Respuestas Catolicas Inmediatas

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Audiencia General de los Miércoles
5 de Julio 2000

1. El apóstol Pablo, en la Carta a los Romanos, replantea con estupor un
oráculo del libro de Isaías (cf. 65, 1), en el que Dios llega a decir por
boca del profeta. «Me encontraron los que no me buscaban; me manifesté a
quienes no preguntaban por mí» (Romanos 10, 20). Pues bien, después de
haber contemplado en las catequesis precedentes la gloria de la Trinidad en
el cosmos y en la historia, queremos emprender ahora un itinerario interior
a través de los caminos misteriosos por los que Dios sale al encuentro del
hombre, para hacerle partícipe de su vida y de su gloria. Dios, de hecho,
ama a la criatura plasmada a su imagen y, como el pastor atento de la
parábola (cf. Lucas 15, 4-7), no se cansa de buscarla, incluso cuando se
muestra indiferente o fastidiada por la luz divina, como la oveja que se ha
separado de la grey y se ha perdido en lugares agrestes y llenos de riesgos.

 

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Martín Lutero, el primero de los protestantes reformadores, creía que la Iglesia Católica ponía demasiado énfasis en la necesidad de las buenas obras para la salvación. El insistía en que era por la fe sola que somos justificados o salvados. La salvación es un don inmerecido por medio de Jesucristo; por tanto, decía Lutero, las buenas obras son (en términos de alcanzar la salvación) innecesarias e inútiles.

 

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Tradujo el Pbro. Marcelo Navarro, misionero del Instituto del Verbo Encarnado en Guyana

En Romanos 3, 20 es la primera vez que San Pablo usa la expresión "obras de la Torah" (del griego, ergon nomou). Este término es familiar en las modernas prédicas como "obras de la ley"; sin embargo sería más propiamente traducido en el contexto como "obras de la Torah", porque la ley (nomos) de la cual Pablo habla en todas partes en Romanos y Gálatas es la Ley Mosaica (Torah; siendo nomos la traducción común de los Setenta del término hebreo "Torah")

 

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Durante los últimos días hemos visto aparecer en la opinión pública debates muy interesantes a propósito de enfrentamientos entre católicos y protestantes. Por una parte por la violencia utilizada en nuestra contra y en contra, incluso, imágenes veneradas de la Excelsa Madre de Dios o de Nuestro Señor Jesucristo. Por otra, la falsa noción sobre el acercamiento que la Iglesia intenta de los protestantes: no se trata de cambiar nuestra fe sino de sentar bases sobre lo que en común sostenemos para dialogar.

 

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(Tradujo Fernando Machado, Monasterio del Verbo Encarnado, San Rafael, Argentina)

Difícilmente haya un tema más confuso, cuando algunas iglesias evangélicas y católicos se sientan a hablar, que el de la salvación. Va más allá de la pregunta de base de los fundamentalistas: "¿Has sido salvado?" (que también significa, "¿No te gustaría sentirte ya salvado?"). Evangélicos y fundamentalistas nos aseguran tener tal absoluta seguridad. Abrigan la certeza absoluta de que irán al cielo inmediatamente después de la muerte. Concluyen de la Biblia que Cristo prometió que el cielo es de ellos a cambio de un acto muy simple. Todo lo que deben hacer es, "aceptar a Cristo como su salvador personal", y asunto acabado. Probablemente vivirán luego vidas ejemplares, pero el vivir bien no es crucial, al modo de ver de ellos: definitivamente no afecta a su salvación. No importa lo que suceda después, no interesa cuán pecaminosamente vivan el resto de sus días: su salvación está asegurada. Puede que el Espíritu Santo los castigue en esta vida por sus pecados, pero de ningún modo pueden descartar su salvación, porque esta no depende del valor intrínseco de sus almas o de los efectos de los pecados que se cometan.

 

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