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Tomado de
José M. Bover
Teología de San Pablo
BAC, Madrid, 1967, pp. 461-469.

CIUDAD DEL VATICANO, 22 sep (ZENIT.org).- La beatificación del Papa Pío IX (Giovanni Mastai-Ferretti 1792-1878), el pasado 3 de septiembre, ha sido una de las más polémicas de la historia. Juan Pablo II, en la ceremonia, reconoció que ha sido «un Papa muy querido y también muy calumniado».

En general, las polémicas en torno a este obispo de Roma, que gobernó la Iglesia del 6 de junio de 1846 al 7 de febrero de 1878, son fruto de posiciones ideológicas o de interpretaciones de vicisitudes extrapoladas de su contexto histórico. Con el objetivo de ofrecer una contribución lo más objetiva posible en el esclarecimiento de esta figura histórica, que falleció hace 122 años, Zenit ha realizado una investigación en la que se analizan las principales acusaciones lanzadas (y a veces vociferadas) contra Pío IX.

 

Lo hacemos en el contexto que delimitó el mismo Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación de este pontífice: «La santidad vive en la historia y todo santo no está exento de los límites y condiciones propios de nuestra humanidad. Al beatificar a uno de sus hijos, la Iglesia no celebra particulares opciones históricas realizadas por él, más bien lo propone a la imitación y a la veneración por sus virtudes, para alabanza de la gracia divina que en ellas resplandece».

Algunos críticos acusan hoy a Pío IX de haber sido un Papa-Rey, autoritario y brutal. Las crónicas, sin embargo, lo recuerdan como un pontífice justo y bueno con sus súbditos. Lo demuestran algunos hechos.

Los impuestos pagados en aquella época en el Estado Pontificio eran la mitad de los que se exigían en Francia e incluso un cuarto de los que se pagaban en Inglaterra.

Se acusa a Pío IX de ir contra el progreso, sin embargo, en una época en la que viajar en tren era un privilegio para pocos, hizo construir cuatrocientos kilómetros de ferrocarril, emprendió grandes obras públicas, como la aspiración de los terrenos cenagosos de Ostia y Ferrara, bonificó y promovió la agricultura, amplió los principales puertos que se asoman al mar Adriático, promovió desde 1847 la iluminación con gas, dio un impulso decisivo a las excavaciones arqueológicos y a las obras de restauración. Bajo su gobierno, Roma tenía un hospital por cada 9 mil habitantes, mientras que Londres, que entonces se encontraba en la cumbre del Imperio, tenía uno por 40 mil habitantes. Roma disponía de un instituto de beneficencia por cada 2.700 habitantes; Londres uno por cada 7 mil. Entre 1850 y 1870, Pío IX promovió jardines de infancia, dormitorios para las personas sin techo, hornos que vendían pan a precios muy bajos para los indigentes, casas populares, dispensarios médicos gratuitos para los pobres. A partir del 15 de marzo de 1847, Pío IX promulgó en Roma una amplia libertad de prensa, como nunca antes se había visto en un Estado italiano.

 

Los historiadores, incluso los que no comparten sus ideas, hablan de él como un pontífice bueno y caritativo.

Cuando era un joven sacerdote, Giovanni Mastai-Ferretti pasó muchos años en el orfelinato romano de Tata Giovanni, centro de formación profesional para muchachos abandonados. Como obispo de Spoleto, más tarde, tras el terremoto que flageló la diócesis, intervino para reconstruir 328 casas, monasterios y conventos. Siendo obispo de Ímola, Para ayudar a los pobres, vendió la cubertería de plata de la diócesis. Vivió siempre en pobreza, incluso cuando fue elegido Papa, que en aquella época era también monarca de los territorios pontificios: redujo el número de sus cortesanos, vendió la mayor parte de sus caballos, hizo disminuir el precio del pan y de la sal, promovió obras públicas para los desempleados, logró que los gastos diarios para comida no superaran nunca las cinco liras. El 17 de julio de 1846 concedió la amnistía para los delitos políticos, liberando a 1.643 encarcelados, muchos de los cuales habían cometido atentados contra la Iglesia. Sacó de la cárcel a muchos prisioneros por deudas pagando con su bolsillo a los acreedores.

Como el mismo Papa recordó el día de la beatificación y al día siguiente, en Roma se le recuerda por su cercanía a la gente: le gustaba predicar en las parroquias, administrar los sacramentos en las iglesias y en los hospitales, encontrarse con los pobres y necesitados vestido de cura sin ningún tipo de etiqueta.

En su testamento pidió «no gastar más de 400 escudos para su tumba». Siendo Papa se adeudó personalmente para ayudar a la población romana castigada por una epidemia de cólera. Tras la victoria de las tropas pontificias en Mentana, se encontró con los prisioneros de las tropas de Giuseppe Garibaldi (1807-1882), el general italiano que desempeñó un papel decisivo en la unificación de Italia y conquista de los Estados Pontificios, les ofreció vestidos y les devolvió la libertad.

De familia noble, Giovanni Mastai-Ferretti utilizó todos sus haberes para la caridad. La población era bien consciente de su sensibilidad y, por este motivo, se dirigía a él para pedir ayuda. Por su bondad, era llamado «Papa angélico». (ZS00092203)
Pío IX, ¿enemigo de los judíos?Hablan los documentos históricos

CIUDAD DEL VATICANO, 22 sep (ZENIT.org).- Hoy se dice que Pío IX fue enemigo de los judíos, una acusa que la Iglesia rechaza, pues como ha confirmado José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, «precisamente a Pío IX se debe la liberación de los judíos de Roma, el 17 de abril de 1848».

«La noche de Pascua, por orden del Papa, se echaron por tierra las puertas del ghetto de Roma, con una medida que se adelantó al resto de las legislaciones europeas. El mismo Pío IX decretó la abolición de indignos y humillantes cumplimientos, que gracias a él dejaron de ser considerados como extranjeros en Italia. Hizo concesiones notables a los judíos. Los hizo partícipes de las limosnas papales y los liberó del tributo que todos los años, con un humillante cortejo, debían llevar al Capitolio».

Testimonios judíos

Los judíos dieron gracias por todo ello. En signo de gratitud, un judío de Livorno, al morir, dejó al Papa 30 mil escudos, que él entregó a los pobres del ghetto de Roma.

El 21 de septiembre de 1858, las autoridades religiosas judías de Alemania enviaron un mensaje al Vaticano en el que se escribía: «El nombre de Pío IX nos causa respeto y amor, pues conocemos los beneficios que desde el principio de tu reino has ofrecido a nuestros hermanos».

Atestigua también a favor de Pío IX el salmo escrito por Mosè Israel Kazzam, rabino jefe de la Universidad israelita de Roma, escrito en Roma en 1847 (cf. Zenit del 27 julio, ZS00072705).

La comunidad judía de Lugo, en la provincia italiana de Romagna, con motivo de la visita de Pío IX en el verano de 1857 escribió y publicó un himno bilingüe en italiano-hebreo, en el que se decía: «A él le corresponde su nombre; pues es justo en sus caminos, Pío en sus obras... También los hijos de Israel que viven a su sombra, se alegran con su llegada, se regocijan pues también por ellos se conmovieron sus entrañas; dirigió sus ojos al resto de Jacob».

El himno y otros dos documentos editados por judíos de esa misma comunidad han sido republicados por «Il Nuovo Diario- Il messaggero», semanario de Ímola. En estos tres documentos, se puede ver cómo el rabino jefe de Lugo de Romagna, Elia Gallico, compuso el 26 de junio de 1846 un himno con motivo de la elección de Mastai-Ferretti a la sede de Pedro. El segundo documento es un retrato poético de Pío IX escrito por Moisè Leone Finzi de Ferrara. El tercer documento es el himno que acabamos de citar.

Se trata de documentos interesantes que muestran el gran cariño que sentían los judíos por Pío IX. No se han encontrado documentos semejantes con motivo de la elección de otros papas.

 

Una afirmación distorsionada

Algunas de las críticas de antisemitismo lanzadas contra Pío IX se basan en una frase, sacada de contexto, en la que decía: «Los judíos eran hijos de Dios, pero se convirtieron en perros por su dureza de corazón».

Para comprender la afirmación, nos hemos remontado al texto original. El 24 de agosto de 1871, un mes antes de que las tropas de los Saboya conquistaran el Estado vaticano, Pío IX se encontró con la Pía Unión de las Mujeres Católicas, a quienes dijo: «Cuando nuestra fe triunfe ante los ataques de éstos, nuestros enemigos, entonces ciertamente tendrá lugar la liberación. Os recomiendo en especial a vosotras, Pías Mujeres, que tengáis esta fe y que, según vuestra fe, trabajéis incansablemente con confianza y fervor, como ya veo que hacéis, y no abandonéis nunca la oración».

«Recordad el ejemplo de la Cananea (Mateo 15, 21-28) --continuó diciendo el pontífice--. La Cananea era una mujer buena, aunque gentil. Pidió a Jesucristo la gracia de la liberación de su hijita, poseída por el demonio que la vejaba. Pero Jesucristo no la escuchó y, al final, como indignado, respondió que no era conveniente tomar el pan de los hijos y dárselo a los perros. "Sí --decía la mujer--; tú has venido para dar el pan también a los perros; pues incluso los mismos perros recogen las migas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús se dio la vuelta e hizo una apología de aquella buena mujer y alabó su fe, y la consoló con la gracia liberando a su hijita. De este modo, dejó de ser perro, para convertirse también ella en hija. Pues bien, los judíos, que eran hijos en la casa de Dios, por su dureza e incredulidad, se convirtieron en perros. Y hay muchos de estos perros hoy día en Roma y escuchamos cómo ladran por todas las calles, y nos están molestando en todo lugar. Esperamos que vuelvan a ser hijos. Nosotros, mientras tanto, imitemos la humildad y la constancia de la Cananea y no dudéis que, si se hizo digna de las misericordias de Dios ella, que era gentil, nosotros también seremos dignos, pues somos hijos de Dios (Discursos del Sumo Pontífice Pío IX pronunciados en el Vaticano a los fieles de Roma y del Orbe: desde el inicio de su cautiverio hasta el presente/ recogidos por primera vez y publicados por Pasquale De Franciscis. -- Roma : Tip. G. Aurelj, 1872. 535 p. ; 20 cm.)

Entrevistado sobre el sentido de esta cita por Zenit, monseñor Brunero Gherardini, postulador de la causa de beatificación, ha explicado que «ya después de la muerte de Pío IX, los enemigos de la Iglesia trataron de hacer especulaciones con esta frase, aislando del contexto y sin tener en cuenta la referencia evangélica. Por este motivo, nunca fue interpretada por los historiadores serios como una ataque contra los judíos, y de hecho no se menciona en los 12 volúmenes de la "positio", es decir, la relación en la que se pide la beatificación. En el proceso de beatificación de Pío IX, el defensor de la fe, conocido con el nombre de "abogado del Diablo", planteó 13 oposiciones a la causa sobre cuestiones específicas, pero ninguna de estas refería la frase. Esta frase no aparece ni siquiera en la deposición de los testigos».

 

Según monseñor Gherardini, la frase incriminada tiene que ser interpretada también en el contexto de la época. Pío IX, «al hablar de los ataques violentos incluso amenazaban a su persona, pretendía reflexionar sobre aquellos a quienes él trató cómo hijos y que se comportaron como perros. Lo dijo con la esperanza de que volvieran a ser hijos».

Por otra parte, diferentes escritores judíos han hablado sin hostilidad de Pío IX. Abraham Berliner, por ejemplo, en su «Historia de los judíos de Roma» («Storia degli ebrei di Roma», Rusconi 1992), escribe que Pío IX era benévolo con los judíos. Nada más ser elegido, «pensó también en los inocentes del ghetto, en los judíos que allí vivían como en una prisión, y dispuso que aquellos que se encontraban en restricciones económicas recibieran las ayudas con las que dio algo de alegría a los pobres de Roma».

El caso Mortara

Otro de los motivos por los que se ha acusado a Pío XII de estar contra los judíos se debe al caso de Edgardo Mortara. Es la historia de un niño que nació en el seno de una familia judía pero que fue bautizado en circunstancias extremas --estaba a punto de morir-- por una persona, sin que lo supieran sus padres. El niño se salvó, pero surgió la pregunta: ¿es posible no educar en la fe a un bautizado? Se trataba de un interrogante dramático en aquella época. Al final, el Papa decidió asignar la educación del niño a instituciones de la Iglesia, quitando la patria potestad a sus padres. Se trata indudablemente de una decisión polémica, que hay que comprender en su contexto histórico. Por este motivo, en lugar de entrar en disquisiciones, Zenit ha preferido que sea la misma historia la que hable y ha traducido al inglés la deposición que presentó Edgardo Mortara, después de la muerte del Papa, en el proceso de su causa de beatificación. El texto en inglés puede consultarse en:

 

 

Como se puede ver, al final de la misma, Mortara reconoce claramente la santidad de vida del pontífice. Es lógico que su testimonio fue decisivo para que la Santa Sede y el Papa aprobaran su beatificación.

Gestos de benevolencia a favor de los judíos

Entre las diferentes pruebas de benevolencia de Pío IX, en nuestra investigación hemos constatado su decisión de entregar 300 escudos a familias judías pobres y el ofrecimiento de un subsidio de 60 escudos establecido para las familias cristianas con doce hijos.

Durante la epidemia de cólera que flageló Roma en 1868, Pío IX dispuso particulares ayudas para los judíos afectados y asignó once medallas de plata a los médicos judíos que se habían caracterizado por su abnegación.

Las aperturas introducidas por Pío IX hacia los judíos fueron tales que, en el Consejo de Administración del Banco del Estado Pontificio, una de las figuras de relieve fue el señor Emanuele Alatri, exponente de la comunidad judía. (ZS00092204)
Pío IX y Juan XXIII, ¿dos Papas contrapuestosEl sueño del Papa bueno era beatificar a quien convocó el Vaticano I

 

CIUDAD DEL VATICANO, 22 sep (ZENIT.org).- El intento de contraponer la beatificación de los dos Papas, Juan XXIII y Pío IX, por considerar que tenían dos concepciones diferentes de la Iglesia ha sido totalmente desmentida por los hechos.

Describir a los dos pontífices como el bueno y el malo, el moderno y el antimoderno, el progresista y el retrógrado, parece obedecer más a las leyes del periodismo sensacionalista que a los criterios de análisis serio histórico.

El Papa Juan XXIII fue de hecho el mayor devoto de Pío IX y se inspiró en él a la hora de convocar e inaugurar el Concilio Vaticano II. Juan XXIII expresó públicamente el deseo explícito de beatificar a Pío IX a finales del Vaticano II.

En 1959, el Papa Juan XXIII escribió a monseñor Giuseppe Angrisani, obispo de Casale Monferrato, al final de los ejercicios espirituales que éste último había predicado en el Vaticano: «Siempre me acuerdo de Pío IX, de santa y gloriosa memoria; e imitándole en sus sacrificios, quisiera ser digno de celebrar su canonización».

El 12 de enero de 1959, cuatro meses antes desde su elección como Papa, el cardenal Angelo Roncalli envió una nota a monseñor Alberto Canestri, que entonces era postulador de la causa de beatificación de Pío IX, en la que escribía: «Humilde pero fervorosamente bendigo a su persona y me sentiría muy contento de recibirle en audiencia, y le aliento en su santa empresa que me interesa mucho, la glorificación de Pío IX».

 

El 22 de agosto de 1962, en audiencia pública, al recordar la fiesta del Corazón Inmaculado de María, Juan XIII, hablando de Pío IX, dijo: «Figura excelsa y noble de pastor, del que se escribió acercándole a la imagen de nuestro Señor Jesucristo, nadie como él fue tan amado y tan odiado al mismo tiempo. Pero sus empresas, su dedicación a la Iglesia brillan hoy más que nunca; la admiración es unánime. Que el Señor me conceda el gran don de poder decretar los honores del altar durante la celebración del XXI Concilio Ecuménico para aquel que convocó y celebró el XX, el Vaticano I » («Discorsi, messaggi, colloqui del santo padre Giovanni XXIII», Tipografia poliglotta Vaticana, Città del Vaticano 1960-1967, vol. IV p.849)

El 8 de diciembre de 1960, Juan XXIII se presentó a sí mismo como un imitador de Pío IX con estas palabras: «¡Su figura se eleva ante nosotros y nos guía! Nos propone el camino justo y nosotros, con la ayuda de Dios, queremos imitarle y le imitaremos siguiendo en nuestro ministerio apostólico: con calma, con mansedumbre, con paciencia inexpugnable, con seguridad, ardor y con la esperanza de la victoria espiritual, independientemente de lo que suceda» («Discorsi, messaggi,
colloqui del santo padre Giovanni XXIII», Tipografia poliglotta Vaticana, Città del Vaticano 1960-1967,volume III p.77).

 

A diferencia de lo que afirman quienes contraponen el Concilio Vaticano II al Vaticano I, Juan XXIII era un gran defensor del Concilio Vaticano I.

El 24 de noviembre de 1960, comentando las actas del primer Sínodo diocesano romano, Juan XIII, que pronto cumpliría los ochenta años, dijo: «En este día, sintiendo alrededor de nuestra humilde persona el eco de tantas buenas palabras de auspicio para que se prolongue la vida que el Señor nos ha concedido, pensemos en nuestro venerado predecesor, Pío IX, de gloriosísima y santa memoria, que precisamente a nuestra edad, al terminar su 79 año de vida, como nos sucede ahora, se preparó para la apertura inmediata del Concilio Vaticano I, que tanto beneficio debería aportar a la Iglesia en el mundo entero a nivel espiritual y pastoral» («Discorsi, messaggi, colloqui del santo padre Giovanni XXIII», Tipografia poliglotta Vaticana, Città del Vaticano 1960-1967, vol. III pp. 50-51).

El Papa Roncalli no se cansó nunca de indicar a Pío IX como ejemplo: «Oh grande Pío IX --dijo al inicio del Concilio Vaticano II--, amable y fuerte, custodio inflexible de la verdad y previdente apóstol de los tiempos modernos! ¡Qué ejemplo sigue dándonos de auténtica grandeza, de constancia tenaz, de luminosa prudencia, de consuelo y aliento en nuestras humildes pero generosas empresas!» («Discorsi, messaggi, colloqui del santo padre Giovanni XXIII», Tipografia poliglotta Vaticana, Città del Vaticano 1960-1967, vol. I pp. 9-10). (ZS00092206)

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