquiera fue él quien uso la palabra "Purgatorio" por primera vez.

 

Vamos mas testimonios que nos presenta la historia.

 

San Isidoro de Sevilla (c.565-636)

 

“Porque la oblación del sacrificio y la oración por el resto de los fieles que han fallecido se hacen en la Iglesia en toda la tierra, creemos que fueron los Apóstoles quienes nos dejaron esta costumbre por tradición. Ahora, la Iglesia lo observa en todas partes. Es cierto que, si ella no creyera que los fieles pueden obtener el perdón de sus pecados, no daría limosna para el alivio de sus almas, y no ofrecería el sacrificio a Dios por ellos ". (Libro de Oficios Divinos, c. 415).

 

San Beda el Venerable (c. 672 / 673-735) habla del Purgatorio ubicándolo (erróneamente) en una montaña: esto prueba que creía en él.

En 998   San Odilón, el padre abad de Cluny instituyó la Conmemoración de los fieles difuntos, el “día de los difuntos” el 2 de noviembre.

El cisma de la iglesia griega, conocida como "ortodoxa", tuvo lugar en 1054. Ella practica la oración por los difuntos, aunque se desvía de estos últimos.

Una vetusta utilización del término aparece en un sermón atribuido por unos, a Hildebert de Lavardin, obispo de Lemans (m.1133); por otros, a Pedro el Comedor (m.1179); y por otros, a Odón d’Ourscamp (m.1171).

 

Pierre le Chantre (hacia 1170-1197) fue el primer maestro en integrar el Purgatorio en la educación teológica en la escuela Notre-Dame de Paris.

 

A finales del siglo XII y principios del XIII, en muchas vidas de santos (sea cual sea la época) aparecen tradicionalmente relatos de petición y ayuda a través de la oración de los difuntos, pidiendo su voto para aliviar su sufrimiento. Expiatorios y alcanzar las alegrías del cielo, o descripciones del purgatorio.

 

En el siglo XIII, las Órdenes Mendicantes y San Francisco de Asís a la cabeza jugaron un papel importante en la transmisión de la fe sobre el purgatorio, en las homilías y sermones, en los ejemplares , en los testamentos. La caridad fraterna de los franciscanos se ejerce más allá de la muerte.

 

El hermano Reginaldo de Piperno, secretario de Santo Tomás de Aquino (c. 1225-1274), evoca el purgatorio (preguntas 70 y 71) y la oración por los difuntos (sufragios) en un Tratado sobre los últimos fines escrito a partir de notas de conferencias de su maestro:

 

“El fuego del purgatorio es eterno en sustancia; pero la acción purificadora que opera dura sólo un tiempo. [Las penas] del purgatorio tienen como finalidad principal borrar los restos del pecado: por eso se les da el único nombre de fuego, porque el fuego purifica y consume ... Hay dos penas en el purgatorio: la pena de presa, l aplazamiento de la vista de Dios; el dolor del sentido, el tormento infligido por el fuego. El menor grado de cualquiera supera el mayor dolor que uno puede soportar aquí abajo ... si uno muere en estado de gracia, el pecado venial es remitido, en el otro mundo, por el fuego del purgatorio. De hecho, el sufrimiento que causa, y que es voluntario en la forma explicada anteriormente, recibe de la gracia el poder de expiar cualquier pecado que no sea incompatible con la gracia ... Las mismas expresiones escriturales pueden contener varios significados. El "fuego" en cuestión aquí puede designar los sufrimientos de este mundo o los del otro mundo, que ambos purifican del pecado venial, mientras que la muerte, como simple fenómeno natural, está ahí. Desamparada, como hemos dicho ".

 

También hay una mención del Purgatorio en la Suma Contra Gentiles, Libro IV, Capítulo 91 por su maestro, Santo Tomás. Santo Tomás cita varias formas de ayuda a los difuntos: además de la oración, el ayuno y la limosna:

 

“Pero a veces acontece que tal purificación ano se realiza totalmente en esta vida, permaneciendo el hombre deudor de la pena, ya por alguna negligencia u ocupación, o también porque es sorprendido por la muerte. Mas no por esto merece ser excluido totalmente del premio, porque pueden darse tales cosas sin pecado mortal, que es el único que quita la caridad, a la cual se debe el premio de la vida eterna, como se ve por lo dicho en el libro tercero (capítulo 143). Luego es preciso que sean purgadas después de esta vida antes de alcanzar el premio final. Pero esta purificación se hace por medio de penas, tal como se hubiera realizado también en esta vida por las penas satisfactorias. De lo contrario, estarían en mejor condición los negligentes que los solícitos, si no sufrieran en la otra vida la pena que por los pecados no cumplieron en ésta. Por consiguiente, las almas de los buenos, que tienen algo que purificar en este mundo, son detenidas en la consecución del premio hasta que sufran las penas satisfactorias.

 

Y ésta es la razón por la cual afirmamos la existencia del purgatorio, refrendada por el dicho del Apóstol: “Si a obra de alguno se quemase, será perdida; y él será salvo, como quien pasa por el fuego”. A esto obedece también la costumbre de la Iglesia universal, que reza por los difuntos, cuya oración sería inútil si no se afirmara la existencia del purgatorio después de la muerte; porque la Iglesia no ruega por quienes están en el término del bien o del mal, sino por quienes no han llegado todavía.”. (Suma Contra Gentiles. Libro IV, 91)

 

Tradicionalmente, todavía se ofrecen misas por el descanso de los difuntos.

 

En 1254, una carta del Papa Inocencio IV al legado Odo of Châteauroux en Chipre, pide que los griegos acepten la definición del Purgatorio como un lugar donde uno purga los pecados veniales, pero no mortales.

 

En 1274, el Papa Gregorio X, en Segundo Concilio de Lyon:

 

"Mas, por causa de los diversos errores que unos por ignorancia y otros por malicia han introducido, dice y predica que aquellos que después del bautismo caen en pecado, no han de ser rebautizados, sino que obtienen por la verdadera penitencia el perdón de los pecados. Y si verdaderamente arrepentidos murieren en caridad antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por sus comisiones y omisiones, sus almas son purificadas después de la muerte con penas purgatorias o catarterias, como nos lo ha explicado Fray Juan; y para alivio de esas penas les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, a saber, los sacrificios de las misas, las oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad, que, según las instituciones de la Iglesia, unos fieles acostumbran hacer en favor de otros.”

 

Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301 o 1302), benedictina alemana, afirma haber sido dotada de revelaciones privadas sobre el Purgatorio. Para la liberación de las almas del Purgatorio, Cristo incluso le cede un rosario .

 

En 1336, la bula Benedictus Deus del Papa Benedicto XII enseña el Purgatorio.

 

Una carta del Papa Clemente VI al “Catholicon” de los armenios fechada el 28 de septiembre de 1351 dice: “Queremos saber, si creíste y crees que existe el purgatorio al cual descienden las almas de los que mueren en gracia, las cuales todavía no satisficieron por medio de una completa penitencia de sus pecados. Asimismo, si creíste y crees, que son atormentadas por el fuego temporalmente, y que, luego de purificadas, aun antes del día del juicio, van a verdadera bienaventuranza, que consiste en la visión facial y amor de Dios”. 

 

En 1439, el Concilio de Florencia enseña definitivamente la existencia del Purgatorio con la siguiente definición dogmática: “…Asimismo, si los verdaderos penitentes salieren de este mundo antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purgadas con penas purificatorias después de la muerte, y para ser aliviadas de esas penas, les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, tales como el sacrificio de la misa, oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad, que los fieles acostumbran practicar por los otros fieles, según las instituciones de la Iglesia. Y que las almas de aquellos que después de recibir el bautismo, no incurrieron absolutamente en mancha alguna de pecado, y también aquellas que, después de contraer mancha de pecado, la han purgado, o mientras vivían en sus cuerpos o después que salieron de ellos, según arriba se ha dicho, son inmediatamente recibidas en el cielo…"

 

Por tanto, el Concilio de Florencia no hace más que definir dogmáticamente una verdad que la Iglesia siempre ha creído; además, podemos ver que no fue él quien creó la palabra “Purgatorio” (ya existía antes).

 

Santa Teresa de Ávila (1515-1582) afirma haber visto a Cristo pedirle que rezara por un monje que murió en olor de santidad y cuya alma, sin embargo, está en el Purgatorio.

 

El 1520, Lutero escribió:

 

“Nunca he negado la existencia de un purgatorio. Sigo sosteniendo que existe, como he escrito y admitido muchas veces, aunque no he encontrado ninguna manera de probarlo incontrovertiblemente a partir de las Escrituras o la razón. " (En Luther’s Works, Vol. 32:95-96)

 

Entre 1536 y 1559, Calvino dijo:

 

“Siendo una costumbre muy antigua rezar por los difuntos, no hay que menospreciar tal práctica.” (Institución de la Religión Cristiana, Libro III, c. 5, párr. 10).

 

En 1563, el Concilio de Trento afirmó la existencia del Purgatorio como una "Sana doctrina"

 

“Habiendo la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, según la doctrina de la sagrada Escritura y de la antigua tradición de los Padres, enseñado en los sagrados concilios, y últimamente en este general de Trento, que hay Purgatorio; y que las almas detenidas en él reciben alivio con los sufragios de los fieles, y en especial con el aceptable sacrificio de la misa; manda el santo Concilio a los Obispos que cuiden con suma diligencia que la sana doctrina del Purgatorio, recibida de los santos Padres y sagrados concilios, se enseñe y predique en todas partes, y se crea y conserve por los fieles cristianos. Exclúyanse empero de los sermones, predicados en lengua vulgar a la ruda plebe, las cuestiones muy difíciles y sutiles que nada conducen a la edificación, y con las que rara vez se aumenta la piedad. Tampoco permitan que se divulguen, y traten cosas inciertas, o que tienen vislumbres o indicios de falsedad.” (Sesión XXV)

 

El teólogo Cándido Pozo nos dice lo siguiente referente a las definiciones magisteriales sobre el Purgatorio.

 

“Este segundo decreto de Trento es disciplinar («manda»), pero supone que la doctrina del purgatorio es de fe (la alusión a los Concilios precedentes—sobre todo, el de Florencia—y a su propia definición en la sesión 6.a; además «manda a los obispos que procuren» que la doctrina del purgatorio «sea creída» por los fieles)

 

En los términos, por tanto, que acabamos de expresar, la doctrina del purgatorio es una verdad de fe divina y católica, definida en el Concilio de Florencia y, de nuevo, en la sesión 6.a del Concilio de Trento (no en el decreto disciplinar)” (Cándido Pozo, Teología del más allá. p. 246)

 

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Richbell Meléndez, laico católico dedicado a la apologética, colaborador asiduo de distintas páginas de apologética católica y tutor de la escuela de apologética online DASM.