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Es flaqueza humana querer interpretar hechos históricos sin hacer un esfuerzo leal a fin de llegar a la mayor objetividad alcanzable con soluciones inteligentes y razonables. Aún haciéndolo con rigor, ánimo y vigor, nuestra percepción estará siempre condicionada en el marco de los actuales conocimientos y experiencias. Este condicionamiento propio de la aventura humana no nos exime de ser fidedignos, verídicos y fieles en el trato o en el desempeño con el estudio de hechos puntuales que la historia nos muestra. Comprender que otras culturas –en otras épocas, con otros lenguajes, delante de otras cuestiones de otros hombres- han hecho también sus propias afirmaciones. Cabe recordar la expresión de Montalembert, quien escribía: "Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada". Todos, creyentes o no, católicos o no, nos guste o no, tenemos una deuda con el pasado y todos, en lo bueno y en lo malo, estamos comprometidos con él. Podemos hoy estar en desacuerdo con la ópera de Galeano (129-201- médico importante), que concebía la salud como el equilibrio de las cuatro cualidades «calor, frío, humedad y sequedad» e inicia a indagar las etiologías de las enfermedades y del contagio. Sin embargo fue útil y necesario para llegar al actual conocimiento de la medicina. Estamos todos endeudados con el pasado porque nadie escapa a la impresión de la historia. ¿Acaso algo de la humano no me pertenece?.

La conducta de nuestros antepasados debemos afrontarla con honestidad ya que, como recordaba Cicerón, lo razonable y probo dimana de cuatro fuentes: el conocimiento, el sentimiento de comunidad humana, la magnanimidad y la tendencia a la moderación. Templanza, cordura y sensatez son exigidas por la verdad que tiene no sólo el derecho, sino la obligación de defenderse de la mentira, adquiera ésta la forma que fuere. Hay hoy penuria de historia fiable y, por el contrario, contamos con abundancia de fábulas y calumnias odiosas.

Ciertamente que al juzgar la historia cometemos indefectiblemente errores.

Es humano, pero también es humano hacer todo lo posible para evitar tener que corregir el error, ya que cada uno percibe la realidad y a los demás según su propia capacidad; capacidad ésta siempre desigual la de hoy, a la del pasado y a la del mañana. Analizar con rigurosidad y exactitud permanentes.

 

Aprender del pasado es continuar a colmar la experiencia histórica de la humanidad. Al decir de Confucio: "aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso". Como nos dijo Aristóteles: "lo más importante si quisiéramos llegar a la conclusión correcta es hacer la pregunta correcta". Cuestionarnos a qué sirven conjeturas capciosas, retóricas, rumores o argumentos que no están solidamente fundamentados; saber bien hacer un análisis moderado que busque tener la mayor objetividad posible, dando así pensamientos a continuar en caminos iluminados por la luz de nuestros días. Cada historia parcial ilustra y enriquece una historia común que cobra su pleno sentido en el marco de una historia europea y aún en el alma de una historia universal. Así pues, es necesaria una historia útil, crítica, rigurosa y siempre actualizada; moralmente neutra y políticamente desinteresada, que nos inmersa de lleno en los debates que dan sentido a la vida intelectual y nos ayudan a «comprender» la auténtica realidad en la que vivimos. Que nos lleve a la cuna del pensar participando a mejor y bien vivir, evitando conductas claramente reprochables como anómalas.

Escudriñar la historia sin ignorancia ni tergiversación; presentar la historia y hechos con las debidas conexiones generales y dentro de un contexto temporal, político, social, religioso, etc. Lograremos entonces, evitar tanta deformación dejando el pasado como irreconocible; sobre todo, huyendo de esa mórbida manía de proyectar hacia la realidad o la historia, sus propias confabulaciones, fantasías y resentimientos. Sólo el mitómano crea fábulas o inventa (su) historia, donde todo es verosímil pero casi nada es verdadero. Ella es una historia ininterpretable; conducta delictiva que deshonra. Una historia incorrecta y deforme no corrige ni prepara al hombre destinado a la felicidad y a la belleza. No amonesta e inicia un proceso ulceroso y largo; infectada de mentiras y capciosidades, enferma los pueblos más indefensos.

Siembra semillas de resentimiento endureciendo el corazón y no permite instruir rectamente, causando disgusto y desazón por tanto vituperio.

No permite pasar de la ignorancia a la sabiduría, de la insensatez a la cordura, de la incontinencia al dominio de las pasiones, no amonesta ni educa.

 

Manía, extravagancia y despropósito en que continúan a caer los inquisidores y constructores de «leyendas negras» precisamente porque no presentan documentos fiables, irrefutables, irreprochables y con rigor «académico-apodíctico» frente a sus delirios y disparates. Con soltura y facilidad dividen la historia, presentan escritos sin la capacidad de verificación, unifican épocas consideradas esencialmente diferentes, por ejemplo: la historia política de la Europa de los siglos XVI y XVII no fue, evidentemente, la de los siglos XIV s XV, pero convertir 1453, 1492 o 1500 en rígidas líneas divisorias, hace difícil comprender el por qué de muchos acontecimientos sucedidos tras el ocaso del Medioevo. Llegase de esta manera a la esencia de la ruin manipulación informativa, puesto que, una de las necesidades más básicas para manipular no es encontrar una mentira que divulgar, sino contar con verdades útiles. El perverso requiere ser creíble, de lo contrario no contará con arrastre y no será oído. Por eso busca con afán verdades para deformarlas, exagerarlas, recortarlas y desfigurarlas hasta hacerlas irreconocibles en su sentido, pero idénticas en apariencia. Con tales procedimientos «hartos de orgullo», la difamación y calumnia son pasto de sus cortedades de alcance y de miras. Decía Karl Popper que "es imposible convencer a alguien mediante razonamientos de que cambie una convicción a la que no ha llegado mediante el razonamiento". Los tergiversadores saben de ser manipuladores y, concientes son, que la manipulación donde mejor arraiga es en la ignorancia. Como dice Sánchez Cámara: "Resaltar los errores, propios, por otra parte, de la condición humana, y minimizar los aciertos, también, sin duda, propios de la condición humana, es una manera de tergiversar la verdad e incumplir el imperativo de veracidad que debe presidir la actividad periodística. El error puede ser disculpable; la mentira, no" (ABC-XXIII. XI. MMI.)

Todos estamos obligados a informarnos amplia y correctamente, enterarnos bien antes de escribir, principio básico para todo escritor. Ser atento y de recta conciencia para no manipular y tanto menos calumniar. Saber que manipular la información es rara vez alterarla, y es casi siempre omitir en parte la verdad del facto e ignorar el contexto. Texto sin contexto, es puro pretexto. Fray Luis de León decía: "Para hacer el mal, cualquiera es poderoso."

 

No nos dejemos seducir por lo que dijo Pepita que se lo dijo fulano que encontró una fotocopia en la cesta universitaria -bajo el polvo de la sospecha; eso es un modus operandi residual, carente de evidencia e inteligencia.

Un libro histórico merece credibilidad cuando reúne tres condiciones básicas: ser auténtico, verídico e íntegro. Es decir: cuándo el libro fue escrito, en la época y por el autor que se le atribuye (autenticidad), y cuándo el autor conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (veracidad), y, por último, cuándo-cómo ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (integridad). Para ser honesto hay que ser veraz, sin mezquindad. Ese es y debe ser siempre el deber del historiador como de quien publica un texto histórico, si es que está movido por la verdad y no por ganar dinero.

Debe explicar el pasado intentándolo con el esfuerzo nunca terminado de la investigación y con el uso de los métodos más adecuados a ella. Por otra, contribuir a la mejora de la sociedad donde vivimos para que, al ser más consciente de ella misma y de su historia, evite las percepciones erróneas y los prejuicios, que tanto daño ha hecho ya. Dice don Miguel Ángel Ladero Quesada, de la Real Academia de la Historia: "...Hemos de llevar el pasado, sin faltar al recuerdo, a su propia situación de tiempo ya fenecido, evaluando lo más correctamente que podamos su influencia o herencia en el presente. Sólo así se construirá con cierta libertad el futuro, pero, para conseguirlo, hay que acabar con las falsificaciones de la Historia".

 

Es verdad, apliquemos en efecto el mismo rasero y tal vez convengamos en que la historia de la infamia es –como sugirió Borges- universal y de ella no se salva nadie.

El hecho de que algunas veces a lo largo de la historia la verdad se haya alzado con aires o con hechos de intolerancia, e incluso que en su error haya llegado a llevar hombres a la hoguera, no es culpa de la verdad sino de quienes no supieron entenderla. Todo, hasta lo más grande, puede degradarse. Es cierto que el amor «malentendido» puede hacer que un insensato cometa un crimen, pero no por eso hay que abominar del amor, ni de la verdad, que nunca dejarán de ser raíces que sostienen la vida humana.

"El ideal o el proyecto más noble puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles. Para eso no se necesita la menor inteligencia" (A. Kuprin). Cómoda y descansadamente estos últimos tiempos se difama y calumnia «con descaro y osadía y gran ahínco», a la Iglesia Católica. La intolerancia es hija del miedo, si no de la presunción. No pueden imputarse a la Iglesia las aberraciones que se vio obligada a denunciar y condenar: sería tanto como responsabilizar al Ministro de Justicia de todos los delitos que castiga el Código Penal; delitos que pueden cometer hasta los mismos altos miembros de la Corte Suprema.

 

S.S. Juan Pablo II en mayo del pasado año decía: "En el vasto mar de la historia, la Iglesia no tiene miedo de los desafíos y las insidias que encuentra en su navegación, si mantiene firme el timón en la ruta de la santidad, hacia la que la ha orientado el «gran Jubileo».-

Cuando el hombre occidental, olvida los valores que le conformaron en la cristiandad, vuelve a retomar los primitivos ídolos y divinidades del Becerro, Marte y Venus (el dinero, la violencia y el instinto) como referencias vitales.

Es verdad que, a pesar de la fragilidad del barro ya manifestada en la negación de Pedro, la santidad de la Iglesia no ha dejado de resplandecer nunca en sus santos, lo cual sigue siendo uno de los motivos de credibilidad y uno de los argumentos apologéticos más poderosos. Pero desgraciadamente –como en la parábola del trigo y la cizaña (Mt. 13,24-30)- en la viña del Señor está también presente el pecado. Los santos padres se referían a la Iglesia como la imagen audaz de la casta meretriz. Por su propio origen histórico y por sus tendencias innatas, la Iglesia es una «ramera», procede de la Babilonia de este mundo; pero Cristo –como en la preciosa parábola de Ez 16- la lavó y la convirtió de «ramera» en esposa. Desde entonces, en ella viven siempre en tensión la debilidad humana y la fuerza de Dios; y esto incluso en sus representantes más preclaros. Con razón el Concilio Vaticano II hizo suya una fórmula que Gisbert Voetius, teólogo calvinista de estricta observancia, pronunció en el Sínodo de Dordrecht (1618-1619): «Ecclesia semper reformanda» (LG 8c).

Ese arsenal de viejos errores en conductas humanas, no ha impedido de manifestar la verdad de Cristo a sus fieles durante veinte siglos. Negar el saldo moral positivo del balance, la enorme contribución de la Iglesia a la causa de la civilización, y que por cada dignatario depravado ha habido millares de hombre buenos y sabios, sería un agravio a la verdad histórica. Una historia teratológica inficiona y embarga el futuro de la humanidad generando diversas esclavitudes; manipulados así, otros piensan en nuestro lugar. La Iglesia católica honrando deberes auténticos y en defensa del saber y la libertad del pensamiento, fundó precisamente escuelas, primero unidas a las catedrales, luego convertidas en universidades para que desaparezcan derechos falsos y para que el hombre no haga interpretación del mundo en esquemas con clave de poder sobre los demás. Aquí está el quid del escarnio en el ataque histórico contra la Iglesia: la fuente del saber estorba al falaz.

 

La historia manoseada siempre es apta-útil a la intolerancia y el totalitarismo.

Y tanto mejor hoy en un mundo que se ha hecho pequeño por la rapidez con que la información viaja de un extremo al otro, su difusión y la transmisión de las ideas es también inmediata y fácil por lo que se puede hablar de globalización del pensamiento; y aún es mayor el enorme peligro que corremos con las mentiras construidas. Dado que no es un disparate decir que los medios de comunicación son actualmente para muchos los principales educadores inspirando comportamiento, estilos de vida y maneras de comprender el mundo y el hombre, tanto mayor debe ser nuestra atención a la verdad, al estudio y análisis para que el hombre no deje de pensar por si mismo y no sea pensado desde fuera. La televisión, la radio, la prensa, Internet se convierten así en las primeras instancias morales, dictan lo que está bien y lo que está mal, lo feo y lo bello, lo que debe hacerse y permitirse y lo que no. Se acaba viviendo a base de unas pocas ideas o tópicos que se repiten hasta la saciedad sin que nadie los someta a un análisis riguroso para averiguar de donde vienen, a qué intereses o intenciones responden y si responden a la verdad. Se descapacita a desarrollar el espíritu crítico. Sin fundamento en los principios con mejores y muchas posibilidades, pueden convertir las falsedades históricas en armas contra la Iglesia, como desgraciadamente está ocurriendo con demasiada frecuencia. Raro es el día que pasa que no veamos en alguno de estos medios cómo la Iglesia, sus ministros o sus declaraciones son objeto de visiones desmesuradas o mentiras manifiestas. Ya Cristo anunció a sus discípulos que serían perseguidos como difamados, hecho que a lo largo de la historia nunca ha dejado de ocurrir. La diferencia con el pasado es que hoy al producirse esta persecución y ataques con los instrumentos mediáticos modernos, tienen una resonancia mucho mayor pues llegan rápidamente a todo el mundo y a todas partes. Utilizando fórmulas sensacionalistas y de escaso contenido y rigor se crea con mucha facilidad un estado de opinión pública errónea y contraria a la Iglesia que posteriormente es muy difícil de corregir. Y esto una y otra vez contribuye eficazmente a denigrar y a poner bajo sospecha a la Iglesia cada vez que surgen cuestiones que la atañen directa o indirectamente. Una cosa es el disentir o la crítica razonada y otra es el sectarismo y la tendenciosidad. Por ser miembros de la Iglesia no podemos ni debemos callarnos o permitirlos. La estrategia utilizada por los pseudo-historiadores como los adictos a las falacias y suposiciones contra la Iglesia es negarle el derecho a defenderse, y cuando lo hace se la tacha de victimismo, de cultivar la cultura de la queja, o de repetición de tics extemporáneos.

 

En definitiva se ridiculiza su derecho a defenderse, lo que no se hace con ninguna otra institución. Parten de unas posiciones que presuponen la culpabilidad de la Iglesia a la que se exige todo tipo de explicaciones; raramente se disculpan y nunca piden perdón. Se arrojan el derecho absoluto de establecer lo que está bien y lo que está mal en contra de la opinión de la Iglesia. Se erigen en jueces infalibles sin aceptar ninguna infalibilidad, resolviendo muchas veces las cuestiones más arduas por medio de juicios sumarísimos. Niegan que la Iglesia pueda tener sus propias normas y se autotitulan «tolerantes» y pregoneros del respeto. Ponen en tela de juicio la doctrina de la Iglesia, frecuentemente en base a declaraciones de personas de cierta popularidad que no están en posición de poder opinar con un mínimo de conocimiento de causa, y no dejan sino entrever su profunda ignorancia sobre las cuestiones religiosas tratadas. Como en el campo de la doctrina se carece de argumentos serios para ir contra la Iglesia, se recurre a la ironía, la burla, el sarcasmo, el descrédito, el desprecio y la desacralización. En Internet como también en la televisión, con una absoluta falta de respeto a la sensibilidad religiosa de muchas personas, se trata de forma frívola y superficial a personas de la jerarquía de la Iglesia, o temas específicamente religiosos; y cuando se les ocurre «con la posibilidad de hacer dinero», presentan escritos sin saber resolver el problema de dónde y cuando fue escrito el documento, es decir, ni saben datarlo ni localizarlo, careciendo de cualquier metodología hasta para hacer una distinción entre escritura libresca y escritura documental, entre saber leer y saber transcribirlo; cuánto mas vago e impreciso, mejor para desacreditar. Se niegan a considerar que la Iglesia deba opinar sobre cuestiones temporales. Se pretende relegar la fe y la doctrina católicas, así como la práctica de la religión, a la esfera de lo privado, eliminándolas lo más posible de la esfera pública. Parecería un intento de hacerla volver al tiempo de las catacumbas. Favorecen la diatriba contra la Iglesia en forma de apoyo a los que disienten abiertamente contra ella, ya sean personas individuales o movimientos sociales. Usan sistemática asociación de lo que peyorativamente llaman nacionalsocialismo con el franquismo, o sistemas políticos de los más variopintos que fueren. Se ignora o se silencia el martirio diario de miembros de la Iglesia que son asesinados, por el solo hecho de ser católicos y promover la justicia, la paz, el perdón.

 

Identifican progreso con permitir el aborto, la manipulación genética, el desprecio de la vida humana en estado embrionario, la eutanasia hacia personas que ya no producen y sólo son causas de gastos y molestias, matrimonios entre homosexuales, ordenación de mujeres, equiparación de las parejas de hecho a las formas de familia tradicional...etc y tachar de reaccionaria la postura de la Iglesia que manifiesta su disconformidad con ellas. Se practica la cicatería en el elogio o en el reconocimiento de la labor positiva de la Iglesia a favor de los más desfavorecidos, en educación, con los enfermos, abandonados, en la promoción de los valores sociales y económicos y en la defensa a ultranza de todos aquellos valores en los que se asienta la dignidad humana. Se hace uso de una calculada ambigüedad a la hora de tratar determinados temas que tienen que ver con la Iglesia. Se da una de cal y otra de arena, manifestando como un temor a ponerse completamente de parte de ella, quedando de manifiesto la tibieza evangélica tan frecuente en los medios cristianos de hoy. Tomar la excepción, el pecado o error de algunos como la norma general dentro de la Iglesia y que sólo dentro de la Iglesia católica pueden existir tales desviaciones humanas, etc. Se hipertrofian deliberadamente las excepciones. Coger un tema que perjudique a la Iglesia y apurarlo hasta el límite en artículos, editoriales, entrevistas. Se recurre con frecuencia a la calumnia más pérfida, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, el daño ya está hecho; además estando publicado en un libro y a la vez en Internet, hacer creer que es cierto indefectiblemente. Una forma de ataque más sutil que los habituales pero de mayores efectos a la larga, es denigrar de forma indirecta la estética tradicional de la Iglesia. Si las ideas de Belleza y Bondad fueron consideradas siempre como un reflejo de la Belleza y Bondad divinas, ahora se procura eliminar esta inspiración sustituyéndola por el feísmo gratuito e intrascendente o recurriendo a tácticas esperpénticas. Un ejemplo reciente lo tenemos en el supuesto rostro de Jesús confeccionado por un sedicente antropólogo y que los medios de comunicación se apresuraron a publicar.

 

Este panorama orquestado avanza en la impunidad de los ataques. Es clara la gran pasividad de los católicos ante todos estos hechos que de una manera progresiva se han ido instalado en nuestra vida cotidiana. Nos hemos acostumbrado a convivir con ellos y muchas veces los observamos hasta en clave de humor. No nos damos cuenta de que con nuestra falta de reacción nos hacemos culpables de que los fundamentos cristianos sobre los que se ha ido tejiendo nuestra historia y cultura con sus gestas heroicas y tragedias, con sus aciertos y equivocaciones, con sus épocas de esplendor y decadencias, van siendo minados. Se nos sustrae el alma de nuestra cultura y quedamos impasibles ante la consecuencia de su inevitable decadencia y las repercusiones que ello trae. Pareciera que domina una actitud de resignación ante lo que se considera inevitable o de obligado tributo que habría que pagar al progreso de nuestras sociedades aconfesionales en las que al final parece que todo vale. Y la paradoja es que precisamente en unas sociedades saturadas por la variedad de medios de comunicación, y de canales para hacer llegar a la opinión pública nuestra voz, los católicos permanecemos en gran parte mudos, facilitando la impunidad de estas agresiones constantes. Es claro que los medios de comunicación social protagonizan un constante bombardeo contra la concepción cristiana de la vida y del hombre cuando promueven esta política de ataques más o menos directos contra la Iglesia. Contribuyen al establecimiento de una atmósfera cada vez más contraria a los valores del humanismo cristiano, y a la acentuación de ese vacío existencial que amenaza al hombre de hoy, y que es origen de tantas lacras en las nuevas generaciones tales como las drogas, la promiscuidad sexual, el alcohol, las enfermedades mentales, la incapacidad para mantener la fidelidad conyugal, la lealtad...etc.

 

Como cristianos tenemos pues que ser conscientes de la trascendencia que supone nuestra pasividad ante estos hechos. Si queremos de verdad sociedades más justas, y libres donde el hombre pueda desarrollarse plenamente como tal y creemos que en el mensaje de salvación cristiano está la clave que así sea, no podemos asistir inermes a los ataques a nuestra religión y a nuestra Iglesia, vengan de donde vengan. Si estos ataques permanecen impunes es responsabilidad de todos el que así sea. Y si no miremos a otras sociedades o grupos de creyentes. Sin elogiar posturas extremas, ¿qué pasa cuando un medio de comunicación social se mete contra los judíos o musulmanes? La reacción suele ser contundente social y económicamente (casos IBM, Telefónica, o BBC) y la retractación por parte de quien ha hecho el ataque, inmediata.

Si se declara delito el antisemitismo ¿por qué no también el anticatolicismo o el ataque a otra religión cualquiera? No se puede confundir la tolerancia y el respeto a otras creencias con la indefensión y la falta de exigencia de respeto a las propias. Debemos reaccionar debidamente con prudencia y caridad; eso no quita de recurrir a la aplicación de la legislación vigente por medio de oportunas denuncias; rechazar los medios hostiles a la Iglesia, negándoles nuestra audiencia y seguimiento, así como las marcas comerciales que los patrocinan. Como conclusión pedimos ante tantas agresiones enunciadas: conocimiento a fondo de la situación denunciada; reacción valerosa y oportuna ante ellas; búsqueda del criterio justo, con la humildad suficiente para corregir los propios errores y dejarse inspirar siempre por el máximo precepto evangélico: IN OMNIA CHARITAS. (1)

 

A nosotros los cristianos en Cristo se nos confió la luz – ¿qué hemos hecho de ella?. Sin abulia procuremos siempre palabra sana e irreprensible. Preocuparnos por la idea de que los males son previsibles, pero rara vez se prevén. Dice Julián Marías: "Los males colectivos suelen tener su origen en un error intelectual. Esto quiere decir que tienen causas no primariamente reales, sino sobre todo mentales, y que por tanto está en nuestra mano advertir, corregir y superar. A lo largo de la historia, los ejemplos gravísimos se pueden acumular. Es fácil verlos en el pasado; cuando ha sucedido, ya no tienen remedio. Hubiera sido posible anticiparlos, conjurarlos, evitarlos, reducirlos a la imposibilidad. Esto requiere algo bastante sencillo: abrir los ojos, mirar, tomar posesión de la realidad, reflexionar sobre ella e imaginar las salidas posibles." (XXX-V-MMII, ABC). Admitamos la realidad con sus fallas, sus defectos, sus riesgos, sin olvidar lo que primariamente es. Pero no permitamos esos intentos «siempre presentes» de negar todo o casi, de sustituirlo por una serie de ficciones inventadas con falacias, tendenciosidad, lamentable y no menos insensatamente abusivas. A los impostores de la historia les conviene la vergonzosa ignorancia histórica que padecen muchas personas, acentuada en las promociones más jóvenes: carecen de recursos para descubrir y rechazar lo falso, están dispuestas a admitir lo que se les dice, por inverosímil que sea.

Añádase el talante imperativo y totalitario con que se presentan tales ficciones, lo que ejerce fuerte coacción sobre espíritus débiles. Y la enorme difusión de los medios de comunicación partidistas o serviles, la reiteración incansable de lo falso, hace posible la sumisión a ello, la falta de resistencia.

Estamos obligados a distinguir entre la buena y mala fe de un escritor, exigirle las pruebas pertinentes de sus exposiciones; estarán aquellos que en bien de la verdad se contentarán en presentarlas y los que nunca se van a contentar, porque eso es lo que descartan desde el principio. Son mixtificadores de pocos conocimientos con los que inventan o adjudican un pasado que nunca existió. No llegan y no pueden ayudar a nadie para aprender de los errores del pasado por su ignorancia, forjando así imágenes hostiles e irreales en sus enfrentamientos mentales, resultando bien fácil entender a qué motivos obedecen tales falsedades elaboradas puntualmente contra la Iglesia católica. No son ratas inofensivas y, frente a conductas delictivas no es lícito encogerse de hombros, menos aún ser cómplices de ellas, tales elucubraciones es necesario desvelar, denunciar.

Con sinceridad, lucidez y voluntad, afrontemos entonces el siglo que inicia.

No escapa S.S. León X a la calumnia como S.S. Juan Pablo II; "desde Pedro, nos recuerda Hans Urs von Baltasar, muerto en cruz cabeza abajo, la cruz permanecerá ligada al papado, aún cuando habrá papas indignos; pero cuanto más en serio se tome un Papa su ministerio, tanto más sentirá sobre sus espaldas el peso de la cruz",

Qué débiles somos los humanos. Siervos inútiles somos (Lc. 17,10).

La flaqueza del Redentor crucificado es nuestra grandeza y garantía excelsa.

La historia de la humanidad se escribe «para los cristianos» con leticia y dolor, en la paz con la justicia; en el perdonar y humildemente pedir perdón. Y Dios no hace tabla rasa de nuestra historia. Pide permiso, llama a la puerta, nos avisa que viene, que está vivo entre todos nuestros hermanos «sean como fueren». Luego nosotros hemos de arriesgar nuestra libertad. Ahí la Iglesia nos invita a convertirnos cada día, nos indica que somos nosotros quienes debemos mover ficha, sabiendo que cada movimiento será escándalo a los sabios, que siempre habrá persecución, que la cruz es salvación y gloria.

Como Él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20): ¡NO TENEMOS MIEDO!

AJR – VI. MMII

(1) «Agresiones a la Iglesia en los medios de comunicación". Jesús Saiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó. XXII. XI. MMI - España

Fui Cristiano por 23 años - Martin Zavala
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