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Como lobos al cordero. Así se han lanzado las Televisiones y los demás medios de difusión a la noticia: "Me encanta ser gay y pertenecer a la Iglesia", se explicotea D. José Mantero, párroco de Valverde del Camino en Huelva (España). Admite y se regodea de su condición homosexual, y asegura que no cumple el voto de castidad que hizo cuando se ordenó sacerdote. Se quedó más pancho que ancho, y... ahí queda eso.

 

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Todo el que tiene poder termina abusando. Quien tiene poder absoluto abusa absolutamente. Ninguna época se ha librado, ni se librará, de los abusos de los poderosos. Sin embargo, la experiencia nos dice que en este mundo los abusos se pagan. Hasta el pobre Bill Clinton lo pagó por sus relaciones con una becaria, lo está pagando Pinochet en Chile, varios ministros y altos cargos en España , y un largo etc. más en cualquier otra nación. Políticos y religiosos suelen ser de las personas en las que más nos cebamos. Quizá esperamos demasiado de ellos. ¿ Por qué no nivelar un poco la balanza de la justicia fijándonos también en lo mucho que tienen de positivo? Jesús , que conocía muy bien la condición humana ya nos dijo que "El que esté libre de pecado, tire la primera piedra" y en uno de sus brillantes artículos Antonio Gala resume: "En materia de sexo y de dinero, ¿quién está limpio aquí? Que esto no se reduzca al escándalo de los hipócritas"

 

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Nota previa: este tratadito de Santo Tomás de Aquino, poco conocido, es una verdadera joya de la espiritualidad católica. Trata sobre los obstáculos que normalmente encuentra quién se decide a seguir a Cristo en pobreza, castidad y obediencia, es decir, como miembro de una orden o familia religiosa. A pesar del paso del tiempo (Santo Tomás vivió en el siglo XIII), las realidades fundamentales no han cambiado: el diablo buscará mil artimañas para evitar que una persona se entregue a Dios en la vida consagrada. El lector podrá distinguir sin dificultad lo que es permanentemente válido de aquello que se refiere a circunstancias históricas exclusivas del tiempo de Santo Tomás, y de aquello que pertenece a la retórica de aquel tiempo.

 

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"Yo no voy a la iglesia, porque conozco un tal cura que esto y aquello y lo de más allá..."

 

    Un cura es, ante todo, un hombre de Dios, dotado del privilegio de hacer bajar al Señor hasta nosotros en cada consagración. Esta condición de “hombre de Dios” conlleva un enorme respeto por parte de los creyentes todos. Sin embargo, este respeto se ha desbordado en casi todos los tiempos y lugares hasta colocar a los curas en unas alturas fuera de la realidad social y del mundo en que nos movemos. Olvidar que el cura es un hombre, no un ángel, nos ha llevado y nos sigue llevando a situaciones perniciosas para la Iglesia, a veces, hasta ridículas vistas desde fuera.

 

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Introducción

El problema de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial es uno de los problemas más candentes en los países con tradición anglicana y allí donde los autores del progresismo católico han tenido o tienen fuerza particular. Así, por ejemplo, E. Schillebeeckx O.P. dice: "...Las mujeres... no tienen autoridad, no tienen jurisdicción. Es una discriminación... La exclusión de las mujeres del ministerio es una cuestión puramente cultural que ahora no tiene sentido. ¿Porqué las mujeres no pueden presidir la eucaristía? ¿Por qué no pueden recibir la ordenación? No hay argumentos para oponerse al sacerdocio de las mujeres... En este sentido, estoy contento de la decisión [de la Iglesia anglicana] de conferir el sacerdocio también a las mujeres, y, en mi opinión, se trata de una gran apertura para el ecumenismo, más que de un obstáculo, porque muchos católicos van en la misma dirección". (E. Schillebeeckx O.P., Soy un teólogo feliz. Entrevista con F. Strazzati, Sociedad de Educación Atenas, Madrid 1994, pp. 117-118).

 

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